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  • Don José Zagel, una vida dedicada a la mecánica

    24/9/2014
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    La historia marcará que don Zagel abrió el taller mecánico de Ameghino al 600 alrededor de 1938 y sus hijos, Alberto y Máximo, decidieron cerrarlo un 6 de septiembre de 2014. Claro que las fechas comparando con las vivencias y de lo que significó este mítico taller céntrico no son importantes.
    “Mi padre vino a Zárate contratado por el Frigorífico Anglo, trabajó un par de meses, se compró un camión Ford T, le instaló bancales y luego renunció al frigorífico para trabajar en el transporte de personas. Entonces llevaba gente de la Plaza Mitre al frigorífico Anglo, en Villa Angus, todos los días. Se podría decir que fue el primer colectivo, con una curiosidad, el cobrador que se encargaba de recibir los cinco centavos de los pasajeros por el viaje era don Juan Magula, que tendría diez años en aquel entonces”, comenzó relatando Alberto Zagel.
    “Luego el frigorífico Anglo cerró y mi padre se instala a fines de la década del veinte en Chacabuco y Bolívar con un taller de mecánica general. Ahí alquilaba pero después compra la propiedad de Ameghino al 600 y se siguió trabajando allá hasta la fecha, que vendimos el local”, agregó.
    En principio, fue un taller mecánico y después se iniciaron con la especialidad de reparación de elásticos de suspensión y caños de escapes. “Era un trabajo pesado por donde pasaron mucha gente que trabajó al lado de mi padre, Gino Gianfelice, Chulo Sánchez, Corletti, Oscar Ferrari; entre los que recuerdo. Tengo también presente aquellos momentos en el que venían los camiones de la balsa que por los caminos en mal estado se rompían y había que repararlos. También hemos preparado coches de carrera al “Vasco” Iturri, un Ford Falcon a Gianfelice y a Espíndola”, recordó Alberto Zagel.
    En aquel taller de 9 por 36 metros quedarán un sinfín de anécdotas, “recuerdo que un viernes volcó un camión Scania, de esos primeros que salían, que volvía de Santa Fe, cargado con papa. En él venían dos muchachos que debían presentarse al servicio militar en Palermo. Entonces el plan era descargar todo y marchar a Buenos Aires. Luego el padre vendría a buscar el camión. El tema es que volcó en el camino y la lanza con la que tiraban el acoplado se retorció toda. Entonces una parte del trabajo lo hizo Santiago Candal y otra parte, el herrero Pablo Tonelli. Pero debíamos enderezar la lanza, por lo tanto trabajamos todo el viernes a la tarde, todo el sábado a la mañana y de ahí me fui a jugar al fútbol al Club Paraná a la quinta división. Luego volví y me tuve que quedar enderezando la lanza hasta las 5 y media de la tarde. También, en otra oportunidad, un señor venía de Entre Ríos y rompió un elástico y nos trajo el trabajo al taller. Se presentó como el dueño de unos caballos de carrera que iban a competir el fin de semana a La Plata. Entonces nos dice, no le voy a dar propina por la atención, juégenle en la octava al 8, que era su caballo. Por lo tanto, entre todos los muchachos del taller hicimos una vaquita y le jugamos. Finalmente no llegaron a tiempo y el caballo se borró, no participó. Bueno, por lo menos como no participó nos devolvieron el dinero”, rememoró Zagel.
    “La verdad es que dejamos la vida ahí. Yo comencé en el año 56 y mi hermano mucho antes porque es mayor. Fueron muchos también los amigos que pasaron por el taller, amigos de mi padre, de la familia. Hay gente que todavía hoy subía de El Bajo, llegaba de Villa Carmencita a tomar unos mates, a conversar y a charlar un rato”, comentó el mecánico de Villa Fox. “Queremos agradecer a todos los clientes que han pasado y a los amigos por los momentos vividos”, concluyó Alberto Zagel.
    Así se cerró el capítulo en la vida comercial del taller pero al interior de la sociedad también marca la transformación de una forma de vivir y de desarrollar el oficio en un barrio. El taller era epicentro de la cuadra, los vecinos pasaban y le dejaban las llaves a Zagel para que luego se las entreguen a su hijo, que venía de la escuela. Era parte del barrio, un sitio de referencia compuesto de muchos amigos del taller que se sentaban en la puerta a tomar mate y que siempre estaban decididos a colaborar con los vecinos. Esa etapa en la vida cotidiana de la ciudad es también lo que se perdió y lugares como el taller de Don Zagel dan cuenta de ello; siendo inevitable caer en la melancolía de aquel Zárate de vecinos más unidos.

    Los hermanos Máximo y Alberto Zagel  en el taller ubicado en Ameghino al 600.

    Los hermanos Máximo y Alberto Zagel
    en el taller ubicado en Ameghino al 600.