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  • En los cimientos del rugby de un club: los entrenadores

    5/1/2015
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    (Por Oscar G. Lartigue para Diario “La Voz de Zárate”)

    Excepto para quienes están cerca, para quienes conviven con ellos día a día en el club son personajes de extremo bajo perfil. Quizás, quienes no pertenecen al maravilloso cosmos del rugby pero saben de ellos, apenas tienen una leve percepción de sus roles desinteresados, comprometidos y que tanto hacen para la enseñanza del rugby en los más pequeños y en los juveniles. Tras las puertas del club y al alejarse en cada jornada, queda la fragancia de una jornada más de enseñanza, contención, consejos y disciplina. Roles para muchos, silenciosos.
    Y una suerte de código silencioso o cómplice entre ellos y los chicos.
    Son los entrenadores que en cada club donde los piques anárquicos de una pelota tan ovalada como inquieta se encapricha por seguir su trayectoria errática hasta su fin.
    Alguien alguna vez señaló que para ser entrenador de grupos infantiles y juveniles, antes que eso.. había que ser maestro. Una reflexión sensata y certera.
    Porque son ellos los que dedican su tiempo no sólo para la enseñanza de un pase, una jugada combinada, un ingreso en una formación o una actitud concentrada en una defensa o en un ataque. Supone algo más. La contención, el diálogo, la imposición del respeto por el rival y por el árbitro, y sobre todo.. el mantener viva la llama del placer por compartir un tiempo maravilloso e irrepetible con los compañeros. Con los amigos. Porque aunque las experiencias sean recurrentes en el tiempo, cada una de e-llas tiene su propio sello. Es única. Y surgen esos pequeños “rituales” a los que la memoria de cada chico en el futuro, les resulte imposible de ser parte de su vida.
    Cada entrenamiento, desafiando inclemencias que irradian el calor, el frío, la fatiga de una jornada larga. El “masticar” durante la semana el partido que vendrá. El viaje (que no todos son iguales; similares en el placer pero diferentes en las vivencias). La lucha ante un adversario digno y también pleno de los mismos valores. El tercer tiempo que hace amanecer las primeras anécdotas. El beneplácito pasajero del triunfo. El duelo también fugaz de una derrota. La autocrítica grupal del día lunes. Y las ganas intactas de volver a empezar sobre ese círculo maravilloso que es vivir y disfrutar de este deporte.
    En todo ello, los entrenadores están allí, frente a ellos con su palabra necesaria. Dura y paternal, a la vez.
    En la mayoría de los clubes, en medio de un mar de amateu-rismo, donde siempre falta algo o donde siempre quedan pequeñas empresas por hacer, surge esa sinergia de reponerse ante la adversidad y transferir a los chicos esa inevitable condición que es el sacrificio. Juntar al grupo. Reforzarles la pertenencia al club. Promover las miradas mutuas entre compañeros para percibir la ayuda a quien flaquea. Reconocer virtudes y destrezas.Estimular y valorar al principiante. Asimilar errores con la contención debida y la persistencia hacia la autosuperación. Son máximas que los entrenadores además, saben transmitirles a cada integrante del grupo.
    El amor por el club; por la cosa chica, humilde y simple, pero propia. Y el hermoso desafío por las cosas por hacer. Ese es el rol más importante. Por eso se habla de maestros. Sin formalidades testificadas en documentos. Sólo en el propio devenir. En la propia y simple experiencia. Con el lenguaje más apropiado para cada ocasión.
    Se es maestro porque se quiere. Aún incluso, sin advertir en ello. Porque la energía está puesta en contribuir a formar buenas personas para una sociedad que debe ser mejor, más allá de triunfos y mayores logros deportivos.
    Ser entrenador de chicos (sin dudas en cualquier ámbito deportivo) no es tarea simple. Hoy, la realidad de una sociedad de consumo bastante poco grata, hedonista y frívola no deja de ser un obstáculo. Incluso, ámbitos sociales complejos y adultos (padres) con conductas displicentes en algunos casos, o medios sociales más que en otros también endurecen la tarea. El promover el sacrificio en el rugby tiene una proyección que va más allá del propio deporte.
    Saber sobreponerse a una instancia difícil en la vida, a una enfermedad, a un examen dificultoso, a un estado angustiante en lo personal o en lo familiar muchas veces encuentra al adulto que fue jugador una fórmula de salida al evocar aquellas resoluciones o recetas que el rugby sugería en los tiempos juveniles en los que el golpe, el dolor, la fatiga, el dominio del rival… o la derrota circunstancial. Allí viene el recuerdo de la figura del “entrenador-maestro”. De aquel cuyas palabras en el pasado tanto valor tuvieron para salir adelante de dificultades aparentemente (en el tiempo) menores. De aquel cuya función más noble y trascendente será la de vincular esos obstáculos del pasado con aquellos tanto o más exigentes que el hecho de vivir impone. Y logrado eso, con la ayuda de la evocación en el tiempo, terminará siendo valorado por quienes tuvieron la dicha de vivirlo.
    Por eso, quizás lo más hermoso que tenga este deporte sea eso: El aprendizaje por las cosas más sencillas y al mismo tiempo más sublimes, que ofrece la vida, así como también aquellas modestas fórmulas impuestas por “maes-tros” sobre como recuperar compostura ante lo ingrato.
    Difícil tarea. Fatigosa tarea. Silenciosa. Para ellos, muchas veces.. las dudas  ante el silencio contextual..
    Aunque siempre aparece el chistido interior de olvidarlas y seguir hacia adelante. Pero los chicos siempre tienen una imagen que poco dicen. Guardada en la intimidad de sus afectos. Que poco y nada se pueda percibir. Y es la gratitud que sienten por ellos. Gratitud que con el paso del tiempo se hará más espontánea. Más explícita, deshinibida y contundente.
    Para aquellos.. que durante tanto tiempo dieron tanto como lo es ayudar a percibir la vida como es… Algo que parecería un juego de palabras que pue-de caer en el olvido. No para quienes lo vivieron, sino para quienes recibieron tanto regalo de tiempo…. sin haber tenido que dar nada a cambio. Sólo el placer de una sonrisa. Sólo el agradecimiento por un abrazo.

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