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  • Tres de febrero de 1813, triunfo de San Lorenzo

    3/2/2015
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    “… San Martín puso pie en el estribo, montó el bayo, salió del convento y dijo con voz áspera: Espero que tanto los señores oficiales como los granaderos se portarán con la conducta que merece la opinión del regimiento. Era una amenaza directa: los hombres sabían que debían temerle más al deshonor y a aquel jefe severo e indoblegable que a cualquier salvajismo de la infantería española.
    El coronel desenvainó el sable de Londres y pensando en su envolvente y mortal juego de pinzas le dijo a Bermúdez que lo esperaba en medio de las tropas enemigas para darle instrucciones. Luego se puso a la cabeza del ala izquierda. Nadie pensó en ese instante que exponerse de esa manera era casi un suicidio. Nadie pensó nada en ese instante. El coronel y el capitán hicieron lo mismo: movieron sus dos columnas de sesenta granaderos cada una y gritaron: Escuadrón de frente, guía derecha, al trote, al galope. Las voces de mando se sucedían a gran velocidad: los godos estaban a doscientos metros y ya sonaba el clarín del ataque. Los caballos iban sin freno y espoleados, los jinetes se apoyaban sobre los estribos y llevaban el cuerpo hacia adelante con la espada afirmada sobre el muslo derecho y la punta altiva. San Martín tenía su clásico ardor de úlcera en el estómago pero lo disimulaba, Bermúdez iba por el otro flanco a la carrera pero levemente rezagado. El sexto sentido del coronel le indicó en un relámpago que el capitán llegaría tarde, pero ya estaban a sesenta metros y todo estaba jugado. Virgen Santa, murmuró. Y alzó el sable morisco para gritar ¡A degüello! con aquel vozarrón que dejaba tiesos a tantos.
    En ese momento alucinante, los ciento veinte eran un solo hombre y un solo movimiento. Y también una sola voz. Como un eco estremecedor los oficiales repetían la palabra “degüello”, que se iba transformando en una música sostenida, escalonada e incontenible. Esa música tapaba incluso el ruido de las herraduras y el chasquido de los metales. “Hay momentos en las batallas en que el alma endurece al hombre hasta cambiar al soldado en estatua, y en que parece que toda la carne se convierte en granito”, escribirá Víctor Hugo cincuenta años después. Ese era el momento: los inexpertos granaderos se habían convertido en roca pura y estaban por llevar finalmente a la realidad lo que tantas veces habían simulado hacer en los cuarteles del Retiro”.
    El Combate se produjo junto al Convento de San Carlos Borromeo situado en la actual localidad de San Lorenzo en Santa Fe, entre las fuerzas independentistas rioplatenses-quienes resultaron triunfadoras- y las españolas que desembarcaron en el sitio. Fue la única batalla en territorio argentino que libró el entonces coronel de caballería José de San Martín, quien tuvo bajo sus órdenes al Regimiento de Granaderos a Caballo.

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