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  • Violenta entradera en una casa céntrica

    23/6/2015
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    Cuando la hija de la dueña de casa se despertó, alrededor de las 9 de la mañana, inmediatamente se vio alarmada por las luces de tres móviles de la Dirección de Prevención Urbana que se colaban por la ventana de la planta alta. En días donde la televisión y distintos medios replican hasta el hartazgo hechos delictivos a diario, se genera una sugestión en los consumidores que dispara una alarma ante cualquier señal anómala. No era una sugestión, ni una pesadilla, ni un mal sueño. Se asomó a la ventana y le preguntó a los servidores que estaba sucediendo. En ese momento, los agentes le respondieron que habían recibido un llamado de esa dirección por un supuesto robo.
    Inmediatamente, y sin entrar en pánico pero con cierta confusión, la mujer bajó las escaleras y fue a ver a sus padres que viven en la planta baja. Recorrió los ambientes hasta que por fin los encontró encerrados en la habitación principal, junto a la empleada domestica. “Nos robaron”, alcanzó a decir la madre de 89 años, aún compungida por la extrema situación. En ese momento, la mujer (que solicitó no revelar su identidad) se dirigió al frente de la vivienda de Belgrano entre Moreno y Lavalle y le avisó a los agentes municipales lo sucedido. A partir de allí no pudo volver a ingresar a su casa, sino luego de varios minutos por solicitud de la DPU. Más tarde, le explicarían a la propietaria que el impedimento se debió a la suposición de que los delincuentes aun permanecían en el lugar.
    El traumático episodio no escapa de lo usual. A diario, cuando la empleada domestica -que ayuda en las labores cotidianas de la dueña de la casa- entra a su trabajo a las 8.30, deja sus cosas en la vivienda y sale nuevamente a realizar algunas compras. Casi siempre es así. Esta vez, cuando la empleada volvió de realizar sus tareas en la calle, aproximadamente a las 8.45, la mujer de avanzada edad le abrió la puerta de ingreso y, cuando estaba por cerrarla, un brazo se atravesó junto al marco e irrumpió violentamente empujando a la señora contra la pared. Inmediatamente, otro sujeto ingresó de golpe a la vivienda y cerró la puerta para que nadie en el exterior notara la pesadilla que se iba a vivir en el interior.
    La modalidad es una de las más comunes y se las conoce como “entraderas”. Los ladrones ingresan de manera violenta, saquean todo a su paso y se retiran. La idea es moverse rápido. Y así fue, aunque el accionar pudo ser advertido por un vecino –quien dio aviso a la DPU- que alcanzó a percibir el ingreso de los hombres que, según indicaron, rondaban los 25 años. La dueña de casa quedó reducida frente a la puerta bajo el control de un delincuente, el otro se fue con la empleada a recorrer la morada a punta de pistola y tapándole la boca para que no grite. Pasearon por los ambientes, muy violentos y nerviosos. Según relataron las victimas a este medio, en apariencia actuaban bajo los efectos de alguna sustancia. El clima era muy tenso y silencioso, y se confundía con la tranquilidad de la mañana. Desde el exterior nada parecía estar sucediendo.
    Sin encontrar nada de considerable valor, y con la desesperante búsqueda de dinero, los malvivientes se dirigieron a la habitación de la pareja y advirtieron que el marido de la señora, aun permanecía en su cama durmiendo. Desencajados, y sin el menor reparo, lo despertaron con la pistola apuntándole en la frente. El hombre, sorprendido por la situación comenzó a ponerse inquieto, cuya acción fue neutralizada por los delincuentes al grito de “No me mires la cara, viejo!”, sin saber que el señor, también de avanzada edad, padece problemas de audición, lo cual le dificultaba acatar las órdenes de los ladrones que a cada instante se comportaban mas alterados.
    En un momento, producto de su excitación, los sujetos le propinaron un fuerte golpe a la empleada en la cabeza, además de otras lesiones producto de la violencia de su accionar. El botín no fue considerable. Solo pudieron llevar algunos ahorros de la pareja, y una bicicleta que se encontraba guardada en el garage, lo cual arroja el indicio de que contaban con un automóvil de apoyo para trasladar lo sustraído.
    Los minutos fueron siglos. Todo pareció una eternidad para la pareja y la empleada que vivieron, como uno familia más, un episodio reflejo de la decadencia y la desidia que coarta las libertades. Casi 20 minutos después de lo sucedido, llegaron al lugar alrededor de 6 efectivos policiales que recorrieron la casa en busca de pistas, pero un poco más tarde se fueron pidiendo a la familia que realizara la denuncia, lo cual no sucedió. “Es un numero mas”, dijeron.
    “Uno ya no puede salir a charlar con un vecino, ni puede salir a lavar las veredas”, explicaba indignada la hija de la propietaria, y agregó: “Antes teníamos que cuidarnos de la noche, ya no”.

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