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  • La Isla no cabe en las urnas

    2/2/2017
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    En ediciones anteriores, desde este medio se publicaron distintos fragmentos de la carta redactada y firmada por “Vecinos Insulares y Continentales congregados por un Nuevo Delta” (VICCND), en la búsqueda constante –e histórica- por darle visibilidad a la desidia y el abandono que sufre el sector isleño y que, lamentablemente, no forma parte de la agenda del arco político.
    El 2017, como sucede cada dos años, se presenta con la atipicidad de ser un año electoral. Tal como sucede en el continente –quizá con menos deficiencias que en la isla- las promesas sobre el abordaje de políticas públicas se suceden con vientos de prosperidad, pero año tras año, terminan desvaneciéndose en la orilla, antes de cruzar el río. “Así nos vamos enterando de reuniones, visitas al territorio, cartas leídas y nuevas promesas de hacer. Enhorabuena, esperemos que alguna llegue a concretarse antes que terminen los comicios”, expresan desde el sector isleño.
    Según destacan, a pesar de las acusaciones por desidia actual e histórica que emanaron de la mencionada carta, la cual se fue exponiendo desde este medio a través de fragmentos, el silencio permanece indemne: “Sin más, quien calla otorga. Ya nos sumergimos en las necesidades básicas insatisfechas ligadas al transporte y a la salud, al acceso a los servicios elementales (agua, luz, etc.) y por ende a la calidad de ciudadanía que unos u otros podemos ostentar por estar más acá del río”.
    En esta oportunidad, continuando con la divulgación de los pasajes mas destacados del texto, es el momento de plantear el bien común que conforma nuestro patrimonio cultural isleño. “En esta parte del delta todavía resiste una identidad isleña, forjada en el monte al pálpito del machete y bañada por la fuente inagotable del Paraná. Mestizaje de gringos escapando del hambre, de litoraleños detrás de sus hachas y del linaje guaraní inmerso en lo más profundo del barro e impregnándolo todo, hasta a aquellos que llegamos a las islas de las formas más variadas e insólitas”, sostiene Matías Barutta, quien lleva adelante, desde hace años, una incesante labor de registro del patrimonio cultural de la isla.
    Así, según expresa el texto de la misiva, “desde tierra firme, aparte de hileras de árboles y vacas, la única salida posible para el sector parece la industria del turismo. Generar un ambiente propicio para quien se quiere escapar de la Capital y entrar a un mundo ‘salvaje y desolado’, invirtiendo tan solo en cartelería donde figuran espacios, como el Recreo Blondeau, que pronto serán ruinas si no se trabaja seriamente en esta alternativa productiva, posiblemente, tanto o más devastadora para la cultura isleña que la actividad forestal intensiva. Recordar que nuestro delta no es color rosado, sino marrón.”
    El centenario Recreo Blondeau, situado en el corazón del delta allí donde confluyen el canal Alem y el río Carabelas, donde ofició la primera escuela de isla, más tarde mítico salón de fiestas y en 2008 declarado “Patrimonio Histórico Municipal”; almacén de ramos generales y a la fecha punto de encuentro de isleñas e isleños desde Entre Ríos al Tigre, hoy tiene colgado un cartel de venta que se ahorca en un grito sordo de auxilio desde la última gran creciente, sin el menor reconocimiento al esfuerzo de una persona que mantiene intacto este espacio hace más de cincuenta años. Con un perverso mecanismo, el olvido y el desinterés ahoga y angustia a quienes ven en este tipo de sitios, uno de los últimos bastiones de identidad isleña, al configurarse como uno de los últimos centros de comunión. “Después del derrumbe de la Casa de los Costa de Campana, no hay postal más abrumadora del Estado de laissez faire respecto a nuestro patrimonio cultural: Dejen hacer, dejen pasar, el río va solo”, concluyen.

    La niña que quería tocar la luna

    Irupé – Cuento inspirado en la Leyenda Guaraní del Irupé 
    Por Paula Alfieri

    (2da Parte)
    Los remos cambiaron el curso de la embarcación, alejándose de la luz de la gran ciudad, penetrando en la profundidad de la noche. Irupé, rodeada de los brazos de su madre, sintió latir con fuerza su corazón y en cada latir se amarraba aún más a todo lo que la rodeaba.
    Experimentó por primera vez el hambre. Rozó con sus labios el pecho de su madre y como si hubiese realizado aquello cientos de veces durante miles de años, supo que tenía que mamar y sació su sed de deliciosa y cálida leche.
    Irupé creció sumergida en todo aquello que envolvía al río. Por las mañanas despertaba al alba junto al sol, se zambullía en el marrón, nadaba entre dorados y bogas, rozando con sus dedos las ásperas escamas de los escurridizos peces. Jugaba carreras con los camalotes y la broza y a la escondida con el biguá. Cada día el monte le deparaba una nueva sorpresa.
    Su casita de madera suspendida sobre cuatro troncos truncados era su balsa en las crecientes, su refugio en las noches de aguacero, su calor en los fríos días de invierno.
    Algunas veces solía acompañar a su padre y a sus hermanos a cazar al monte. Ella sabía empuñar la carabina, sujetarla con fuerza en su hombro y disparar. Tenía muy buena puntería pero nunca acertaba, era su manera de proteger lo que el monte albergaba. Cuando uno de sus hermanos mataba un ciervo o un carpincho, le pedía perdón al monte y le agradecía por brindarles comida.
    Era muy feliz allí, pero algo le inquietaba. Ella quería tocar la luna.
    – ¿De qué está hecha la luna Tata? ¿Qué sabor tiene?¿Es fría, quema? ¿Entra en una sola mano? ¿Es esponjosa o es dura? ¿Quién vive allí?
    Por las noches trepaba a los árboles e intentaba tocarla. Se quedaba allí horas acompañándola.
    Irupé rondaba ya los diez años cuando una mañana al despertar escucho ruidos ajenos al palpitar del monte. Sonaba a truenos pero el cielo estaba más azul que nunca. Vio como una dentellada arrancaba el monte y luego otra y otra más, hasta dejar un inmenso hueco blanco entre los tupidos verdes.
    -Es el desmonte guriza, le dijo su abuelo.
    -Pero Tata, allí no se escuchan hachas sino truenos…
    Los animales huyeron ante la tierra devastada. Ya no se ven ciervos, ni tigres, ni carpinchos, si hasta los pájaros y los peces escasean. Ya no hay trabajo para las hachas en el monte. Las crecidas son cada vez más frecuentes a falta de árboles que retengan con sus raíces la tierra y a sobra de los endicamientos que levantan muros empujando el agua a zonas más deprimidas. El río baja bravo y marrón, furioso e indomable y la lluvia incesante que no deja de caer.
    La familia de Irupé lo perdió todo: el trabajo, la huerta, los frutales, los animales…
    Irupé extraña a su amado monte, con todo lo que entra en él, como ella lo conoció y el río…su amado río es un desconocido en quien ya no puede confiar.
    Tocaré la luna y le pediré un deseo: que el monte vuelva a ser monte.
    Y una noche, por fin, Irupé pudo tocar la luna. Luna llena redonda, hermosa luna, noche llena de titilantes luces. Irupé, subida a lo más alto de una rama, en puntitas de pie estira todo su cuerpito y alza su brazo. La rama gime de dolor al quebrarse sabiendo que Irupé caerá irremediablemente al bravo río. Pero a Irupé no le importa, por fin pudo tocar la luna y “el monte será nuevamente monte”.

    El peso de las elecciones – Escultura de Elisabet Morel hecha con elementos del paisaje isleño y boletas electorales.