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  • El falso mito del vínculo entre las vacunas y el autismo

    12/8/2017
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    En muchos países del mundo todavía existe un gran debate social en torno a la vacunación. En Europa las autoridades sanitarias están en alerta desde el primer trimestre de este año, cuando una epidemia de sarampión resultante de la caída en los niveles de inmunización, causó al menos 500 infecciones y dejó 35 muertos. Como respuesta, países como Italia y Alemania ahora debaten la aplicación de multas para quien no vacune a sus hijos.
    El 26 de febrero de 1998 fue el día en que se generó una ola de desconfianza internacional sobre las vacunas, cuyos efectos reverberan hasta hoy en día, casi 20 años después. Aquel día, en Londres, el médico Andrew Jeremy Wakefield presentó una investigación preliminar, publicada en la prestigiosa revista científica The Lancet, en la que decía que doce niños vacunados habían desarrollado comportamientos autistas e inflamación intestinal grave. Lo que tenían en común, según el estudio, era que los niños tenían restos del virus del sarampión en el cuerpo. Wakefield y los compañeros de ese estudio sugirieron la posibilidad de que hubiera un “vínculo causal” de esos problemas con la vacuna triple viral, que protege contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola, que había sido aplicada a 11 de los 12 niños estudiados. El propio Wakefield reconocía que se trataba únicamente de una hipótesis: la vacuna podría causar problemas gastrointestinales, que llevaban a una inflamación en el cerebro y tal vez al autismo. Esa sugerencia fue suficiente para que los índices de vacunación con la triple viral en Gran Bretaña empezaran a bajar y más tarde alrededor del mundo.
    La polémica llegó también a los Estados Unidos. Allí, el autismo no se vinculó con la vacuna triple viral, sino con el timerosal, un componente antibacterial que está presente en algunas vacunas. Fueron necesarios muchos años para que ambas teorías fueran desmontadas y para que el vínculo entre el autismo y las vacunas fuera descartado por la comunidad científica.
    En 2004 en Estados Unidos se concluyó que no había pruebas de que el autismo estuviera relacionado con el timerosal, debido a que retiraron el mismo de la composición de las vacunas y la prevalencia de autismo aumentó.
    En cuanto a Wakefield, en 2004 se descubrió que antes de la publicación de su artículo en The Lancet, había pedido la patente para una vacuna contra el sarampión que competiría con la triple viral, algo que se interpretó como un conflicto de intereses. Pero las acusaciones contra el académico fueron aún mucho más allá: en el estudio original, Wakefield decía que había vestigios del virus del sarampión en los 12 niños analizados. Desde entonces, un médico que lo ayudó en esa investigación salió a decir públicamente que, en realidad, no se había encontrado el virus en uno de ellos, y que Wakefield había ignorado ese dato para no perjudicar el estudio. En 2010, el Consejo General de Medicina de Gran Bretaña falló que Wakefield “no era apto para el ejercicio de la profesión”, calificando su comportamiento como “irresponsable, antiético y engañoso”.
    Por su parte la revista The Lancet se retractó del estudio publicado una década antes, diciendo que sus conclusiones eran “totalmente falsas”. Y la organización estadounidense Autism Speaks, dedicada al estudio y el debate sobre el autismo, decidió posicionarse a favor de la vacunación: “Las vacunas no causan el autismo. Les pedimos encarecidamente que vacunen a todos los niños”.
    Según la Organización Mundial de la Salud, las vacunas hoy salvan entre 2 y 3 millones de vidas al año en todo el mundo.
    Dr. Federico R. Simioli
    Médico Infectólogo
    M.N. 134255 M.P. 551400

     

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