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  • El clavel del aire inspirador de grandes poesías

    26/10/2017
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    Aquel que se detenga a contemplar los árboles de la ciudad en esta época, habrá notado que algunos están cubiertos por un manto verde grisáceo, a veces salpicado por algunas flores coloridas: se trata de los “claveles del aire”.
    Su nombre científico es Thillandsia recurvata; hay una sola especie pero muchas variedades. Popularmente se lo conoce como clavel porque sus hojas son parecidas a las de esta planta. La referencia “del aire’ es porque vive del aire, el agua, el sol y el amoníaco. Cuando cae al suelo, muere. Y esta época de vientos es muy propicia para que “vuelen” por su fragilidad en el agarre a las ramas de los árboles u otros sostenes.
    Contrariamente a la idea generalizada, no es una planta parasitaria sino una epífita. No vive a expensa de otro ser, ni saca nutrientes del huésped, sino del aire. La prueba de ello es que se la puede ver en los cables de tendido aéreo. La gran población de claveles del aire se da en las ramas muertas o moribundas. Como la gente ve estas ramas secas piensa que se murieron por culpa de los claveles, pero es justamente al revés, ya estaban secas, por eso se adhirió.
    Recordemos la letra del tango de Juan de Dios Filiberto y Fernán Silva Valdés (1929) que magistralmente cantaba Carlos Gardel donde hace un parangón poético entre la soledad de un hombre “como rama seca” a quien un día se le “prendió” un clavel del aire, pero así como esa mujer llegó para iluminar su vida con sus flores, un día voló arrastrada por el viento pampero:

    Como el clavel del aire,
    así era ella,
    igual que la flor
    prendida en mi corazón.
    ¡Oh, cuánto lloré
    porque me dejó!

    En esta región,
    igual que un ombú
    solito y sin flor,
    así era yo;
    y presa del dolor
    los años viví,
    igual que un ombú
    en esta región.

    Y mi ramazón
    secándose iba,
    cuando ella una tarde
    mi sombra buscó.
    Un ave cantó
    en mi ramazón,
    y el árbol sin flores
    tuvo su flor.

    Mas un feliz viajero
    —viajero maldito—
    el pago cruzó;
    en brazos de él se me fue
    y yo me quedé
    de nuevo sin flor.
    El que cruzó fue el viento,
    el viento pampero
    que se la llevó.

    ¿Dónde se alojan?

    El clavel del aire se desarrolla en gran variedad de especies: cedros, cipreses, pinos, crespones, robles, cítricos, fresnos, arces, olmos, araucarias, ligustros, jacarandáes y lapachos, entre otras.
    Se los puede ver en cantidad y ahora en flor, en las grandes y antiguas tipas de la Plaza Italia.
    La posibilidad de alojarse en determinados árboles depende fundamentalmente del tipo de corteza y la forma de la copa. Si la corteza es lisa, la semilla no se adhiere; y si las ramas son más paralelas al suelo, la posibilidad de anclaje es mayor.

    HERMOSA LEYENDA DEL “CLAVEL DEL AIRE”

    Se cuenta una hermosa y triste leyenda guaraní sobre el clavel del aire, planta que vive pendiendo de los troncos o ramas de añosos algarrobos o de los pelados peñascos.
    Refiere la misma que durante una minga, un joven oficial español se enamoró de una indiecita conocida por Shullca, la que en ningún momento correspondió al apasionado amor de aquél. Juró entonces vengarse de la que así despreciaba su cariño, y una tarde en la que la halló sola en la sierra comenzó a perseguirla. La niña, en su desesperación, trepó a la rama más alta de un coposo algarrobo que el viento balanceaba amenazando derribarla.
    Pidióle el joven con buenas palabras que bajara, prometiéndole respetarla si así lo hacía. Como la niña se negara a ello, le amenazó con su puñal. Lo que no pudo la súplica, menos logró la amenaza. Y entre despechado y furioso arrojó el arma que fue a clavarse en el pecho de la infeliz. Como un pájaro cayó el cuerpo de Shullca en el vacío y tras él, el del oficial hispano.
    Una gota de sangre alcanzó, empero, a humedecer el tronco del árbol. Y allí nació el clavel del aire, que antes de una flor es, al decir de Joaquín V. González, un rayo de luz modelado en la forma de los lirios místicos, con tres pétalos de suavísimo y casi volátil tejido con la blancura y el aroma de la virginidad seráfica, porque es el alma de la tierra, y encarnada en tan delicioso cuerpo, vive encima de ella, impregnándola de su aliento que es gracia y amor.