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  • Para siempre en Malvinas

    17/4/2018
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    Nuestras “ISLAS MALVINAS” son, sin duda alguna, el factor aglutinante de la sociedad argentina. Para nuestros contemporáneos, aquella guerra a la que fuimos, luego del frustrado intento de recuperación, nos ha dejado una herida que no cicatriza, que aún sangra, que aún nos duele.
    Nos enfrentamos casi sin lógica alguna, a una de las potencias militares, vencedora de la Segunda Guerra Mundial, con una posición de privilegio en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. A poco mirar, era esperable el resultado de aquella estéril contienda.
    Podría comentar lo que vivimos en aquel inolvidable 1982, pero es historia conocida. Pasar de la sorpresa, a la euforia; de los mensajes triunfalistas, a los sensatos; de la mentira, a la más cruda verdad: la rendición incondicional…
    Atormenta el solapado y vergonzante regreso de las tropas, el dolor por nuestros muertos, los que quedaron en la inmensidad del mar, y aquellos que cumplen eterna guardia peregrina en las islas.
    Por estos días, la inmensa mayoría del pueblo argentino vivió con renovada emoción, los hechos que permitieron conocer la identidad de aquellos que aún descansaban bajo la lápida que rezaba, “SOLDADO ARGENTINO SOLO CONOCIDO POR DIOS”, que ocupó a la prensa nacional e internacional, destacándolo como un hecho humanitario loable.
    Como muchos, siempre albergué la esperanza de poder visitar las islas, pisar su suelo, sentir su viento, caminar su blanda turba, comprender su geografía; pero fundamentalmente, llegar al cementerio argentino de Puerto Darwin, para estar, aunque sea por unos minutos, cerca de aquellos héroes.
    Y así fue, junto a un matrimonio amigo, tomamos un crucero que navegaba hacia el sur y en su itinerario estaba “Malvinas”, excluyente y convocante razón de nuestro viaje, con la salvedad que tan sólo se desembarcaría, si las condiciones meteorológicas y de mar lo permitían.
    Los buques de porte, no toman muelle en Puerto Argentino; fondean fuera de la bahía y se usan para llegar a tierra, embarcaciones auxiliares específicas para ello.
    Todo el tiempo con angustia mirábamos el pronóstico extendido, los datos no eran auspiciosos; los tres cruceros que nos precedieron, no fueron autorizados a desembarcar, tan sólo avistaron las islas y continuaron su derrota.
    Afortunadamente, el viento calmó bastante y el mar se serenó. El 6 de marzo pasado, avistamos con las primeras luces las islas, y luego pudimos llegar a Puerto Argentino; crecía nuestra expectativa minuto a minuto; lo anhelado tenía principio de ejecución; estábamos felices pero con una carga emocional inmensa.
    Fernando, excelente guía chileno, casado con una malvinense, nos guió en nuestro tour por la isla.
    Luego de poco más de una hora, en una ruta asfaltada en excelentes condiciones, habiendo dejado atrás el inmenso y moderno asentamiento militar británico, nos desviamos por un camino de tierra unos pocos cientos de metros y abrimos una tranquera que facilita el acceso al cementerio.
    Es un paisaje típico insular patagónico marítimo, escenario de la primera batalla con tropas inglesas; aquí quedaron muchos de los que encontraron la eternidad en aquella guerra.
    A partir de ese momento, todo cambió en nosotros; se terminaron las preguntas al guía, nos sumimos en un respetuoso silencio; a poco de avanzar la camioneta, comenzamos a ver en una elevación próxima, la construcción sobria, sólida, firme, que da entorno al cementerio, en la cual, están grabados los nombres de todos los compatriotas muertos en el conflicto.
    La Cruz Mayor centrada en la obra, se destaca; las cruces del campo prolijamente dispuestas en cada tumba dan un marco que estremece.
    Caminábamos con lentitud; mirábamos a los cuatro puntos cardinales; queríamos retener aquello, en nuestras retinas para siempre.
    Cuando comenzamos a transitar los senderos internos, el corazón galopaba anárquicamente; la mirada se nublaba; el pensamiento se turbaba; todos llorábamos en silencio, sabíamos bien por qué.
    Buscamos a nuestros conocidos allí: acariciamos sus placas, tocamos sus cruces, sus rosarios. Luego, ya junto a la imagen de la Virgen de Luján, que preside el campo, y de la manera que pudimos con tanta congoja acumulada, imploramos a Dios por los caídos, por sus familias, por sus amigos, por todos nosotros… por nuestra Argentina.
    Han pasado 36 años.
    ¡Qué delirio fue aquello!

    Lic. Gustavo Mario Bourilhon
    Prefecto General (R.E.)