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  • Cómo fue la última jornada del juicio en el que el jurado absolvió al carnicero

    14/9/2018
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    Daniel Oyarzún se quiebra y llora. Mira al jurado y dice “gracias, gracias de verdad”. Apenas unos segundos antes, apretaba sus dientes y clavaba sus ojos negros en un horizonte imaginario dentro de la colmada sala de audiencias; entrecruzaba los dedos de sus manos, un lenguaje gestual que repitió durante la última semana. Pero ahora, su llanto es de liberación, porque la presidenta del jurado de ciudadanos acaba de recibir un sobre con un papel donde se lee: “Este jurado resuelve, declarar al acusado no culpable por haber actuado en legítima defensa”. El reloj marca las cuatro y media de la tarde. Esta misma fecha, pero dos años atrás, su vida daría un giro inesperado.
    Cinco minutos habían pasado de las 10.30 de la mañana. La prensa fue la última en ingresar a la sala de audiencias, donde ya se habían ubicado los 12 jurados titulares, los suplentes y el público en general. También, de espaldas al público, estaba Daniel Oyarzún junto a su abogado Dr. Ricardo Izquierdo; Horacio González, padre de la víctima y su abogado Dr. Ernesto Gómez, y a su lado, el fiscal de juicio, Dr. José Luis Castaño.
    En la sala sobrevuela un sopor que juega misteriosamente con un estado de ansiedad; las largas jornadas de debate contuvieron una importante carga de información y análisis, tanto para el jurado que debió observar con detenimiento cada testimonio ventilado, como para Oyarzún, que recibió protocolares pedidos de atención por parte de la jueza en el comienzo de cada una de las audiencias.
    Los alegatos
    El día se abre con una aclaración del Ministerio Público Fiscal; el Dr. Castaño, tal como se había comprometido el día anterior, dejó en claro la condena recibida por Marcos Alteño, el sujeto que había ingresado a la carnicería de Oyarzún aquel 13 de septiembre, dando inicio al fatal desenlace. Alteño, confirmó el fiscal, cumple una condena de 6 años y 8 meses en la Unidad Penitenciaria Nro. 21 de Campana, tras firmar un juicio abreviado en abril.
    Es Castaño también, quien da comienzo a la etapa de alegatos. Se pone de pie y les habla a los 12 ciudadanos de frente. En sus palabras, la Fiscalía de Juicio arranca por plantear un hecho incuestionable: que Daniel Oyarzún mató a Brian González tras atropellarlo con su automóvil. “Oyarzún estaba trabajando y fue víctima de un robo con arma; tenía derecho a defenderse, pero se le fue la mano”, lanzó el fiscal en sus primeras líneas, reforzando la idea planteada desde el inicio, acerca del “Exceso de legítima defensa” del imputado, y haciendo referencia a los registros fílmicos en los que se observa al acusado golpear al joven en estado casi agonizante.
    “Cuando uno es atacado ilegítimamente, tiene derecho a defenderse. Pero hay momentos en que dejamos de defendernos, para pasar al ataque. Uno tiene que tener límites”, afirmó el fiscal. Repasó los hechos ante la atenta mirada de los jurados, que con un austero comportamiento, no demostraban gestos de aprobación o desaprobación. Castaño, volvió varias veces sobre los hechos relatados, planteó que “el auto estaba en excelentes condiciones” para descartar fallas mecánicas; que al acusado “se le fueron las ganas de recuperar lo que le habían robado” y que “volvió para recriminarle a Brian”.
    “Creo en la resocialización de la gente cuando alguien se equivoca. La idea es que la persona se dé cuenta que hizo algo mal. Estoy en contra de la pena de muerte. Oyarzún se excedió, y merece un llamado de atención; se defendió, se le fue la mano y terminó matando a una persona”, añadió.
    Oyarzún acaricia su jean azul claro. Vuelve a enredarse los dedos, se inclina hacia adelante y apoya sus codos sobre sus piernas. Ahora, quien está parado frente suyo es el abogado querellante, quien en los minutos siguientes intentará convencer al jurado de su culpabilidad.
    Ernesto Gómez comenzó su alegato con una marcada firmeza y lucidez: “Pido que tengan algo en claro. Hubo un hecho primario, y ya hay una persona condenada; hoy estamos acá por una calificación de homicidio”, acentuó para separar el hecho de robo (por el cual se condenó a Alteño) y el hecho en el cual pierde la vida Brian González.
    “Nos queda clara la intención dolosa de querer matar. Oyarzún estaba en plena conciencia. Estamos en peligro de caer en el lejano oeste. Si no damos una sentencia ejemplar, corremos el riesgo de que lo vuelva a hacer. Esto también es un mensaje a la sociedad, justificar la muerte nunca tiene sentido”, dijo el querellante y agregó: “No tuvo intención de frenar su actitud. Su personalidad quedó plasmada acá, no demostró actitud de remordimiento, no miró a los ojos a la familia y no les pidió perdón”.
    El abogado defensor, Dr. Ricardo Izquierdo, viste un traje azul marino y que combina con una corbata celeste. Había llegado a los tribunales portando una carpeta de tapa naranja. Allí, tendría algunos lineamientos a plantear durante su alegato. Fue el último en realizar su alocución y llegado su turno, se separó de su cliente para posicionarse, donde minutos antes sus colegas defendieron las acusaciones.
    Como si estuviera frente a una cohorte de alumnos, Izquierdo gesticula con sus manos, camina hacia los jurados y se vuelve hacia atrás para realizar anotaciones en una pizarra.
    “El 13 de septiembre de 2016 Oyarzún salió de su casa y fue a su trabajo. Ahí lo vinieron a agredir; él hubiese querido seguir trabajando”, puntualizó el letrado, trazando un eje que continuaría en todo su relato, donde también mencionó que el imputado salió en busca del dinero robado, una suma de 5 mil pesos que tenía para pagar proveedores: “No le gusta ser un deudor, menos le va a gustar matar”.
    Si intervención fue notoriamente más extensa que las precedentes. Al igual que la querella y la Fiscalía de Juicio, el abogado repasó su versión de los hechos acaecidos hace dos años. “Mi defendido no se excedió, no quiso matar a nadie. Es un buen hombre”, decía el letrado mientras reforzaba la idea del accidente. Izquierdo miraba al jurado, como tratando de sondear el humor. Fue allí cuando dejó de lado la narrativa, y la estrategia apeló a la emotividad: “Oyarzún es un vecino de ustedes. Tuve la obligación de pedir un juicio por jurados. Los jueces no son vecinos, seguramente tienen un chofer y no les roban el celular. No se merece la cárcel, es uno de ustedes”.
    Al cierre del alegato defensor, el fiscal Castaño solicitaría al abogado que aporte la información obtenida ante lo que había manifestado. “En la cárcel lo van a matar a Oyarzún; los malos ayudan a los malos y los buenos tenemos que defendernos entre nosotros”, había dicho Izquierdo, haciendo alusión a un supuesto “plan” para atacar al acusado. “Desde el 13 de septiembre, Oyarzún muere todos los días”, refirió sobre el final.

    Para el jurado fue legítima defensa

    Tras los alegatos, la jueza pidió un cuarto intermedio, y al regreso, instruyó a los jurados sobre cómo se realizarían las tareas de deliberación. La espera, se extendió por más de dos horas. Los 12 jurados se reunieron en una sala cercana, buscando conseguir 10 de los 12 votos que resolverían la culpabilidad o la absolución del imputado.
    Más de una docena de efectivos del Grupo de Apoyo Departamental, Comisaría de Campana y Policía Local, se apostaron en custodia en la puerta de los tribunales. El edificio quedó semi vacío. La puerta principal se abría intermitentemente para alguna salida, o algún eventual y vigilado ingreso, como el de un hombre, de mediana edad, que cosechó suspiros entre los presentes al entrar al lugar con varias docenas de empanadas. El destino: la sala de audiencias del TOC 2, en la planta alta, donde se reunían los jurados en absoluto secreto.
    Cerca de las 16.30, el escenario otra vez es la sala de audiencias; esta vez, casi puede percibirse el incremento en las frecuencias de las pulsaciones de los presentes. La tensión, la espera, la ansiedad llegan a su punto culmine. Aunque un aire acondicionado trabaja a destajo, el calor en la sala es un comentario que se repite. Otra vez, la habitación está repleta. Se produce un silencio férreo, inquebrantable. La postal es distinta: el jurado entra al final, junto a la jueza. Los empleados judiciales se miran, porque se acerca la culminación de lo que parece una ceremonia. Ningún detalle puede fallar. El secretario del tribunal, Dr. Federico Martinengo toma un sobre, lo abre y se lo entrega a la presidente del jurado. El resto de la historia ya fue contado.

    “Quiero recuperar mi carnicería con dignidad y trabajo”

    Daniel Oyarzún se abraza a su abogado, acaba de escuchar el veredicto de no culpabilidad elaborado por el jurado popular. A la salida de la audiencia, diría al respecto: “Él siempre me defendió sabiendo que yo era inocente”.
    Consultado sobre cómo continúa su vida luego de la absolución, “Billy” Oyarzún repite entre lágrimas: “Quiero seguir estando con mis hijos e ir a laburar como hice siempre. Nada más. Quiero recuperar con dignidad y trabajo mi carnicería, para tener lo mío que con tanto esfuerzo lo hago cada día. Me siento nervioso, pero contento porque se hizo justicia”.
    De fondo, un grupo de personas canta a coro: “Se lo merece, se lo merece”. El carnicero dice ante los medios que nunca fue un justiciero, sino que “siempre fui un laburador”. “Agradezco a la gente que me apoyó; nunca dudé, sabía que era inocente. Voy a seguir criando a mis hijas y seguir trabajando”, cierra.

    La última palabra
    Antes del proceso deliberativo del veredicto, la Jueza Dra. Liliana Dalsasso le dio la oportunidad al acusado de brindar sus últimas palabras al jurado.
    “Confío en la Justicia”, comenzó Oyarzún. “No soy un asesino, soy inocente. No lo busqué, no lo quise hacer. Espero que me dejen seguir disfrutando de mis hijas y seguir trabajando”, dijo el carnicero con la voz temblorosa, mientras su familia rompía en llanto entre el público.