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  • El arte de restaurar y el oficio de reparar bicicletas

    16/10/2018
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    El músico y artista David Byrne publicó un libro llamado “Diarios de Bicicleta”, en donde plasma en primera palabra largos recorridos en bici por diferentes ciudades del mundo. Allí elogia a la bicicleta como el vehículo perfecto para atravesar ciudades y barrios sin perder de vista lo humano que las constituye.
    “Atando cabos”, trenzando cables y soldando fierros, “Charly” Alvarez fue armando su oficio de bicicletero y canalizando su pasión por la restauración.
    Reconoce que de muy chico adquirió conocimiento sobre el manejo de diferentes herramientas en el taller de chapa y pintura de su padre; muy lejos aún de agarrar una bici para repararla. “Solamente metía mano a los fierros como para aprender”, recuerda.
    Aprendió de chico la técnica del “manchado a vela”, para darle a los cuadros de bicicleta una especie de azebrado. Ese momento fue, quizás, una especie de relevación temprana de lo que años más tarde sería su oficio.
    Luego de terminar la secundaria en el Colegio Hotton comenzó a estudiar Diseño en la UBA pero las materias “más duras” y menos artísticas lo fueron llevando a otro lugar.
    Comenzó a trabajar en Toyota, en el área de soldadura, y solamente bastaron ocho meses para saber que los horarios rotativos, los jefes y todo lo que implicaba trabajar en fábrica no era para él.
    Terminó trabajando en un ciber céntrico, y con más tiempo libre empezó a recibir los tan esperados “incentivos” artísticos que necesitaba; mucha música y la apertura al mundo del arte callejero de los graffitis y los extensil. Recuerda que “devoraba” los tutoriales disponibles en la ancestral web 1.0 de internet mientras terminaban de quemarse rápidamente los años 2005 y 2006.
    “El tiempo disponible es lo que condiciona o incentiva la creatividad. Si uno está trabajando mucho tiempo no podrá dedicarse de forma plena a pintar, compartir alguna inquietud artística con otras personas y encontrar esos momentos para disfrutar de la creación”, asegura con el convencimiento de los que han caminado por ambos lados de la orilla. “En esa época decidí que el arte era lo mío, entonces pintaba, dibujaba, hacía obras en arcillas. Salí a vender cuadros míos a comercios locales, hice lámparas en madera y aprovechaba las herramientas del taller de mi papá. Nunca me pregunté el cómo; se me ocurría algo, veía si tenía los materiales, los reciclaba y lo hacía”.
    En esta compulsiva etapa fabricó lámparas; cuadros y remeras. Ahorró algo de plata y viajó y, quizás por necesidad, ingresó a trabajar a otra automotriz, Honda, en Campana. Él mismo confiesa que soportó un año y medio hasta que decidió irse porque estaba yendo en contra de lo que sentía, no por la empresa en sí; sino por una cuestión de búsqueda interna que indefectiblemente lo empujaban hacia lo artesanal.

    “Charly” en su taller.

    EL DESPERTAR DE UNA PASION TRANSFORMADA EN OFICIO
    La de Charly no es la historia de una familia de bicicleteros o de concretas pasiones heredadas, sino que es la historia de una búsqueda; como se da en la mayoría de las personas y de las ocasiones.
    “En un momento sentía que hacía de todo, que me gustaba pintar, los graffitis, trabajar en madera y soldar pero aún debía focalizar toda esa energía en una sola materia. Todo lo que vivía era alimento para crear, cualquier tipo de momento compartido con alguien, sentimiento o cualquier situación en la calle me motivaban a hacer cosas pero tenía que centrarme en algo particular, y que también pudiera ser un oficio para que me dé de comer”, explicó el artesano.
    Un día vio que en un rincón de su casa tenía cuadros de un par de bicicletas tiradas. Entonces decidió restaurarlos y armarlos, pintando una bici con un poco de pintura de descarte de un Citröen en el taller de su padre. Su primera clienta fue una joven zarateña, Luz. Y esa fue la luz que necesitaba para inclinarse por este oficio.
    “Cerró todo, y me incliné de lleno en restaurar bicicletas. Pero ese fue solamente el comienzo, ya que si bien tenía en claro lo que quería hacer, luego venía la parte del desarrollo. Pero fue todo medio a los golpes, medio kamikaze; empecé de a poco y fui aprendiendo con el correr de los trabajos que me pedían. Cuando vendí la segunda bicicleta comencé a buscar cuadros, armé un logo para las redes sociales y seguí en ese camino. Un día pasó un gran bicicletero amigo, Fajardo, y me contó que había visto un local para mí cerca de mi casa, en Villa Carmencita. Hablé con el propietario y arreglamos el alquiler en octubre del año pasado”, relató el bicicletero.
    En noviembre se llevó las primeras herramientas, acomodó el lugar y el 5 de febrero de este año inauguró su bicicletería- taller; Ride On Spiral.
    “Tenía la necesidad de tener un espacio propio, porque no se trataba solamente de estar en el patio de mi casa restaurando o reparando bicis; yo quería estar en el barrio, encontrándome con la gente, con los vecinos, escuchando los sonidos del barrio y todo lo que me sigue alimentando para continuar con este oficio artístico, que tiene un parte de oficio en la reparación cotidiana de las bicicletas pero también de arte en cuanto a las restauraciones y los pedidos”, explicó Charly Alvarez, quien ahora respira conforme, contento y entretenido.
    Para mayor información, todos los interesados podrán acercarse a Julio A. Costa 1275 o ingresar a: https://www.facebook.com/ruedaenelespiral/