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  • Celeste, la mamá de los mellis y de Francesca

    22/10/2018
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    Cele quedó embarazada ya superada la barrera de los 30 y como toda madre primeriza esperó hasta los tres meses para contarle a todo el mundo. En realidad se lo anunció primero a su mamá, Patricia. Pero con el correr de los días la panza comenzó a crecer mucho, al mismo ritmo que lo hacían las ansiedades, o quizás mucho más. Es que la panza de Cele parecía como mucho más grande de lo normal.
    Semanas antes de hacerse la esperada ecografía de los tres meses, le confesó a Patricia que se sentía “como hinchada”. Su madre, se bajó un poco los anteojos y como agachando la cabeza sentenció mirándola fijamente, “son mellizos”. “Ay no mami, no puede ser”, respondió con incredulidad Cele. Aunque aquello le resonó en lo más profundo de su ser.
    El compañero de Celeste es Antonio Pastorino, quien además de ser conocido por su extensa y reconocida carrera como tenista profesional, y hoy como entrenador y profesor de tenis, también era conocido “puertas adentro” de su familia como el tío de mellizos; ya que su hermano había sido papá de mellizos.
    Los mellizos son dos niños formados a partir de dos óvulos distintos, cada uno fecundado por un espermatozoide, que dan lugar a dos cigotos independientes.
    En este caso la herencia genética la aporta la mujer, y las probabilidades de tener mellizos se duplican cuando ha habido mellizos en la familia de la mujer. Por lo tanto el caso del hermano de Antonio resultaba una mera anécdota ante los ojos de la ciencia. No obstante, nuevamente mamá Patricia intervino, informándole a Cele que sus tíos abuelos, por parte de ella, eran mellizos. Y que Celeste venía a representar a la tercera generación, multiplicando las chances de que aquella predicción al final se termine cumpliendo.
    Solamente faltaba la confirmación oficial, que no tardó en llegar en boca de la ecógrafa. “Uy, Celeste. Acá hay de todo”, le decía mientras examinaba el monitor. Tanto Antonio como Cele lo pensaron pero no dijeron nada; dejaron que las suaves palabras de la profesional les confirme que esperaban mellizos.
    “Si bien vivimos el embarazo muy felices, con esta confirmación comenzaron mis miedos ya que todo embarazo múltiple sabía que requería algún tipo de cuidados extras. En aquel momento vivíamos en Capital Federal y entonces buscamos un obstetra de allá. Si bien yo quería parto natural, me propuso ir directamente a cesárea porque era un embarazo múltiple cumpliendo con todos esos cuidados que los médicos sugieren a la hora de dar a luz”, explico Cele. “Me acuerdo que al final del embarazo ya no sabía cómo ponerme, como sentarme o acostarme porque la panza era muy grande. Finalmente el obstetra me citó para un día domingo, entonces con Antonio fuimos convencidos de que era el último control de rutina antes de la cesárea. Pero cuando llegamos a la clínica estaba el quirófano preparado y todos esperándome para la cesárea. Creo que ahí entré en pánico. Me temblaba la pera, lloraba. Antonio lloraba conmigo. Aún hoy me veo sentada en la camilla, con la panza a punto de explotar y llorando porque tenía pánico a la cirugía porque nunca me había operado de nada, no conocía lo que era un quirófano. No quedó otra alternativa que calmarme y entregarme a ese momento. Suspiré y me convencí de que debía sobrellevar esa situación de la mejor manera posible”.

    El refugio
    Como una leona, se siente a salvo en su refugio, en su casa, con sus crías. Luego de la cesárea, los cuatro integrantes de la familia Pastorino- Ghiglione regresaron a su hogar, a un cómodo departamento de calle Monroe. “Nos fuimos súper contentos de la clínica, yo recuerdo que caminaba por toda la casa con cada uno de los mellis. Y al tener el antecedente del hermano de Antonio nos dio una serie de recomendaciones que nos ayudaron mucho en la organización. Recuerdo que hicimos un cuaderno para anotar el tipo de leche y la cantidad que tomaba cada uno, con los horarios. Antonio se levantaba a la noche a darle a uno, y yo me levantaba para darle la leche al otro”. De esta manera Carmelo y Augusto fueron creciendo, en un perfecto combo de los rasgos de mamá y papá. “Sentía que mi casa era mi lugar, ahí me sentía segura con los dos. No me pesaba no salir a la calle en esos momentos. A los diez días del nacimiento de los mellis, también nació una sobrina de Antonio y le dije que vaya tranquilo a conocerla, porque yo me sentía bien y segura con los mellis. Ese fue el primer día que los senté a los dos en las sillitas y les dí la mamadera, a los dos al mismo tiempo, uno con cada mano”, recuerda riéndose Cele.
    Otra de las situaciones particulares de la familia es que el trabajo de Antonio como entrenador de lo obligan a viajar mucho por el calendario de campeonatos. Y uno de los compromisos asumidos fue al poco tiempo del nacimiento de Carmelo y Augusto. Si bien Cele sufrió un poco aquel primer viaje de su compañero, también buscó apoyo en su mamá, en su suegra y en su familia, quienes la acompañaron en todo momento.
    Luego de vivir el primer año de los mellis en Capital, se mudaron a Zárate, a una casa más grande y con un poco de pasto.

    Mamá full-time
    Cele se dedicó a los mellis “full-time” desde un primer momento, como tantas otras madres. Pero reflexiona, con las certezas que brinda el paso del tiempo, “lo que ahora me pasa es que ellos, con seis años, tienen otras necesidades y demandas que me resultan mucho más agobiantes y exigentes que cambiar pañales, darles de comer o bañarlos. Creo que esto le pasa a la mayoría de las madres y padres. Hoy me demanda más tiempo la crianza con las obligaciones que tienen, las actividades semanales, la escuela y todo lo que conlleva eso. Creo que siento mayores responsabilidades sobre ellos hoy que cuando eran chicos, y siendo madre primeriza”.

    “Decime si es uno o dos”
    Cuando Carmelo y Augusto comenzaron sala de tres en el jardín, Cele queda nuevamente embarazada, y obviamente con altas chances de que también nazcan mellizos. Porque ese gen ya estaba. “Yo siempre dije, si son mellizos de vuelta, ya está, no pasa nada. Ya cuento con la experiencia y, en realidad, me gustan las familias numerosas. O sea que no me hubiese molestado en absoluto. Bueno, finalmente fue una nena, Francesca, pero en la primera ecografía le pedí a la profesional; `decime si es uno o dos; por favor´. También tuve la suerte de que Fran nació en diciembre, por lo que estuve todo el verano con los tres tranquila en casa. Y en cuanto a los mellis siempre se mostraron felices con su hermanita menor. La esperaron y cuando nació me ayudaban a cambiarle los pañales y jugaban con ella”. Hoy Fran tiene 3 años y comenzará el jardín el año próximo.
    Finalmente sobre el cierre de la charla Cele suspira, se relaja, se le completa la boca con una sonrisa y suelta emocionada, “es una bendición tener dos bebés juntos; si Dios te da esa posibilidad es porque uno puede hacerse cargo de tal situación. Luego es un tema de organización, como todo”.

    La familia: papá Antonio, mamá Celeste, los mellis Carmelo y Augusto y Francesa.

    ¿Le estamos dando la mamadera al mismo?
    Una de las anécdotas que despiertan carcajadas en familiares y amigos es cuando Cele relata una de las tantas situaciones que atravesaron con Antonio. “Muchas veces nos pasaba que nos despertábamos a la madrugada o a la mañana con los mellis llorando que querían comer. Nosotros re dormidos nos levantábamos, preparábamos la leche y a veces no veíamos el cuadernito que nos organizaba. Y Antonio me decía, pero a ése que tenés en los brazos, yo le dí la leche recién. `¿Le habremos dado dos veces al mismo?´, me preguntaba. Fue muy gracioso, las madrugadas y las mañanas eran fatales”, comentó Cele entre risas.
    Por último, otro semillero de innumerables fue la inmensa panza que sobrellevó en los últimos meses, la cual le dificultaba mucho moverse. “Era verano, con un calor terrible, tenía que ir a plena avenida Santa Fe y Callao para un control y Antonio no me podía llevar en el auto. Yo ocupaba el tamaño de dos personas en una sola. Estaba apurada y me quería poner un par de ojotas, recuerdo que tenía unas de color rosa que me quedaban un poco grandes y unas blancas que me quedaban bien. Pero sin querer pateé una de las blancas debajo de la cama y no me podía agachar a buscarlas. Entonces pensé, me dejo la rosa y me pongo una blanca sola; y antes de ir al médico le digo a Antonio que se agache y me la alcance. Finalmente me olvidé y salí con una ojota de cada color. Pero no me di cuenta hasta llegar al consultorio, ahí comencé a ponerme roja de la vergüenza. Pensé: `van a pensar que estoy loca ¿¡Qué hago!? Decidí hacerme la tonta hasta que me atienda el obstetra; total no creo que me mire los pies. Pero en esa consulta me examinó y me dijo que venía bárbaro con el embarazo y quiso mirarme los pies para ver si los tenía hinchados. Volví a hacerme la tonta; el no dijo nada, yo no dije nada y pasó. Después me volví en el subte con una ojota de cada color pero espléndida, como si nada”.

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