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  • Jacarandá, el símbolo de la primavera

    17/11/2018
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    “¡Jacarandá!
    ¡Hay azul en el cielo!
    ¡Es primavera!
    Hay azul en el árbol
    Hay azul en el suelo
    ¡Azul en la vereda!

    De esta manera, la escritora Nil-da Mileo retrató las características del Jacarandá, uno de los tradicionales árboles de la Ciudad.
    Es que es un símbolo de la primavera. Son sus típicas flores color azul violáceo las que vuelven a sus calles, avenidas y plazas un verdadero espectáculo visual. El Jacarandá, es el símbolo de la primavera en la ciudad.
    El jacarandá es un árbol nativo que habita en forma espontánea en las yungas de la Argentina. Las yungas o selva tucumano-oranense se encuentran en el Noroeste, el clima en las menores alturas es subtropical húmedo. Las distintas especies se distribuyen en pisos.
    El más bajo es la selva pedemontana, hasta no más de 600 metros de altura. Allí se encuentra el jacaranda acompañado por robles, cedros, nogales y otras valiosas especies. Más arriba se suceden otras especies, la selva del laurel y después el bosque montano hasta los pastizales de altura.
    El jacarandá también llamado tarco se caracteriza por sus vistosas flores violáceas que aparecen en primavera y le otorgan un gran valor como árbol ornamental. Por eso fue y es muy plantado en las ciudades, tanto como árbol para las veredas como para los parques y jardines. El jacarandá puede alcanzar hasta 20 metros de altura y 70 cm de diámetro de su tronco. Su madera es de calidad y se utiliza en interiores, para la fabricación de muebles y para el tallado de obras de arte, su uso no maderero más marcado es el ornamental aunque se menciona también como tintóreo y medicinal.
    El jacaranda pertenece a la misma familia botánica que los lapachos, Bignonáceas. Cuando fue elegida la flor nacional, obtuvo un muy honroso segundo puesto después del ceibo. Aunque su principal premio surgió cuando, por su belleza vibraron los poetas y las guitarras en sentidas canciones criollas que canta el pueblo.

    Los jacarandás de Avenida Lavalle.

    LEYENDA DEL JACARANDA
    En la provincia argentina de Corrientes nació esta leyenda en torno al jacarandá, árbol de bellas flores… Cuando los españoles comenzaron a poblar Corrientes, trayendo consigo a sus familias, vino a habitar este suelo un caballero que traía consigo a su hija. Una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera. Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuitas cumplían su misión evangelizadora y civilizadora, enseñando también a cultivar la tierra a los guaraníes. Entre los jóvenes de esa reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.
    Una tarde en que Pilar -la joven española- salió a caminar en compañía de una doncella que la servía, vio a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos. El encuentro fue fugaz. Tan sólo intercambiaron una mirada. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbustos. El indio buscó la forma de que el jesuita le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven.
    Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del joven aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo.
    No pasó mucho tiempo y un día Pilar y Mbareté se encontraron. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente.
    Mbareté pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle. Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba el catecismo. El joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron.
    Entonces, Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español -balbuceante, al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido.
    Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.
    A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.
    Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río. Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo.
    El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre. Al ver esto, Mba-reté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
    El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción. Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza.
    Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún rastro de la sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa.
    El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.