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  • «Médicos y pacientes merecemos una medicina de calidad»

    3/12/2019
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    Cuando a finales del siglo XIX la fiebre amarilla se cobraba miles de vida en la región del Caribe, el médico epidemiólogo cubano Dr. Carlos Juan Finlay Barrés propuso su estudio en 1881, en el que identificaba al mosquito Aedes como transmisor de la enfermedad. Fue en en la V Conferencia Sanitaria Internacional celebrada en Washington aquel año, cuando Finlay presentó su teoría metaxénica del contagio de enfermedades o del vector biológico para explicar la transmisión de la fiebre amarilla. Pero no fue sino 20 años después, cuando la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla realizó su comprobación y aplicación de la prueba de campo.
    Recién en 1953, en el marco del Congreso Panamericano que se celebró en 1953 en Dallas, Texas, en homenaje a Finlay, la Federación Médica Argentina, propuso a través del profesor Remo Bergoglio, el 3 de Diciembre como el Día del Médico.
    La medicina no es sólo una profesión, es por sobre todas las cosas una vocación de servicio, de entrega, de amor y dedicación al prójimo. Así, lo entiende la Dra. María del Carmen Felice, quien junto a su hijo, Dr. Jorge Iglesias –ambos oftalmólogos-, no solo comparten consultorios en calle Alsina 816, sino que también coinciden en su mirada y su pasión por la medicina.
    Una definición ontológica del Ser médico para María del Carmen es querer sanar, curar, pero no solo físico, “sino escuchar al paciente y darle contención a la parte espiritual. De eso se trata, no solamente tratamos la parte física, sino que tratamos al individuo como un todo. Un paciente que entra y es atendido de forma fría, no sale igual que si se lo recibe como un ser humano completo, se lo escucha y se le da ánimo para realizar su tratamiento. Eso me gusta de la medicina, que puedo ayudar desde todo punto de vista”.
    Si revisar los recuerdos fuera como abrir un álbum de fotos, seguramente en las primeras páginas aparecería una imagen de una pequeña María del Carmen junto a su abuela; esto es porque su figura, sin dudas, fue la que talló y moldeó la vocación que hoy ejerce con orgullo.
    “Mi abuelita hizo hasta segundo grado y vivía en el campo, al lado del Cementerio, porque mi bisabuelo era el encargado. Una vez se compró un libro de enfermería y a través de ese libro estudió y estudió, y hasta atendía los partos. Ella fue una imagen muy importante en mi vida y se ve que me transmitió esa vocación. Cuando le dije que iba a estudiar medicina, fue al cementerio, pidió uno de esos cadáveres NN, trajo todo el esqueleto, lo lavó, lo pintó y me dijo: ‘Acá temes esto para estudiar, y con eso estudió también mi hijo’”, cuenta la médica.
    Tomar la decisión y dar el salto no fue sencillo, dado que los ingresos en las Universidad de Buenos Aires se rendían a mitad de año y perder ese tiempo, sencillamente no era una opción. Por esa razón, María del Carmen averiguó que en la Universidad Nacional de La Plata se realizaban cursos de ingreso en verano. Hasta allí viajó y convirtió a la ciudad de las diagonales en su segundo hogar. Corría el año 1972, y los años posteriores serían tortuosos en esa ciudad, en plena efervescencia de movimientos juveniles, artísticos y estudiantiles.
    Transmisión de vocación
    El Dr. Jorge Iglesias admite que su madre y mentora en la profesión, jamás ejerció ningún tipo de presión para que él siguiera medicina. Pero con la misma fluidez del agua que siempre encuentra su camino, aquel joven que veía a su madre médica vestida de ambo, egresó del bachillerato en Economía y Gestión y decidió seguir el mismo camino; tal es así, que a ambos les tocó realizar la residencia en el Hospital Rivadavia, con 30 años de diferencia. “En su momento me gustaba más la investigación, quería hacer otra cosa, tenía una idea de una medicina distinta. Yo quería dedicarme a eso y no tanto a la atención de pacientes, pero cuando empecé a estudiar, a relacionarme, a ver las distintas especialidades, me empezó a gustar el trato a las personas, y hoy en día, viendo para atrás, no me imagino haciendo otra cosa. Cada paciente es un desafío, porque viene al consultorio en un estado muy vulnerable, porque a veces pone en manos de una persona que ni conoce el sentirse bien, mal, el estar mejor con un tratamiento”.
    Las perspectivas que se producen en el choque generacional son interesantes, a la vez que desafiantes: Cuando María del Carmen comenzó a ejercer, la figura del médico era de gran prestigio y relevancia, y lo que decía, de alguna manera, era palabra mayor. Por su parte, Jorge remarca que en la actualidad existe la necesidad de reinventarse “porque viene gente con información de afuera; a veces acertada, o a veces no, y el desafío de poder explicarle que es lo que tiene, cuales son las opciones de tratamiento, que es lo mejor que puede hacer”. En este sentido, la medica opina que “la medicina cambió en eso para bien, porque el paciente puede opinar y uno está para resolver eso”.
    Aunque ambos desarrollaron sus carreras en ámbitos académicos distintos (Jorge estudió en la Universidad del Salvador), coinciden en que la formación del médico no es un estado acabado, definido, estático, sino que por el contrario requiere de una constante actualización, preparación, sacrificio y mucha inversión de tiempo.
    “Si vos te quedas, no servís. Todo cambia, inclusive los criterios médicos y el trato de distintas enfermedades. Hay que estar actualizado siempre”, define María del Carmen.

    Los doctores Jorge Iglesias y María del Carmen Felice.

    Actualidad de la salud pública

    En un análisis de la actualidad de la medicina en el país, Jorge hace referencia a la situación de los médicos residentes y concurrentes, en el marco de la aprobación en la Legislatura Porteña de la ley que regula su actividad: “Lo que está pasando es un horror. Cuando uno entra y se da cuenta de las cosas, ve que el residente es la pieza fundamental de todo. Mucha gente tiene familia y cosas que mantener y se les complica hacer una jornada de horario intensivo, exponerse a las guardias, hacer una atención, que muchos casos es precarizada porque no se tienen los instrumentos, y no considerarlos trabajadores de la salud es una locura, porque uno pone todo ahí”.
    En este sentido, agrega: “Pasan los gobiernos, y la salud es algo que siempre se ha dejado de lado, debe ser porque la salud es algo que no se le presta atención hasta que se la necesita”.
    Aun así, los médicos admiten que a través de encuentros con profesionales extranjeros que se producen en congresos y conferencias, “siempre se maravillan con la capacidad de improvisación que tiene el médico argentino, por eso son tan bienvenidos en el mundo, porque tenemos esa viveza que nos da la precarización”.
    En los recuerdos de María del Carmen, resulta ineludible realizar un paso por aquellos años del Hospital Rivadavia: “Fue extraordinario, yo estaba embarazada, venia gente que se atendía y después volvía corriendo y me traía un kilo de helado y hasta el ajuar. Ese cariño que daba la gente del hospital fue lo mejor de mi vida. Era maravillosamente solidaria”. Por su parte, a Jorge el hospital público también le dio el amor, pues allí conoció a su esposa, mientras él se desempeñaba como jefe de residentes y ella realizaba su residencia.
    Entre sus deseos para el futuro de la profesión, María del Carmen sostiene: “Ojalá que la medicina pueda seguir asistiendo a la gente concretamente, que no choquemos con los problemas económicos para poder dar el servicio y que el médico se siga formando en todo sentido, tanto científicamente como en la comprensión de que lo que está frente a nosotros es un ser humano. Los médicos y los pacientes nos merecemos una medicina de calidad”.

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