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  • «Los minutos eran horas, las horas eran días»

    31/1/2020
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    Pablo Ventura está durmiendo en su habitación, son casi las cinco de la tarde y aún descansa desde la madrugada anterior. José Ventura -su padre- entra al cuarto, lo despierta y le pide que salga hasta la vereda. Una brigada de la DDI Zárate Campana acaba de llegar en dos automóviles. Tenían la orden de tirar la puerta abajo, pero antes decidieron probar una vez aplaudiendo sus manos. La vista no se le acostumbra al sol y el muchacho no entiende bien por qué los efectivos preguntan por él. Los policías se identifican, le piden el celular y le dicen que los va a tener que acompañar.
    El joven de 21 años mide casi dos metros; hoy es una persona tranquila y habla pausado, pero no siempre fue así. Cuentan que cuando aún era un niño era bastante inquieto y activo, por eso sus padres lo incentivaron a practicar algún deporte, depositando en eso las esperanzas de que calme su ritmo. Y funcionó.
    Ventura padre, un trabajador de 35 años de experiencia en Cooperativa Eléctrica también tuvo alguna incursión deportiva. Probó suerte con el básquet, el deporte que practicó durante casi doce años. Como si fuera un legado le presentó esa disciplina a su hijo: la altura y su contextura física le favorecerían en su desempeño.
    Pero a los 14 años, Pablo torció el rumbo. Con firmeza en su carácter le dijo que ese deporte no era para él, que lo había aburrido y que sería remero. Al año siguiente, ya formaba parte del equipo oficial del Club Náutico Zárate, una institución insignia a nivel nacional en la disciplina. Los entrenamientos exigentes comenzaron a ser parte de su rutina, que alternaba con los estudios en el Colegio San Pablo. Quizá, el joven haya encontrado en esa actividad el equilibrio que ofrece la fuerza de una correntada y la templanza de un remanso para soportar sus días en cautiverio. En 2017 y 2018, Pablo se coronó subcampeón argentino de Remo; recorrió el país junto a su familia donde encontró la contención y el apoyo necesario.
    “Es un pibe muy fuerte, tiene mucho que ver el deporte, es tremendo el entrenamiento que tienen y eso le sirvió para estar fuerte de cabeza”, dice José mientras derrama sus palabras de orgullo sobre la mesa de su casa. Lo mira de costado, y todavía no puede creer la entereza del joven para atravesar el proceso que ya está un poco más cerca de terminar; dice que él hubiera llorado diez días, mientras que su hijo da vuelta la página y piensa en retomar sus estudios, el entrenamiento y la cotidianeidad con sus amigos.
    Ya es de noche y Pablo se encuentra rodeado de policías. Lleva las manos juntas sobre sus piernas en la parte trasera del automóvil policial que se abre paso por la Ruta 9. Cree que su padre lo acompaña detrás, pero no es así. Luego de estar casi cuatro horas en la sede de Campana de la DDI, por orden del fiscal Walter Mercuri, uno de los principales acusados del homicidio de Fernando Báez Sosa es trasladado a la localidad costera de Villa Gesell. Ni Pablo ni los efectivos, saben que hace varios kilómetros dejaron atrás a José, que hizo un terrible trompo con su Peugeot 408 a la altura del McDonald’s de Campana, luego de que una varilla se incrustara en su neumático delantero. El hombre tuvo que volver a la zona urbana, reponer la rueda y retomar el camino. No tenía idea hacia donde llevaban a su hijo, mucho menos el calvario que se avecinaba como una tormenta en el horizonte.
    La vida dedicada al deporte y el estudio
    Hasta que su cara apareció en todos los diarios, noticiosos, revistas y portales del país, podríamos decir que el remero llevaba una vida ordenada.
    A las cinco de la mañana suena su despertador, toma el desayuno y recorre algunos metros hasta la parada del Chevallier que lo dejará en el barrio de Belgrano, en Capital Federal. Camina algunas cuadras hasta la Universidad de Belgrano, donde cursa todos los días la carrera de Farmacia, siguiendo los pasos de su mamá, Marisa. “Cuesta, pero lo llevo bastante bien. Siempre me interesó y decidí probar”, dice el joven.
    Cerca de las 15 horas regresa a Zárate, almuerza y desde las 16 hasta las 20 horas, entrena en el club de avenida Rivadavia y el rio. Los minutos que le quedan de energía, los empeña en pasar momentos con su familia y estudiar.
    Uno de esos momentos familiares fue la cena en La Querencia durante la noche del viernes 17; la cámara de seguridad del establecimiento gastronómico es testigo de que Pablo camina y elige una mesa. Algunos minutos pasan de las nueve de la noche y su padres caminan detrás; intercambian lugares y se sienta a esperar un plato de milanesas con puré que seguro extrañaría los días siguientes.
    Esa misma noche condujo el Peugeot 208 blanco hasta su casa, se despidió de sus padres y siguió hasta la casa de un amigo, que lo esperaba junto a otras dos amigas. Además de esas tres personas, también lo vio la madre de su amigo, y más tarde lo vería una vecina de su calle mientras él estacionaba el automóvil en el garage. Luego se iría a descansar, y casi doce horas más tarde sería despertado por un operativo policial. “Pensaba que tenía que ir a testificar, nunca imaginé que me iban a decir que me tenían que trasladar a Gesell porque el fiscal lo ordenó. Ahí empezó la pesadilla”, señala Pablo.
    El muchacho cuenta que la DDI de Villa Gesell se parece a una escuela; allí estuvo alojado por casi cinco días en una habitación donde había una mesa, una cama y dos efectivos que lo custodiaban todo el tiempo. Solo pudo salir de ahí, cuando la fiscal Dra. Verónica Zamboni lo convocó para prestar declaración y para que brinde la clave de su celular. A esas dos cosas accedió sin problema. No tenía miedo. “Estaba seguro porque siempre supe que no había estado en Gesell”, cuenta el joven que a pesar del buen trato que recibió, se vio sumergido en una montaña rusa de emociones durante su estadía en la que experimentó bronca, tristeza, desconcierto, angustia y ansiedad. Un claustro extremo que pone a prueba la resistencia humana, como si fuera un relato kafkiano, donde uno nunca termina de entender porqué, para qué y hasta cuándo estará allí. Y en esa sombría estadía, donde no se puede hacer otra cosa que pensar, es cuando la mente libera los monstruos de la soledad, el encierro y la incomunicación. Mientras tanto, José Ventura pasó casi diez horas en su automóvil buscando a su hijo; recorrió dependencias de Villa Gesell, Madariaga, Dolores y a la inversa hasta que alguien le dio la indicación correcta. Por fin respiró.
    Pablo nunca había pasado por algo similar: “Los minutos eran horas, las horas eran días. El tiempo no pasaba mas, era el momento más feo que había pasado en mi vida. Por un lado estaba tranquilo, pero por otro lado era difícil porque estaba con esposas y aunque no parezca, es feo verte así, rodeado de policías y que todo el mundo te mire con cara de que hiciste algo”.

    Marisa, Pablo y José María Ventura recibieron a LA VOZ.

    La liberación

    Las esposas ya no aprietan las manos del joven y puede abrazar a su papá; cruza el umbral de la última puerta de la DDI y queda ciego por los flashes ¿Qué pasa? ¿Por qué hay tanta gente? ¿Por qué gritan mi nombre? Habrán sido algunas de las preguntas que cruzaron como un flashback por su mente. “Levantá la cabeza, hijo”, le dice el padre para que muestre su cara, porque él no hizo nada y no tiene nada que ver. El joven entra raudamente al automóvil. Se quiebra.
    Los días de encierro no le permitieron saber la repercusión nacional del caso en el que diez rugbiers fueron acusados de asesinar a otro muchacho. Uno de esos acusados, había nombrado a Pablo durante su detención.
    “Lo que más me impresionó fue la magnitud del caso, cuando fui liberado me di cuenta que estaban las cámaras y eso me shockeó”, cuenta el remero a este medio durante la entrevista. También le impresionó buscar su nombre en internet y ver su cara junto a palabras como “homicidio” o “asesino”; aun sin poder creerlo, José nos acerca la tapa de un diario de tirada nacional, que inmortaliza el abrazo de su Pablo y su madre.
    “Cuando me liberan, me sacaron las esposas y fue muy reconfortante. Fue una alegría total, a mi papá no lo veía hace cinco días”, relata el joven, y agrega: “El encuentro con mi mamá fue hermoso; después de diez días que volver a unirme a mi mama como fue siempre. Tengo una relación muy cercana a ellos. Representan todo para mí y siempre me apoyaron como mis amigos cercanos, que siempre supieron que la verdad estaba de mi lado”.
    La fachada de la casa de los Ventura ya tiene otro paisaje. Atrás quedaron las interminables guardias periodísticas que acechaban con sus cámaras la puerta principal, los móviles con grandes antenas y el alboroto del barrio de clase media y predominancia de casas bajas.
    Durante los días posteriores a su liberación, Pablo y José permanecieron en la localidad costera para colaborar con la investigación. “No tuve tiempo ni de pensar en si tenía miedo. Allá sentimos el cariño de la gente, bajamos a tomar un café y venía la gente, que lloraba y lo aplaudía o le regalaba alfajores. Vino una chica el anteúltimo día, y me dice ‘usted sabe que tuve un papá que fue muy golpeador, y me encantaría que usted fuera mi papa’”, cuenta con emoción José y marca el contraste de los primeros días, donde recibía mensajes amenazantes y acusatorios.
    “Lo que aprendí con esto es a no juzgar a alguien sin saber lo que realmente pasó. Muchas veces vemos algo en la tele y ya formamos una opinión sin esperar a que se sepa la verdad para opinar”, reflexiona Pablo y cuenta que a pesar de lo ocurrido, no deja que la angustia empañe sus metas. Quiere volver a divertirse con sus amigos, recibirse y construir su propia casa. “Por un lado voy a ser el mismo de siempre y seguir una vida normal como la de antes, aunque por ahí tenga cosas distintas. Me gustaría que me vieran como soy realmente, creo que soy buen pibe”.

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