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  • Belgrano en el ocaso de su vida: Años de escasez, guerra y desilusión por las luchas civiles

    20/6/2020

    Tras la declaración de la independencia en Tucumán, Manuel Belgrano quedó nuevamente a cargo del Ejército del Norte, acantonado en esa ciudad. Vivió en una modesta casa cercana al cuartel y desde allí compartió la escasez con sus tropas.
    El único refugio de consuelo que tuvo por aquellos días fueron los amoríos con Dolores Helguero, una joven tucumana con quien, aunque no formalizó la relación, tendría una hija, Manuela Mónica. Todo lo demás eran privaciones y, sobre todo, desvelos por la suerte de una guerra de final incierto.
    En ese año, José de San Martín preparaba el Ejército de los Andes en Mendoza para emprender la guerra de la independencia sudamericana mientras que Martín Miguel de Güemes defendía, como podía, las sucesivas invasiones de las milicias españolas que bajaban desde el Alto Perú. Las cartas que se cursaban entre sí son un testimonio vívido de ese momento crucial de la suerte de la causa independentista en momentos trágicos de avance realista. Chile se había perdido para la causa revolucionaria y desde el corazón del Virreinato del Perú las avanzadas de reconquista eran cada vez más angustiante.
    Pero no solo el peligro exterior, ponía en jaque el proyecto independentista. Lo que más afligía a los jefes era el conflicto interior, las “grietas” de facciones contrarias que distraían esfuerzos y restaban prioridad al objetivo supremo: vencer al verdadero enemigo. Igual que San Martín, Belgrano repudiaba “el enfrentamiento entre paisanos” como el que llevaban adelante los gobiernos porteños y los caudillos del litoral.
    Cumpliendo órdenes, del Directorio porteño, Belgrano debió involucrar a su ejército en la represión de las incursiones de las montoneras, desguarneciendo peligrosamente el Norte custodiado por Güemes y los suyos.
    Para entonces, el creador de nuestra Bandera, sufría esas enfermedades acumuladas a lo largo de su vida, de esta manera, a los males derivados de la falta de asistencia a sus tropas se le sumó su precario estado de salud.
    En 1819. Manuel Belgrano regresó a Tucumán, tras librar esa guerra inútil en las provincias de Córdoba y Santa Fe y sufrir penurias de toda clase. La única buena noticia que recibió fue el nacimiento de su hija Manuela Mónica, todas las demás fueron malas; la peor, el injurioso arresto que sufrió por parte de oficiales envueltos en una asonada contra el gobernador tucumano.
    Fue lo que lo decidió a regresar a Buenos Aires, su ciudad natal, a comienzos de 1820.
    Presentía que era ya su fin y decidió esperar aquí la muerte.
    El viaje por esos caminos de tierra fue penoso. Lo acompañaron sus edecanes y su médico personal, Joseph Redhead. Llegó a fines del otoño porteño y se alojó en la casa paterna, en la hoy avenida Belgrano, próxima la Iglesia y Convento de Santo Domingo, asistido por su hermana Juana y sus hermanos Domingo, Miguel y Joaquín.
    Así pasó sus los últimos días sumido en la soledad y la pobreza, pese a que se le adeudaban sueldos y viendo cómo muy pocos se acordaban de él. De Manuel Belgrano, quien fue uno de los más lúcidos revolucionarios, un intelectual graduado en la Universidad de Salamanca como abogado pero formado fuera de ella como economista de la corriente liberal fisiocrática que aspiraba a desarrollar la agricultura, el comercio, la navegación, la educación, como lo puso en práctica desde la Secretaría del Consulado de Buenos Aires. Defendió la ciudad de la invasión inglesa formando parte del regimiento de Patricios, fue vocal de la Primera Junta y editor del periódico Correo de Comercio, general de mil batallas ganadas y perdidas y el creador de nuestra Bandera este símbolo nacional de soberanía que nos lo recuerda orgullosos cada vez que la vemos flamear.
    Murió el 20 de junio de 1820. Tenía 50 años. No hubo recursos ni siquiera para un sepelio digno, al punto que hubo que improvisar una lápida con la tapa de mármol de un mueble de la casa para tallar en ella: “Aquí yace el general Belgrano”.
    Pero generaciones siguientes de argentinos supieron rescatarlo de aquel olvido y cuando la Nación constituida escribió su Historia, ocupó y ocupa un primer plano junto a San Martín siendo en nuestra cultura nacional los dos próceres indiscutidos en el nacimiento de la Patria.

    LA DESUNION DE LOS PUEBLOS ES LA CAUSA DE SU RUINA

    Manuel Belgrano murió en junio de 1820, en un momento de plena anarquía en el país donde unitarios y federales se enfrentaban en guerras civiles, alejándose de aquella unión para consolidar la independencia recién proclamada. Sin duda, un momento de tristeza para quien ya, en 1810 y desde las páginas del Correo de Comercio, el periódico por el fundado en marzo de ese año veía en la desunión de los pueblos las causas de la destrucción y en la unión la conservación y engrandecimiento de las naciones. Así escribía:
    “Procurando indagar en la historia de los pueblos las causas de la extinción de su existencia política, habiendo conseguido muchos de ellos un renombre que ha llegado hasta nuestros días, en vano hemos buscado en la falta de religión, en sus malas instituciones y leyes, en el abuso de autoridad de sus gobernantes, en la corrupción de costumbres y demás.
    Después de un maduro examen y de la reflexión más detenida, hemos venido a inferir que cada uno de aquellos motivos y todos juntos no han sido más que causas, o mejor diremos, los antecedentes que han producido la única, la principal, en una palabra, la desunión.
    Esta sola voz es capaz de traer a la imaginación los más horribles desastres que con ella pueda sufrir una sociedad, sea cual fuere el gobierno que la dirija: basta la desunión para originar guerras civiles, para dar entrada al enemigo por débil que sea, para arruinar el imperio más floreciente.
    Por el contrario la unión ha sostenido a las naciones contra los ataques más bien meditados del poder, y las ha elevado al grado de mayor engrandecimiento, hallando por su medio cuantos recursos han necesitado en todas las circunstancias o para sobrellevar sus infortunios, o para aprovecharse de las ventajas que el orden de los acontecimientos les ha presentado.
    Ella es la única capaz de sacar a las naciones del estado de opresión en que las ponen sus enemigos, de volverlas a su esplendor y de contenerlas en las orillas del precipicio: infinitos ejemplos nos presenta la historia en comprobación de esto; y así es que los políticos sabios de todas las naciones, siempre han aconsejado a las suyas que sea perpetua la unión, y que exista, del mismo modo, el afecto fraternal entre todos los ciudadanos.
    Por lo tanto es la joya más preciosa que tienen las naciones”.

    Educación de las mujeres: Preocupado por la educación
    de ambos sexos, una idea revolucionaria en su época

    “Uno de los objetos de la política es formar las buenas costumbres en el Estado… ¿Pero cómo formar las buenas costumbres y generalizarlas con uniformidad? ¡Qué pronto hallaríamos la contestación si la enseñanza de ambos sexos estuviera en el pie debido! Mas por desgracia el sexo que principalmente debe estar dedicado a sembrar las primeras semillas lo tenemos condenado al imperio de las bagatelas y de la ignorancia. El otro adormecido deja correr el torrente de la edad y abandona a las circunstancias un cargo tan importante.
    Todos estamos convencidos de estas verdades. Ellas nos son sumamente dolorosas…
    La naturaleza nos anuncia una mujer; muy pronto va a ser madre y presentarnos conciudadanos en quienes debe inspirar las primeras ideas; ¿y qué ha de enseñarles si a ella nada le han enseñado? ¿Cómo ha de desarrollar virtudes morales y sociales, las cuales son las costumbres que están situadas en el fondo de los corazones de sus hijos? ¿Quién le ha dicho que esas virtudes son la justicia, la verdad, la buena fe, la decencia, el espíritu, y que estas cualidades son tan necesarias al hombre como la razón de que proceden? Ruboricémonos, pero digámoslo: nadie; y es tiempo ya de que se arbitren los medios de desviar un tan grave daño si se quiere que las buenas costumbres sean generales y uniformes”. Fuente: art. del periódico
    Correo de Comercio, 21 de julio de 1810

    A 200 años, de su muerte recordamos hoy a Belgrano.