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  • Francisco Javier Muñiz: La abnegación de un sabio

    8/4/2021

    Por Sergio Daniel Robles.

    Durante mucho tiempo la historia humana fue mirada casi de modo excluyente desde la óptica de los sucesos políticos. Con la renovación historiográfica se incorporaron nuevas variables, como las sociales y económicas y, desde allí, se amplió su universo a una historia totalizadora. Un aspecto que merecería una renovada atención en el contexto de la pandemia mundial, es el análisis de las numerosas epidemias que atravesaron la historia humana y sus consecuencias demográficas, sociales, económicas y culturales.
    Naturalmente, estas consideraciones exceden los límites del presente artículo y el propósito es mucho más modesto pero igualmente significativo: recordar al hombre de ciencia, al médico abnegado llamado Francisco Javier Muñiz, quien como consecuencia de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires, moría el 8 de abril de 1871, víctima de la enfermedad que contrajo luego de atender a un joven afectado por el mal.
    Su trayectoria de vida muestra su ejemplaridad. Muñiz nació en Monte Grande el 21 de diciembre de 1795. A los once años ingresó como cadete del regimiento de andaluces, teniendo su bautismo de fuego poco tiempo después, en ocasión de la segunda invasión inglesa, en 1807. Pese a su corta edad (tenía doce años) estuvo en la primera línea en los Corrales de Miserere y fue herido en una pierna por una bala de fusil.
    Siendo aún muy joven, mostró su espíritu polifacético. Incursionó en la literatura y en 1812 participó en la fundación de la segunda Sociedad Patriótica Literaria. Sin embargo, en 1814 ingresó al Instituto Médico Militar, institución creada para formar cirujanos para el ejército, en tiempos de las guerras de la independencia. Al tiempo que transitaba sus estudios, el Directorio le encargó, en 1818, un relevamiento del bajo delta, elaborando un informe que se ha perdido. Sin embargo, ha quedado un registro de aquel recorrido, en el escrito que hiciera Muñiz bajo el título Noticias sobre las islas del Delta.
    En 1821, al crearse la Universidad de Buenos Aires, con su departamento de Medicina se decidió el cierre del Instituto Médico, motivo por el cual, nuestro personaje tuvo que rendir sus últimos exámenes en la nueva universidad para graduarse como médico en 1822.
    Se desempeñó como cirujano del cantón de la Guardia (fortín) de Chascomús, participando de las expediciones militares al desierto que aprovechó para tomar nota de aspectos etnográficos de los aborígenes, sus usos y costumbres. A orillas de la laguna de Chascomús descubrió los primeros restos fósiles hallados y reconocidos como tales en nuestro país. En 1826, con el grado de teniente coronel médico cirujano, integró las fuerzas que bajo el mando del general Alvear marcharon a la guerra contra el imperio del Brasil. Al contraer matrimonio, se trasladó al pueblo de Luján, siendo nombrado médico de policía. Allí permaneció durante veinte años, descubriendo el virus de cow-pox (viruela bovina) en una vaca de Luján, obteniendo de sus pústulas, material que utilizaría para vacunar con éxito en Buenos Aires, como ya lo había realizado Jenner, décadas antes en Inglaterra. Por sus estudios y prueba contra la viruela la Real Sociedad Jenneriana de Londres lo nombró miembro honorario. Tiempo después, en 1845 publicó Descripción y curación de la fiebre escarlatina, primera publicación de medicina pediátrica en el país. Durante su larga permanencia en Luján realizó, además, trabajos paleontológicos de interés, como el descubrimiento del fósil del tigre diente de sable sudamericano, por él descripto en 1845. Esta actividad paleontológica le valió iniciar una amistad epistolar con Carlos Darwin.
    En 1852, durante la batalla de Caseros, donde se enfrentaron las fuerzas de Rosas con las de Urquiza, organizó la provisión de materiales médicos para la asistencia de los heridos. Años después, ya en la madurez de su vida, decidió transitar los caminos de la política siendo convencional constituyente en 1861, senador provincial, diputado nacional y nuevamente, senador.
    Contando con setenta años de edad ofreció sus servicios como médico durante la guerra del Paraguay. Durante aquellos años la epidemia de cólera asoló Buenos Aires y varios puntos del país, entre ellos, el pueblo de Zárate. Entre las víctimas ilustres de la epidemia se halló el vicepresidente de la República Marcos Paz, por entonces, a cargo del Poder Ejecutivo Nacional.
    Finalizada la guerra, una nueva epidemia apareció en Buenos Aires a principios de 1871. Se trató, en este caso, de la fiebre amarilla (transmitida por el mosquito Aedes aegypty) con consecuencias devastadoras, ya que la ciudad que contaba con unos 180.000 habitantes, tuvo alrededor de 15000 fallecidos, es decir, un ocho por ciento del total de su población. En aquellas circunstancias dramáticas y a pesar de su avanzada edad, (tenía setenta y cinco años de edad y según los parámetros de la época era considerado un anciano) Muñiz, no abandonó su vocación de servicio; asistió en su quinta de Luján a un joven enfermo de una familia amiga. Contrajo la enfermedad y terminó falleciendo el 8 de abril de 1871.
    Las consecuencias de estas epidemias devastadoras llevaron a que las autoridades implementaran un plan de mejoras en los sistemas de saneamiento y la implementación de aguas corrientes en la ciudad de Buenos Aires.
    Desde 1904 el Hospital de Enfermedades Infecciosas de la ciudad de Buenos Aires lleva su nombre. En nuestra ciudad, los hijos del Dr. Muñiz obsequiaron a Sarmiento un terreno de su propiedad (hoy Escuela N° 10) en gratitud a la biografía que el sanjuanino escribió sobre el abnegado hombre de ciencia.
    La trayectoria de Muñiz merecería ser recordada en nuestra comunidad dándole su nombre a alguna calle de las que hoy permanecen innominadas.

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