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  • El taller de frenos “Frenolín” cumplió 50 años

    18/6/2016

    Desde el año 1966 que la familia Del Barba viene trabajando incansablemente en el taller “Frenolin”, de Villa Fox. Hoy es prácticamente una referencia de calidad y trabajo y asume, con orgullo, el seudónimo que le pusieron luego de 50 años, “la boutique del freno”.
    “Comenzamos hace ya cincuenta años en un local de Justa Lima 1830, mi papá tenía un garaje y un torno y después instalamos el negocio con mi marido. Mi marido Alfredo trabajaba en Callegari y junto a otros tres socios decidieron, en una época mala de la fábrica, instalar algo por afuera en caso de que quedaran desempleados o que la situación de la empresa no mejorara. Solamente mi marido era quien trabajaba en el taller y pudimos, desde el primer momento, hacer el trabajo de cambio de frenos y la venta de repuestos”, recuerda con LA VOZ Gladys Vilma Zabala, viuda de Alfredo Del Barba, más conocido como “Cholo”, el propietario y uno de los mentores de “Frenolin”. Precisamente lo apodaban “Cholo” o “Cholin”, y de allí que decidieron asociar el apodo al taller. “Luego vinimos acá, a la calle Arribeños, donde estamos actualmente. En el año 68 se adquiere el actual terreno cuando era toda la calle un baldío. Se levantó el techo, las paredes, se construyó la fosa pero no pudimos mudarnos inmediatamente porque no teníamos portón y no contábamos con plata para comprarlo”, agregó Gladys

    1969: El año de inflexión para la familia
    “Mi marido y yo no arrancamos solos en el negocio, éramos cuatro socios. Y en el año 69 uno de los socios decide irse, entonces decidimos comprarle su parte y la del resto. Recuerdo que enero de ese año mi marido sale de vacaciones de Callegari pero toma la decisión de no regresar a su trabajo y concentrar todas sus energías y su tiempo en el taller. También en ese año quedó embarazada de María, así que fue un año revolucionado para nosotros”, comentó Gladys, entre risas. “Me acuerdo que en el taller yo trabajaba a la par de ellos, me ponía un guardapolvo y con un martillo y un punzón sacaba la cinta de los patines de freno, se lavaban y cuando estaban secos los remachaba con la cinta nueva. Se trabajó mucho, llegamos a abrir los sábados todo el día y los domingos al mediodía. Hacíamos los frenos de camiones y colectivos. Bueno, hoy solamente rectificamos las campanas pero desarmar y armar ya no. Los repuestos los tuvimos en un altillo pero después los trasladamos al frente del taller. También en esos años Carlos Wintecker y otro chico de apellido Arratibel trabajan con mi marido como aprendices. Ellos iban a la escuela por la mañana y a la tarde ayudaban aquí”, destacó Gladys.
    Su hija María tiene tres hijos varones, el más grande estudia Ingeniería Mecánica pero no seguirá con el negocio familiar debido a que tiene otras aspiraciones. Precisamente María, la hija de Alfredo y Gladys, recordó la historia más reciente del taller; “en el año 89 me pongo de novia con mi marido, Juan Carlos Brunetti, y en noviembre de ese año él comienza a trabajar acá. Cuando se jubila mi papá Alfredo, le dona el taller a él y los repuestos a mí para continuar con el emprendimiento familiar. Recuerdo también que nos decían la boutique del freno, en un momento nos decían que éramos careros pero nosotros siempre pusimos repuestos originales y nunca tuvimos reclamos. Abrimos un coche y le hacemos lo que tenemos que hacerle. Por eso estamos muy orgullosos de todo lo trabajado”, comentó María Del Barba.
    El “Cholo”, como lo apodaban los amigos, murió hace nueve meses a la edad de 81 años. Hoy hijos y nietos de clientes siguen llevando sus coches a “Frenolin”, manteniendo el legado que dejó Alfredo, no solamente la garantía de un trabajo bien hecho sino también de la calidez en la atención. Es por eso que muchos clientes se transformaron, con el correr del tiempo, en amigos. “Agradecemos a todos los clientes, le damos gracias a Dios por la clientela y por los muchísimos amigos que nos dejó a través de este negocio. Trabajamos mucho, fuimos muy felices y formamos una familia. Más no podemos pedir”, concluyó Gladys, que a sus jóvenes 77 años mira el taller y suspira, sin poder evitar que los recuerdos la invadan y le arranquen una sonrisa de satisfacción y gratitud.

    Carlos Wintecker (a los 13 años), Alfredo Del Barba y un joven de apellido Arratibel, de San Jacinto.

    Carlos Wintecker (a los 13 años), Alfredo Del Barba y un joven de apellido Arratibel, de San Jacinto.