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  • El derrocamiento del Presidente Arturo Illia

    28/6/2016

    En la madrugada del 28 de junio de 1966 el presidente constitucional Arturo Humberto Illia increpó a los militares que entraron a su despacho para desalojarlo del gobierno diciéndoles:- “Ustedes provocan la violencia, yo he predicado en todo el país la paz y la concordia entre los argentinos; he asegurado la libertad y ustedes no han querido hacerse eco de mi prédica”. Luego, rodeado de sus colaboradores, bajó por la escalera de la Casa de gobierno y se dirigió a la calle. Como no disponía de vehículo propio -lo había vendido durante la presidencia para afrontar gastos por la enfermedad de su esposa- tomó un taxi que lo llevó a la casa de su hermano en la localidad de Martínez. Nada había existido en su gobierno para recriminar o imputar.
    Sólo tres años antes, el 7 de julio de 1963 Illia asumía la presidencia con el 25% de los votos y la proscripción del peronismo. Sin embargo, una de sus primeras disposiciones que tomó consistió en eliminar las restricciones que pesaban sobre el peronismo y el Partido Comunista. De la misma manera, se levantaron las restricciones electorales; asimismo se sancionaron leyes penalizando la discriminación y violencia racial. Luego de tres años de gobierno, la Universidad gozaba de autonomía y alto crédito científico y la educación tenía un peso significativo en el Presupuesto nacional; se respetaban los derechos humanos y la pluralidad de ideas. Y, aunque la política económica no era brillante era de sentido común y comenzaba a mostrar sus buenos frutos (la evolución del Producto Bruto Interno pasó de -2,4% en 1963 a 9,1% en 1965; la deuda externa disminuyó de 3.400 millones de dólares a 2.600 millones; el salario real creció de diciembre de 1963 a diciembre de 1964 un 9,6% y la desocupación pasó de 8,8% en 1963 a 5,2% en 1966). Pero también no es menos cierto que aquella situación se desenvolvía en un contexto de creciente ebullición social y política (el Plan de lucha de la CGT, la aparición de la guerrilla guevarista en Salta, el crecimiento electoral del peronismo tras su triunfo en 1965 y el enojo de los militares con la política exterior)
    De todas maneras, la caída del gobierno estuvo precedida por una campaña sistemática de desprestigio contra el presidente y el propio sistema democrático. Ciertos sectores de la prensa escrita recurrieron a la imagen de “la tortuga” para caracterizar la gestión presidencial como lenta, carente de energía y timorata. Desde Primera Plana, el semanario fundado por Jacobo Timerman, el periodista Mariano Grondona alentaba el golpe. En el orden externo, y dentro del marco de la Guerra Fría, la política exterior de Estados Unidos alentaba la instauración de dictaduras en América Latina.
    El golpe de1966 se consumó ante la indiferencia de la ciudadanía y las complicidades de sectores políticos, empresariales y sindicales. Al día siguiente el teniente general Juan Carlos Onganía asumía como presidente de facto. Arrancaba en el país una nueva dictadura, reiterando el siniestro ciclo iniciado en 1930.
    Hasta aquí los hechos, la descripción de lo sucedido, la narración. Nos falta interpelar al pasado y a nosotros mismos, en un esfuerzo por comprender el pasado para explicar nuestro presente y hacia dónde vamos. Por ese motivo, estas líneas no pueden terminar sin antes preguntarnos ¿Cuáles pudieron haber sido los motivos para que una sociedad permaneciera indiferente y naturalizara una perturbación institucional tan brutal? La caída de Illia, hace cincuenta años, nos debe invitar a reflexionar no solamente sobre el papel que desempeñaron los distintos actores sociales en ese momento y en la traumática década de los 70 sino también sobre la responsabilidad que hoy les cabe en el pleno afianzamiento de un autentico sistema plural y republicano.
    Sergio Robles

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