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La isla se vistió de fiesta en la cantata “Soy Isla Soy Río”

El teatro del Recreo Blondeau fue el lugar del encuentro.

El Delta es paciente; espera con sus aguas mansas los invitados que llegan de continente. El espíritu del litoral se viste de anfitrión y abre, en la húmeda inmensidad, los brazos abrigados de historias, de identidad, de raíces.
Habían pasado algunos minutos de las 8.30 de la mañana, cuando la lancha de pasajeros Di Giuseppe partió del puerto de Campana. En el interior, un grupo de pasajeros compartía el mate mientras la embarcación abría el surco entre las aguas del canal Alem. Allí viajaban los músicos que ofrecerían, algunos minutos más tarde, su arte en la Cantata Isleña “Soy Isla Soy Río”, junto a los invitados que dejaron de lado sus rutinas en la ciudad, para escuchar la voz de la isla.
Mientras la lancha se deslizaba a paso lento, pequeñas olas se arrojaban valientes a morir en la costa; aves y animales costeros sobrevolaban el canal, mientras otros elegían mirar con curiosidad a los visitantes. Tras algunos minutos de viaje, el ruido de la ciudad quedó atrás y los oídos citadinos, de a poco, se acostumbraron al lenguaje del monte.
El recreo Blondeau –como no podía ser otro- fue el sitio escogido para la celebración. Allí, donde el canal Alem y el Río Carabelas se ven a los ojos y se funden en uno, el legendario salón perteneciente a Ismael Firpo cargaba niveles de ansiedad y satisfacción, porque en ese lugar, donde funcionó la primer escuela de este sector del Delta, se instalan y condensan todas las verdades del monte, de la isla y el río.
La lancha atraca y los pasajeros vuelven a pisar tierra. Sin una voz, sin un guía, el Delta y el monte hermanados empujan a contemplar el paisaje como una pulsión panteísta y susurran los misterios e historias que lograron atravesar el tiempo.
El teatro del recreo Blondeau está listo para el encuentro, o quizás, para el reencuentro con sus isleños; los mismos que de a poco vieron callar el murmullo que reverberaba en los pisos de madera, colocados a casi un metro del suelo. Llega una lancha, y luego otra: son los alumnos de la Escuela Primaria Básica Nro. 24 de Islas, junto a su directora Carolina Villafañe; los alumnos del Jardín Nro.905 y del Centro de Formación Profesional Nro. 402, junto a la directora Estela Guntine.
Cerca del mediodía, dentro del salón del recreo todo era silencio y expectativa. Hugo Correa, quien trabajó en la coordinación del evento junto a Matías Barutta y Fátima Álvarez, acomodó su guitarra sobre su pierna izquierda y lanzó el primer acorde que marcaría el día en que la genuina identidad del Delta volvía a cantar a viva voz.
“Sabíamos porqué teníamos que hacer esto acá: por la emoción” enunció Hugo Correa. Y así fue, saltando de poema en poema, de canción en canción, de relatos en narrativas, luego en imágenes y de vuelta al poema; el público comenzó a ver lo que quienes vivimos en las ciudades tenemos por costumbre y que el isleño tenía negado: nuestro reflejo en el arte.
“El foco de cómo uno entiende el arte es que pueda volver a donde salió o tal vez, a donde nunca se fue; es todo hacer esto. Es poder materializar cuando el arte increpa a la identidad cultural del isleño, que está tan vapuleada. Uno busca revalorizarla, generar estos eventos que convoquen, y reactivar un espacio donde confluyen cien años de historia del Delta desde Campana a San Fernando, Tigre y Entre Ríos. Es un punto de encuentro, el teatro es el espacio de reunión, que es lo que se perdió y que son los lazos comunales. Es la devolución más linda que podemos tener como artistas y como parte de esto”, reflexionó Matías Barutta.
El acompañamiento musical estuvo a cargo de Hugo Correa en guitarra, su nieto Nicolás Correa en percusión y Rosa García y Javier Marizaldi en las voces, quienes se encargaron de poner acordes y melodías a los escritos isleños. Los relatos y los poemas, fueron leídos y recitados por Matías Barutta (quien también desarrolló el material audiovisual) y Fátima Álvarez, que desplegó sobre las tablas todo su arsenal emotivo como un canto del litoral. En simultáneo con los aplausos que subían desde el público hacia el escenario, también se expresaban las lágrimas de los presentes al ver sus raíces hechas canciones y textos. Todo estaba hecho por la emoción, por poner en el cielo, en el rio, en los arboles y en la gente, un grito de expresión inmerso en el suelo, en el barro, en los ojos y en la piel de la isla.