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  • Más acá del río: El desafío impostergable de repoblar el Delta

    11/3/2017

    (Parte I – El Devenir Histórico)

    Durante la década del ’60, el sector insular de Campana albergaba un número cercano a las 2 mil personas, configurando el pico máximo en densidad poblacional. Hoy, la cifra es un amargo recuerdo de quienes aún resisten allí y que, con el paso de los años y los gobiernos, vieron al monte despojarse de todo el fulgor humano.
    “Este canal antes era un pueblo, había gente en cantidad…”, relata Don Melgar -habitante histórico del canal Alem- haciendo referencia a los años cincuenta, cuando él llegó a estas islas. Es que por estos días, el contraste es evidente y dispara certeros interrogantes ¿Por qué se fue la gente? ¿Por qué no vuelve?
    Un texto de Matías Barutta, que desde hace varios años recorre las venas abiertas del Delta campanense, repasa la historia del sector y pone el foco en el trabajo como eje y motor del desarrollo.
    “La actual población del Delta data de finales del siglo XIX, cuando numerosos inmigrantes, guiados por el proyecto “civilizador” esbozado por los ideólogos de la organización nacional de la época, fueron arribando a un paisaje tan rico como inhóspito, para avocarse primero a la fruticultura familiar y luego de lleno a la explotación forestal y ganadera. Cuerpos escapando de la guerra y del hambre. De la revolución industrial europea a la soledad del frío invierno del delta bonaerense, a su verano de mosquitos y a integrarse a la memoria del barro”, detalla.
    Según explica, la región se afianzó con una trayectoria cambiante a nivel productivo y demográfico, signada por su inevitable adaptación y la dependencia a los macro-procesos regionales y nacionales, en función del aprovechamiento de sus vastos recursos naturales.
    En esta línea, continúa: “Para mediados del siglo XX, el sector ya gozaba de un auge nunca visto. El aumento de la población fue de la mano del incremento de la cada vez más rentable producción frutícola, en un lugar donde todo lo producido se destinaba al mercado interno nacional. Esta bonanza no fue pasada por alto por un Estado que implantó la infraestructura básica en materia de educación y salud, creando escuelas primarias y unidades sanitarias. Para el traslado y abastecimiento de esos primeros pobladores y sus familias, fueron llegando los servicios de lanchas de pasajeros y de provisión, que recorrían incansablemente los canales”.
    Aun así, a pesar de las promesas que evidenciaba el sector insular, las crecientes y el desinteres y el olvido, fueron apoderándose poco a poco del territorio y “el crecimiento económico que la industrialización fue dando a la zona continental no acompañó al desarrollo del sector insular, y marcó una distancia cada vez mayor entre la pujante ciudad y su verde pulmón, cuya suerte y la de sus habitantes fue echada por la borda”.
    A este escenario, le siguieron la desinversión estatal y privada, la competencia de nuevos mercados, el avance de las rutas terrestres a nivel nacional y la ausencia de interés del gobierno en mantener un sector pujante y prometedor. Se fueron sumando las inclemencias climáticas, con intensas crecientes que golpearon de manera irreversible a los isleños, que fueron tomados por asalto por la desesperanza y la frustración, obligándolos a abandonar sus proyectos.
    “De esta manera una generación entera cerró la puerta y marchó a un exilio masivo hacia la ciudad. El delta fue prácticamente abandonado, se diluyó cualquier intención de retorno futuro, y retomó entonces ese primer origen de territorio marginal y de tránsito. Hoy la región se identifica como ‘núcleo forestal’, para abastecer primero a la industria celulósica-papelera nacional, con unidades productivas extensivas y concentradas en pocas manos. Aquellas esplendorosas plantaciones frutícolas se fueron perdiendo para dar paso al monocultivo de salicáceas: álamo y sauce”.
    La partida de los isleños con vivienda permanente del delta, trajo consigo la baja en servicios de transporte, proveeduría, salas de primeros auxilios y, fundamentalmente, de un vínculo aglutinante como es la constitución comunal o vecinal.
    “En este duro camino del núcleo familiar frutícola al patrón forestal, se vislumbra un panorama socioeconómico dividido muy desproporcionadamente, que golpea entre dos regímenes de producción: el de economías locales de subsistencia y aquellas de tipo capitalista”, expresa Barutta.

    El Delta del Paraná. (Fotografía Matías Barutta)