Comenzamos a despedir al invierno y dar paso a la primavera, que en un mes llegará formalmente en el calendario. Días soleados, temperaturas más cálidas, y los lapachos rosados comienzan a florecer y teñir de color el espacio urbano. Ya se los puede observar en algunas veredas, erguidos y en plena floración o tímidamente asomando sus rosadas flores en las altas ramas de los ejemplares que –por ejemplo- se destacan en la vereda de la calle Pinto en la Plaza Italia.
El lapacho es una planta autóctona, posiblemente de origen brasileño, pero su procedencia también tiene sus matices, según sean del Nordeste o Noroeste argentino. El lapacho negro, Tabebuia ipe, vive en Corrientes, Misiones, Chaco, Formosa, en cuyas selvas florece en primavera. Es el que más se ha difundido en el clima rioplatense y prospera en nuestros parques y plazas. El lapacho rosado, Tabebuia avellanedae, es propio de la selva tucumana salteña. Sus flores tienen tonos algo más intensos y florece a fines del invierno.
El nombre de este tipo de lapacho se lo dedicó el botánico Lorenz al insigne tucumano Nicolás Avellaneda. Ambas especies llegan a ser árboles frondosos de hasta 30 m, copa redondeada y hojas caducas, sólo que, al ser de origen tropical, la caída de sus hojas se produce entrando la primavera. Tienen tronco recto y limpio desprovisto de ramas de 8 a 12 m de su base. Al tiempo de brotar, en los extremos de las ramas forman grandes panojas de flores acampanuladas, color rosa, de 5 a 7 cm, con tubos de 1 cm de diámetro y cinco lóbulos irregulares.
Su reproducción y cultivo son sencillos. Pasada la floración, su fruto toma la forma de una vaina alargada con semillas aladas. Cuando la vaina se pone quebradiza, esas semillas pueden sembrarse, nacen con facilidad y también es sencillo su trasplante y posterior cultivo.









