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Pepe, entrañable amigo…

José "Pepe" Caivano.

Por el Dr. Nelmo Paterlini*
Pepe Caivano me acompañó en la vida durante 40 años, a partir de mis primeros 10, al comenzar la década del 40. Al principio lo admiré como jugador de fútbol, que evidentemente volvía de un desempeño en otros ambientes más fulgurantes del deporte y estaba terminando su carrera, viéndolo grueso, pesado pero hábil, con poca disposición para la carrera pero con gran oficio
En 1946 ingresé al Colegio Nacional de Zárate en 4º año (los tres primeros los cursé en Campana porque el Colegio aún no existía).
Y allí lo encuentro a Caivano en su función de educar, desempeñándose como portero, mayordomo, o algo por el estilo; esa misma impar actividad en que lo ví aquella noche fría en fecha que no recuerdo con exactitud cuando a eso de las 22, entró en el salón de 5º Comercial como lo hacía habitualmente y como siempre cruzó palabras con los chicos, Luego se sentó cerca de donde yo estaba , llegando la conversación en forma inmediata a su estado de salud, quejándose de la úlcera que decía padecer y que creía iba a tener que hacerse operar. Era la última o anteúltima hora de clase, teniendo quien esto escribe la certeza de que fue la última visita a una clase, ya que al día siguiente se difundió la noticia de la internación de Caivano. Seguramente cerró el Colegio esa noche. En 48 horas o menos, la calle Belgrano vio formarse el cortejo más sentido que yo he podido ver en Zárate.
En esa tarea de educar, y siendo yo alumno, pude advertir una aproximación no buscada que provocaba Caivano (nunca pude llamarlo Pepe) en los chicos y chicas, transformándose todos en deudores de favores. Siempre se recordaba, me decía que una vez fue a mi casa, distante diez cuadras, a buscar una Tabla de Logaritmos que me había olvidado, y que era requisito imprescindible para poder estar en la clase de matemática del riguroso profesor De Luca. Ya de profesor me recordaba otra visita a mi casa, nuestra quinta de Villa Massoni, para comunicar un número de amonestaciones colectivas aplicadas a la clase por el rector Dr. Guido, como consecuencia de un problema que tuvimos con el mismo profesor De Luca, a quien le hicimos una especie de huelga y muestra notoria de desaprobación durante el desarrollo de una acto, por exigirnos la tarea de estudiar todo lo visto durante las vacaciones de invierno… Con mucho respeto me decía que mi padre no entendía lo que quería decir lo de amonestaciones…
Ya en 1955 ingresé como profesor en el Colegio Nacional, hasta mi retiro en 1990, y lo recuerdo a Caivano en su misma actividad de educar, en que nos acompañamos alrededor de 25 años más, hasta aquella infausta noche relatada.
Tres días semanales de clase, turno mañana y tarde (a veces de noche) permitieron un trato continuo, permanente, accediendo a mis clases y a la sala de profesores, sin tutearnos nunca, hicimos una buena amistad, de manera tal que, por su forma de ser, no tenía secretos conmigo; creo que tampoco para con mis colegas. Era un hombre transparente, sin bienes materiales pero con un capital inmenso integrado por amistades personales y aprecio general. Nadie era diferente con Caivano, pero siempre en un aspecto positivo, no debían esperarse actitudes épicas o hechos resonantes de este entrañable personaje, todo giraba alrededor del Colegio Nacional, fundamentalmente de sus alumnos y profesores; quizás un poco menos de las autoridades del mismo, ya que especialmente en los últimos años y como un adelanto a estos tiempos, tenía algo de transgresor pero también en el buen sentido,: es que el incesante agrandamiento del Colegio, a la par de su pausada claudicación física, hacían que cada vez se lo encontrara menos en el lugar donde debía estar o donde antes siempre estuvo…Pero nunca declinó su influencia humana en el alumnado y menos en el que dejó de serlo que evocaba a Caivano a igual altura que profesores y autoridades. Tampoco declinó su recuerdo en quienes fueron padres de alumnos, que confiaron en Caivano para el paseo de fin de año de sus hijos, a los que concurrió en muchísimas oportunidades, con la insistencia de los alumnos que sufragaban los gastos. Es que Caivano era hombre de entera confianza en esos aspectos del trato de menores.
Pero también era la entera confianza del profesor que no desconocíamos cierto “filtrado”· de notas y ocasionalmente mostrábamos cierto recelo por el hecho de que los alumnos al despedirse de la escuela, al final de quinto año, se acordaban de Caivano con ditirambos y elogios que no nos alcanzaban a los docentes, pro los menos en la misma medida.
Todo esto justifica lo que se dice de la actividad docente de Caivano, quien se exhibía públicamente como lo que era, un ser humano normal, con más virtudes que defectos, que entregaba mucho más de lo esperable en una persona de su condición en ese cargo, y que exhibía una conducta inobjetable.

*El Doctor Nelmo Paterlini pertenece a la primera promoción de egresados del Colegio Nacional de Zárate. Fue durante 25 años docente del mismo en la cátedra de Instrucción Cívica. Esta nota la escribió hace 20 años, y fue publicada en la Revista del Colegio.

Su paso por el Fútbol y recuerdos de Villa Massoni
Caivano fue un gran jugador de futbol, se recuerda su actuación en clubes de primera división, fue jugador de Rive Plate y llegó a la tapa de El Grafico, la gran revista de deportes de la época, que era como llegar a la meta.
Pero sus inicios de futbolista se recuerdan en Zárate. Nelmo Paterlini, rememora esa juventud de futbolista destacado, carrera que había dejado atrás cuando llega a la portería del Colegio Nacional ya alejado de las canchas capitalinas, y ahora dedicado también con mucha habilidad a la pelota paleta y luego a las bochas.
Esa habilidad que le dio el futbol grande se reflejaba en su habilidad física.
Dice Paterlini” Al principio lo admiré como jugador de fútbol, que evidentemente volvía de un desempeño en otros ambientes más fulgurantes del deporte y estaba terminando su carrera, viéndolo grueso, pesado, pero hábil , con poca disposición para la carrera, pero con gran oficio haciendo que el juego descansara en él junto con otros jugadores como el pibe Rodríguez (más antiguo que Caivano); el arquero Bustamante; el wing Bonasco y otros que integraban el conjunto del Club Porteño y la cancha en la que jugaba de local estaba en la manzana de Güemes, French, Quirno y Andrade: con arcos sobre esta última y Quirno. La cancha estaba flaqueada por la Via del Parque, sobre Güemes y por una profunda zanja sobre French, que integraba el sistema de desagües que confluía en el zanjón de la calle Estrada; hoy todo entubado y que constituye una obra maravillosa y eficaz, desgraciadamente poco visible. Tal cancha fue una antigua quinta abandonada, vecina a otras como la de mi familia, la de Moreyra, etc., y la calle por medio con la entonces conocida Jabonería de la familia Etcheverry. Sobre la zanja de French se conservaban las plantas de cina-cina, nombre que le dábamos a una especie de vegetal de larguísimas ramas espinosas, que protegían a las quintas de los ladrones. Haciendo cruz, en esa misma esquina, estaba la cancha de Independiente que inmediatamente fue levantada, Canchas chicas – no más de 80 metros-que facilitaban el desempeño de los veteranos”.

José “Pepe” Caivano.