Desde hace años venimos viendo y escuchando la destacada y encomiable labor de las fuerzas de seguridad que en los puestos de peaje, el de la Ruta 9 y el de la Ruta 12, incautan y decomisan ejemplares de monitos carayá, coipos, nutrias y otras especies, entre ellas aves que se encuentran, o no, en peligro de extinción, por haber sido todos objeto de caza furtiva.
Paralelamente, también desde hace años, automovilistas, sus familias, camioneros, colectiveros, tienen menos suerte que los monitos y son virtualmente cazados con métodos tan sofisticados como tirar piedras o vigas en la traza de la ruta, frente a la incapacidad operativa de las fuerzas de seguridad que están apostadas -esperando un baúl lleno de pajaritos- en los puestos de peaje.
¿No sería recomendable, nos preguntamos, poner un cartel en las cabinas de peaje que aliente a los conductores a pernoctar en esas estaciones hasta que amanezca y que eviten circular en la oscura Panamericana desde las 20 hasta las 06.00 am? La zona entre el Peaje de Lima, hasta el límite con Campana, es tierra de nadie y espacio para la operatoria de cazadores furtivos de automovilistas y camioneros. Cazan tablets, teléfonos celulares, tarjetas de crédito, dinero. Objetos todos que tienen menos suerte que cardenales, nutrias, coipos y otros pajaritos que -al menos- son recuperados y devueltos a su hábitat natural.
Por lo menos hasta que un trabajo conjunto entre autoridades que correspondan decidan trabajar sobre esta problemática para dotar de seguridad a quienes transiten por estas rutas nacionales.
Sobre todo porque este tipo de cazadores no tiene época de veda. Andan a la vera de la ruta como descendientes de los ladrones de caminos de la Edad Media, y se alzan con las pertenencias de los automovilistas, sus víctimas, que quedan al costado del camino, indefensos, con sus autos averiados, agradeciendo estar con vida -en algunos casos- y esperando que alguien se apiade de ellos y los devuelva rápido a su habitat natural: como los monitos carayá.









