Por Sergio D. Robles (.)
La Revolución de Mayo de 1810 no fue un proceso lineal ni se desarrolló de manera pacífica. Los acontecimientos estuvieron atravesados por intereses enfrentados, discusiones entre sectores de la élite criolla y la incertidumbre sobre qué hacer frente a la crisis de la monarquía española desde que Napoleón invadió España en 1808 y tomó prisioneros al rey Fernando VII y a su familia. La resistencia se organizó bajo la legitimidad de un gobierno juntista con sede en Sevilla peor la lucha se fue prolongando, a pesar de la ayuda británica. Al principiar el año 1810 las noticias no eran nada alentadoras.
El 18 de mayo de 1810 llegó a Buenos Aires la información de la caída de la Junta Central de Sevilla, y su reemplazo por un Consejo de Regencia. Esta circunstancia puso en cuestión la autoridad del virrey Cisneros, quien había sido designado por la disuelta junta.
En ese contexto, los sectores de la burguesía ilustrada porteña, entre los que se encontraban Saavedra, Moreno, Castelli y Belgrano, teniendo como experiencia previa las movilizaciones realizadas durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, comenzaron a reunirse y discutir el camino que se debía tomar mientras el clima se iba enrareciendo con el transcurrir de los días. El 21 de mayo, vecinos y milicianos ocuparon la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) reclamando por la convocatoria a un cabildo abierto que finalmente tuvo lugar el 22 de mayo. Allí se discutió la continuidad o no del virrey en su cargo. Después de un largo debate se votó la destitución de este. Sin embargo, hubo maniobras para evitar el desplazamiento, designando una junta de cinco miembros bajo la presidencia del exvirrey. Pero la reacción fue inmediata. El 25 de mayo, bajo la presión de los mandos militares, Cisneros cedió, conformándose una Junta de Gobierno, conocida como la PRIMERA JUNTA, que estuvo presidida por Cornelio Saavedra, figura experimentada y comandante del Regimiento de Patricios, la principal fuerza miliciana de Buenos Aires. Lo acompañaron como secretarios, Mariano Moreno y Juan José Paso y como vocales Manuel Alberti, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuènaga, Juan José Castelli, Domingo Matheu y Juan Larrea, estos dos últimos, españoles peninsulares que se sumaron a la causa patriota. Con ello se inició el largo y azaroso camino para la independencia y la constitución de un nuevo país.
Producida la Revolución, el Gobierno de la Junta presidido por Cornelio Saavedra procuró extender el movimiento a las demás provincias del antiguo virreinato. Sin embargo, en el Río de la Plata la reacción contrarrevolucionaria tuvo su centro en Montevideo. Desde aquella ciudad partían las naves realistas realizando sus incursiones sobre las indefensas poblaciones ribereñas del Paraná. En varias ocasiones el puerto de Zárate fue objeto de saqueo, como el ocurrido el 24 de abril de 1811. El día anterior fondearon los realistas frente al puerto e “hizo el comandante don Marcelo de la Colina formar su gente y la del vecindario, y acercándose un bote de parlamento con oficial y dos hombres, mandó insultarlos con las palabras más groseras, izar en un palo un rebozo con cinta negra y al mismo tiempo hacer fuego al bote”. Al día siguiente desembarcó el enemigo sin grandes dificultades, ya que, de la Colina, de temperamento cobarde, tomó un caballo ajeno y huyó del lugar. Entonces “hecha alguna escaramuza y algunos tiros sueltos por los vecinos, retirados todos, entraron los enemigos como por su casa, se mantuvieron casi medio día en el pueblito robando, cazando y divirtiéndose, y por último, pegando fuego a todas las habitaciones de él, se retiraron” ‘. (45)

La acción costó la vida a uno de los soldados de la guarnición criolla del capitán Tadeo Carrasquedo y la destrucción de unos trece ranchos, entre ellos las viviendas del estanquero Silva, de Luis Burgos y de José Antonio Anta. También puso en evidencia la actitud del capitán Marcelo de la Colina, responsable militar del lugar, quien, huyendo del lugar, no regresó al puerto sino pasado un mes. Permaneció primero en casa de Andrés Balvidares, luego en lo del pulpero Baltasar Moure y finalmente en lo de Mariano Cabrera. Según declaraciones de Moure, de la Colina durante el tiempo que estuvo alojado en su casa, “jamás se movió de su casa para ver la guardia…Su bebida común en todo el resto del día era aguardiente tomando a las oraciones un ponche de huevos, y prosiguiendo después con aguardiente hasta la cena, diciendo palabras deshonestas… Y el que declara dice que éste fue el régimen que tuvo el comandante Colina en su casa en veinte y siete días que lo mantuvo de hierba, pan, azúcar y parte del aguardiente que tomó”. También el vecino Juan de Asebey, brindó su testimonio de los acontecimientos, expresando: ” el referido barco lo traían como a remolque por la falta de viento, y puesto en el frente del puerto comenzó a tirar cañonazos con bala y metralla, a lo que le correspondieron la fusilería de los soldados del mando del comandante Colina con mucho espíritu, en cuya operación se hallaba el que declara en compañía del comandante, y oyó unas voces de los soldados que les decían hijos de puta y putañeros, y después de una larga distancia de tiempo caminó el referido barco aguas arriba. “A la mañana siguiente” oyó el que declara voces, así del comandante como de los soldados, señores, retírense porque los marinos han venido y no tenemos armas para defendernos y responde que dicho comandante se retiró a distancia de legua y media del puerto a la casa de don Pedro Anta.”
Al día siguiente los realistas desembarcaron aguas arriba en la estancia de Otálora, el suegro del presidente de la Primera Junta, robando ganado y saqueando la propiedad.
En 1813 nuevas incursiones asolaron el puerto de Zárate y sus inmediaciones. El día 21 de agosto, 150 marinos desembarcaron en el lugar y luego de sostener un tiroteo con las fuerzas milicianas se retiraron a las embarcaciones permaneciendo frente al puerto. Al día siguiente, un intento de saqueo se vio frustrado gracias a la presencia del alférez Ángel Pacheco, que había llegado a Zárate procedente de San Fernando. Al frente de un escuadrón de unos 30 granaderos a caballos y con la participación de paisanos y milicianos rechazó a fuerzas enemigas muy superiores en número en las inmediaciones del arroyo Las Palmas. Este combate conocido como de El Palmar o Rincón de Zárate fue librado el 23 de agosto de 1813 y en él se puso en fuga a los realistas que bajo el mando del capitán Juan Antonio Zabala, -el mismo que fuera derrotado en San Lorenzo por José de San Martín- venían arreando hacia la costa un lote de 500 ovejas propiedad de hacendados de la zona. (47)
Paralelamente a ese accionar militar, el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata Gervasio de Posadas, a fin de garantizar en forma permanente la seguridad de la navegación y de las costas nombró con fecha 3 de mayo de 1814 a Paulino Sosa, ex granadero a caballo, como capitán comandante de la Compañía Cívica Guarda Costa del puerto de Zárate y a Pedro y José Antonio Anta como teniente y subteniente respectivamente de la misma compañía y puerto. Por su parte Juan Luis Acebey y Mariano de Escola fueron designados como guardacostas del puerto de Campana.
Aquel año de 1814 presentaba para la revolución una situación de extrema gravedad en el orden interno y externo, ya que tras las derrotas del ejército patriota en Vilcapugio y Ayohuma las provincias del norte quedaban expuestas a la penetración realista, como también Cuyo, tras el triunfo de los realistas en Chile después de Rancagua. Por otra parte el enfrentamiento de Buenos Aires con Artigas marcaba un proceso de desvinculación de las provincias del Litoral y la Banda Oriental del gobierno central. La situación internacional no podía ser menos alarmante, ya que desde mayo de ese año Fernando VII había sido repuesto en el trono español y la reacción absolutista preparaba un poderoso ejército para sofocar los movimientos independentistas en América.
A pesar de las dificultades la independencia fue proclamada el 9 de julio de 1816. Sin embargo, los enfrentamientos internos, entre los defensores de las autonomías provinciales y los partidarios de la unidad de régimen comenzaban a adquirir mayores proporciones. Dos maneras de concebir el país política y económicamente se ponían en puja, retrasando su organización y prosperidad.
El autor es historiador y actualmente se desempeña como director del Museo Histórico Municipal Quinta Jovita








