Con profunda emoción, vecinos y vecinas de los barrios 25 de Mayo y Villa Massoni, junto a la comunidad de la Capilla San Alfonso —una de las comunidades de la Obra Don Bosco— realizaron este domingo el descubrimiento de una placa conmemorativa en homenaje a Ángel Zaragoza, una figura fundamental en la historia social, educativa y comunitaria de esta zona de Zárate.
La actividad se desarrolló en el marco de los 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en la Argentina y comenzó con una misa celebrada por el Padre Gaspar Martínez, quien destacó la profunda huella que Zaragoza dejó en la comunidad y la vigencia de los valores que guiaron toda su vida: el compromiso con los más humildes, la solidaridad, la educación y el trabajo comunitario.
Tras la celebración religiosa, vecinos, familias y antiguos integrantes de la comunidad participaron del descubrimiento de una placa que quedará como testimonio permanente de gratitud hacia quien ayudó a construir mucho más que instituciones: ayudó a construir comunidad.
Ángel Zaragoza fue uno de esos hombres que entendían que la fe debía caminar junto al pueblo. Fue un verdadero cura obrero. Además de su tarea pastoral, trabajaba en una fábrica y compartía las mismas jornadas, preocupaciones y esperanzas que los trabajadores a quienes acompañaba. Su compromiso nacía de una experiencia de vida concreta, cotidiana, compartida con quienes luchaban día a día para sostener a sus familias.
Esa cercanía lo convirtió en una referencia indispensable para los vecinos de lo que entonces era Villa Ciriaco —actual barrio 25 de Mayo— y también para Villa Massoni. Gracias a su impulso y a una profunda vocación de servicio nacieron instituciones que marcaron para siempre la identidad de la zona, como el Centro Social Juan XXIII, la Escuela N.º 12, el Jardín de Infantes y la actual Capilla San Alfonso.
Pero quienes participaron del homenaje coincidieron en que su legado va mucho más allá de las obras materiales.
Durante el acto afloraron recuerdos, anécdotas y emociones que atravesaron varias generaciones. Muchos recordaron haber tomado con él su Primera Comunión. Otros evocaron los bautismos de sus hijos, los matrimonios que celebró o la compañía que brindó en momentos difíciles. Entre abrazos, lágrimas y sonrisas, quedó reflejado que Zaragoza formó parte de la historia personal de cientos de familias zarateñas.
Fue precisamente esa dimensión humana la que se hizo presente a lo largo de toda la jornada. Porque si bien ayudó a levantar escuelas, jardines y espacios comunitarios, también sembró vínculos, valores y afectos que perduran hasta hoy.
La vida de Ángel Zaragoza estuvo atravesada también por las profundas heridas que dejaron los años de persecución política en la Argentina. Antes de partir al exilio había dejado el sacerdocio y comenzado una nueva etapa personal, formando una familia junto a Susana, quien se convirtió en su compañera de vida y con quien tuvo hijos.
Sin embargo, los cambios personales nunca modificaron las convicciones que habían guiado su camino. Su compromiso con los trabajadores, con la organización comunitaria y con los sectores más vulnerables siguió siendo una constante en su vida.
Poco tiempo después, en el contexto de la persecución política que precedió y acompañó a la última dictadura cívico-militar, debió abandonar la Argentina y partir al exilio. Como tantos hombres y mujeres comprometidos con las causas populares, se vio obligado a alejarse de una comunidad a la que había dedicado años de esfuerzo, trabajo y entrega.
Lejos de su tierra continuó desarrollando una intensa labor social y comunitaria. El exilio no logró quebrar sus convicciones. Por el contrario, las fortaleció. En España siguió llevando consigo el sentir argentino y transformó el dolor de la distancia en compromiso, solidaridad y trabajo junto a quienes más lo necesitaban.
Allí lo conocían cariñosamente como “El Pibe”. Su inconfundible acento argentino, que jamás perdió a pesar de los años, era una forma de mantener vivo el vínculo con la patria que había debido dejar atrás. Quienes compartieron aquellos años recuerdan a un hombre profundamente arraigado a sus orígenes, orgulloso de la comunidad que había ayudado a construir en Zárate y de los valores que habían marcado toda su trayectoria.
Uno de los momentos más emotivos del homenaje fue la presencia de Susana, compañera de vida de Ángel Zaragoza, quien acompañó la jornada rodeada del afecto de vecinos y vecinas que compartieron con ella recuerdos, anécdotas y testimonios sobre la huella que Zaragoza dejó en la comunidad. Su presencia permitió tender un puente entre el pasado y el presente, entre la comunidad que lo vio caminar sus calles y la familia que lo acompañó durante gran parte de su vida. Un gesto sencillo pero profundamente significativo, que recordó aquellas primeras palabras del Papa León XIV al asumir su pontificado, cuando convocó a construir puentes de encuentro allí donde la historia, la distancia o las diferencias parecían haber levantado muros.
La placa descubierta permanecerá como un símbolo de memoria y agradecimiento colectivo. Un reconocimiento a un hombre que ayudó a forjar identidad, sentido de pertenencia y organización comunitaria en Villa Ciriaco y Villa Massoni, sembrando valores que continúan presentes en la vida cotidiana de estos barrios.
A cincuenta años de aquellos acontecimientos que marcaron para siempre la historia argentina, el homenaje tuvo también un profundo sentido de memoria. Fue una forma de reconocer a quienes dedicaron su vida a construir comunidad, a promover la dignidad de los trabajadores, a acompañar a los más humildes y a creer que la solidaridad podía transformar la realidad.
Porque hay personas cuya huella trasciende el paso del tiempo. Y porque para generaciones enteras de vecinos y vecinas del barrio 25 de Mayo —la histórica Villa Ciriaco— y de Villa Massoni, Ángel Zaragoza sigue presente en cada escuela, en cada espacio comunitario, en cada celebración compartida y en cada gesto solidario que mantiene viva la esencia de la comunidad que ayudó a construir.
La placa descubierta este domingo no recuerda solamente a un sacerdote, ni a un dirigente comunitario, ni a un vecino querido. Recuerda a un hombre que eligió compartir la vida de su pueblo, trabajar junto a él, caminar a su lado y dedicar su existencia a los demás. Un hombre que debió partir, pero que nunca dejó de pertenecer a esta tierra. Y cuyo legado continúa vivo, medio siglo después, en la memoria, en las instituciones y en el corazón de toda una comunidad.












