Vivimos corriendo. Llegamos cansados, dormimos peor, comemos como podemos y sentimos que la cabeza nunca termina de apagarse. Nos acostumbramos a anticipar lo que viene, repasar lo que pasó y sostener al mismo tiempo trabajo, familia, responsabilidades y preocupaciones. Tanto, que muchas veces recién registramos el nivel de agotamiento cuando el cuerpo empieza a mostrarlo.
Pero ¿qué pasa realmente en nuestro organismo cuando vivimos así?
El estrés no es malo. Al contrario, es un mecanismo necesario para sobrevivir.
Imaginemos que estamos cruzando una calle y aparece un auto a gran velocidad. En cuestión de segundos, nuestro cerebro detecta el peligro y pone en marcha una respuesta extraordinariamente coordinada: aumenta el estado de alerta, el corazón late más rápido, se moviliza energía y se liberan sustancias como adrenalina y cortisol. Todo el organismo se reorganiza alrededor de una prioridad: responder. En ese momento no necesitamos relajarnos ni hacer una digestión perfecta; necesitamos salir de la calle.
Esa es la lógica del estrés: frente a una amenaza, el cuerpo establece prioridades y, cuando el peligro pasa, debería poder recuperar el equilibrio.
El problema empieza cuando el auto ya no está, pero nuestro organismo sigue funcionando como si todavía tuviéramos que esquivarlo.
¿Por qué puede pasar esto? Porque nuestro cerebro no solamente responde a lo que está ocurriendo: también aprende de la experiencia, recuerda y anticipa. Si atravesamos repetidamente situaciones de preocupación, exigencia o incertidumbre, puede volverse cada vez más rápido para reconocer determinadas señales y prepararse para responder.
Pensemos en algo cotidiano. Tuvimos una discusión, ya terminó, pero horas después continuamos repasándola mentalmente. O estamos cenando y nuestra cabeza ya está intentando resolver un problema de mañana. La situación no está ocurriendo en ese momento, pero para nuestro organismo esa anticipación no es indiferente.
Si sucede de vez en cuando, el cuerpo puede activarse y luego volver a su equilibrio. La dificultad aparece cuando esto se repite durante semanas, meses o años, y estar en alerta empieza a convertirse en una forma habitual de responder.
Y ahí aparece algo interesante: muchas veces llamamos “forma de ser” a respuestas que también fueron aprendidas. “Mi cabeza no para”, “necesito anticiparme a todo”, “siempre fui así”. Algunas características pueden formar parte de nuestra personalidad, por supuesto, pero otras respuestas se fueron practicando y reforzando con el tiempo. Y cuanto más repetimos una manera de responder, más automática puede volverse.
Pero todo esto no ocurre solamente en nuestra mente. Cuando el cerebro interpreta que estamos frente a una amenaza, el cuerpo entero se prepara para responder.
Volvamos al ejemplo del auto. Acelerar durante un momento no es un problema; el problema sería mantener el motor acelerado durante horas. Con nuestro cuerpo puede pasar algo parecido.
Cuando vivimos en alerta de manera sostenida, el organismo intenta adaptarse. Y no lo hace solamente el cerebro: también cambian las señales que involucran a las hormonas, el metabolismo y el sistema inmune. El cortisol, por ejemplo, nos ayuda a responder frente al estrés, pero también participa en la regulación de procesos inmunológicos e inflamatorios. Cuando esa respuesta se mantiene durante demasiado tiempo, puede alterar el equilibrio con el que estos sistemas funcionan.
Existe incluso un concepto para describir parte de este fenómeno: la carga alostática. Dicho de una manera sencilla, es el costo acumulado que puede tener para el organismo adaptarse una y otra vez a demandas persistentes. Nuestro cuerpo tiene una enorme capacidad de adaptación, pero adaptarse permanentemente también tiene un precio.
Y esta es una de las razones por las que vale la pena hablar de estrés antes de que aparezca un problema.
No porque el estrés sea responsable de todas las enfermedades ni porque cualquier síntoma físico pueda explicarse por lo emocional. Los síntomas pueden tener múltiples causas y requieren la evaluación profesional correspondiente. Pero vivir durante años con una activación sostenida tampoco resulta indiferente para nuestra biología: puede influir en el sueño, el metabolismo, la regulación cardiovascular, la digestión y los procesos inmunológicos e inflamatorios.
Por eso, prevenir no debería significar solamente hacernos estudios cuando algo empieza a funcionar mal. También puede significar observar cómo estamos viviendo y reconocer respuestas que se volvieron tan automáticas que dejamos de registrarlas.
Dormir poco durante meses es información para nuestro organismo; comer apurados todos los días también lo es. Movernos poco, vivir anticipando problemas o pasar de una exigencia a otra sin verdaderos momentos de recuperación son también señales que nuestro cuerpo recibe de manera repetida.
Y acá aparece una idea esperanzadora: si algunas respuestas pueden aprenderse, también podemos aprender otras.
Trabajar sobre nuestra manera de responder al estrés no significa “pensar positivo” ni intentar vivir relajados todo el tiempo. Implica reconocer qué situaciones activan nuestra alarma, cómo las interpretamos, qué respuestas repetimos automáticamente y qué necesita nuestro organismo para recuperar el equilibrio.
Dormir mejor, alimentarnos adecuadamente, mover el cuerpo y generar espacios reales de descanso forman parte de esa regulación. Pero también es importante aprender a diferenciar una amenaza real de una preocupación anticipada, revisar respuestas que alguna vez pudieron ser útiles y construir nuevas maneras de afrontar lo que nos sucede.
No podemos eliminar las exigencias de la vida. Hay trabajos, responsabilidades, problemas y situaciones que no desaparecen porque alguien nos diga que tenemos que “bajar el estrés”. Tampoco necesitamos vivir sin estrés: sería imposible y tampoco sería deseable, porque lo necesitamos para adaptarnos, aprender y responder.
Lo que necesitamos recuperar es la capacidad de volver al equilibrio después de habernos activado.
Tal vez el estrés no sea el nuevo mal de nuestra época. Tal vez el verdadero problema sea que nos acostumbramos tanto a vivir con la alarma encendida que dejamos de escucharla.
¿Hace cuánto que vivís en alerta y empezaste a pensar que sentirte así es normal?
Lic. Natalia Perugini
Psicopedagoga | Formación en Neurociencias, Psiconeuroinmunología y Fitoterapia
MP159029
Instagram: @lic.nataliaperugini










