Por Sergio D. Robles
La explosión del polvorín del Arsenal de Artillería de Marina de Zárate ocurrió a las 23.20 del sábado 16 de octubre de 1976.
El estallido se produjo al transitar el primer año de la última dictadura cívico-militar y causó una enorme conmoción en la comunidad local. La onda expansiva se sintió con fuerza en toda la ciudad, provocando cuantiosos daños materiales en decenas de viviendas.
Aunque las autoridades navales catalogaron el hecho como un accidente, a nivel internacional, el periódico El País de España sugería que había sido un “atentado”, una de las hipótesis que alimentó el mito urbano.
Al ocurrir la detonación el estruendo fue tan violento que muchos vecinos pensaron que se trataba de un ataque directo de las organizaciones armadas en algún establecimiento de seguridad; otros, pensaron que se trataba de un accidente de magnitud. Pronto, se hizo vivible un enorme hongo de fuego y humo rojizo que se elevó directamente desde el predio del Arsenal de Marina, disipando las dudas de donde procedía el siniestro.
La zona civil lindera al establecimiento naval sufrió el impacto directo de la onda expansiva. Las ambulancias coparon rápidamente la calle Chacabuco en medio de persianas retorcidas, puertas arrancadas de cuajo y vidrios completamente estallados por cuadras.
Aunque la dictadura solo informó oficialmente la muerte de un conscripto (el soldado que custodiaba el polvorín), el vecindario supo más tarde que el saldo final fue peor. Una joven madre había muerto en el acto, al ser impactada por la lluvia de trozos de cemento que se habían transformado en mortales proyectiles; una segunda, impactada por otro bloque de concreto mientras dormía, peleó por su vida durante unos días hasta que finalmente falleció. Una decena de heridos completó el cuadro trágico.
Pocos minutos después del estallido, camiones con infantería de Marina bloquearon los accesos principales.
De este modo se procedió al control del perímetro de la zona afectada limitando el libre tránsito.
El resto de la noche transcurrió en medio de la destrucción y daño de viviendas, de vecinos sorprendidos y acongojados, de ambulancias que iban y venían en medio de la oscuridad de la zona más afectada.
La actuación de los bomberos fue inmediata y sumamente coordinada, convirtiéndose en uno de los pilares para contener la tragedia. Al momento de la detonación, el cuartelero de guardia recibió casi en simultáneo el pedido desesperado de auxilio que provenía directamente desde el interior del Arsenal de Artillería de Marina. En cuestión de minutos, los primeros bomberos voluntarios se subieron a las unidades y salieron hacia la calle Chacabuco. Al principio no veían llamas directas en el cielo urbano, sino el hongo de humo y los restos esparcidos de mampostería, vidrios rotos y escombros sobre las calles. Mientras la primera dotación avanzaba entre el caos civil de la calle Chacabuco que actuó sobre un principio de incendio sobre una vivienda ubicada a la altura del 772, efectivos de la Infantería de Marina interceptaron a los bomberos para ordenarles cambiar de rumbo e ingresar al predio militar a través de la calle Estrada, guiándolos directamente hacia el epicentro del desastre. El operativo civil dentro del Arsenal estuvo comandado por los máximos referentes de la institución en ese entonces: el jefe del cuerpo activo, Mussupapa, quien se puso al frente de las tareas de extinción con sus hombres.
Las crónicas y peritajes posteriores destacaron que el despliegue de las líneas de mangueras y el ataque al fuego se realizaron con “celeridad y eficiencia”.
Esto evitó que focos secundarios de incendio alcanzaran otros depósitos de explosivos o materiales combustibles dentro de la base militar, lo cual hubiese generado una tragedia de proporciones exponencialmente mayores para toda la ciudad de Zárate.
El informe oficial de la Armada fue de que se trató de un siniestro fortuito o “accidente por razones técnicas” derivado de las condiciones de almacenamiento del material de artillería. Esto se utilizó para bloquear rápidamente cualquier sospecha de negligencia interna o interna militar.
No obstante, la Armada asumió la responsabilidad de dar una respuesta económica frente a los enormes destrozos materiales en las viviendas de los vecinos afectados. Para canalizar los reclamos, se dio marcha a un proceso de reparación mediante la apertura de una oficina de recepción y registro de daños. De este modo se pretendía dar cierre a un hecho que había conmovido a la vecindad zarateña en tiempos de dictadura.











