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  • Centenario de la Independencia: Poco brillo de celebración y un atentado contra el Presidente

    25/6/2016

    Hace cien años, la conmemoración del Centenario de la independencia argentina no despertó interés en el entonces presidente de la Nación, Victorino de la Plaza a lo que se sumó las limitaciones presupuestarias del Gobierno tucumano .
    Las grandes fiestas con que se celebró el centenario de la Revolución de Mayo en 1910, habían quedado atrás y en 1916, la celebración de la independencia fue una celebración oficial “mezquina”.
    La Primera Guerra Mundial, que entraba ya en su tercer año, y la agitada situación política del país, enfrentado con el problema de la renovación de los poderes nacionales (Hipólito Yrigoyen había triunfado en las elecciones nacionales y se aprestaba a asumir el mando), influyeron en el ánimo público para que la celebración del Centenario de la Independencia no alcanzara la magnitud que tuviera en el año 10.
    El primero de estos factores determinó, asimismo, que no concurrieran las embajadas de seis años antes, si bien América se asoció al acontecimiento y saludó la mayoría de edad de la República nacida en San Miguel del Tucumán. De ahí que naves del Brasil y del Uruguay se hicieran presentes en la imponente revista realizada en la tarde del 8 de julio, en la rada del puerto de la Capital, donde se concentró el mayor poderío naval que bajo una sola bandera se había reunido hasta entonces en Sudamérica.
    Las 20 unidades navales formaron en dos filas encabezadas, respectivamente, por los acorazados Rivadavia y Moreno.
    El crucero presidencial Buenos Aires, en el que embarcaron el primer mandatario, los embajadores y lo más granado de la sociedad de entonces, pasó entre las dos columnas. Al tiempo que se escuchaba una salva de 21 cañonazos, las tripulaciones coreaban un vigoroso “Viva la República”.
    El 9 de julio, la ciudad despertó bajo un canto de campanas de las iglesias. La Plaza de Mayo fue el punto de reunión del pueblo, que luego del solemne tedeum, oficiado a las 13, presenció la revista militar que duró exactamente una hora.
    A las 15.30, cuando ya había pasado la última compañía de tropas de línea y lo hacían los “boy scouts“, millares de ciudadanos se sumaron a la columna juvenil. En esas circunstancias se destacó de la multitud un hombre joven, gatillando un revolver con el que apuntaba al balcón donde se hallaba el presidente, doctor Victorino de la Plaza. Falló el primer tiro, pero el segundo hizo que una bala se incrustara cerca del lugar que ocupaba el mandatario.
    Tras la primera reacción de pánico, el público intentó linchar al autor, Juan Mandrini, de 25 años, impidiéndolo la policía, que lo arrestó de inmediato. Al ser apresado, el homicida gritó: “¡Viva la anarquía!”.
    El presidente no advirtió que había sido objeto de un atentado, hasta que fue informado, “Es necesario perdonarlo”, exclamó, ordenando la libertad del detenido. Este episodio no empañó el brillo de la fiesta, aunque pudo imprimirle un sello trágico. Y tanto es así, que pronto fue olvidado. Mandrini, en libertad, siguió escribiendo versos en el humilde hogar de sus padres, inmigrantes, mientras la Nación, de un siglo de edad, continuaba su marcha de progreso.

    El presidente Victorino de la Plaza y autoridades dirigiéndose a la Catedral (9 de julio de 1916).

    El presidente Victorino de la Plaza y autoridades dirigiéndose a la Catedral (9 de julio de 1916).