Es una especie originaria de China, Japón e Indochina. Dicen que los primeros ejemplares fueron los del Jardín Botánico. Hoy se los ve en las veredas de calles del centro y barriales, en plazas y jardines con sus flores lilas, blancas y fucsias. Son árboles urbanos no de gran copa ni altura, pero al llenarse de flores dan alegría a la vista. Pasa lo mismo con el jacarandá que florece en noviembre, los lapachos y las tipas que florecen en primavera. Pero es en enero, cuando el asombro lo provoca un árbol que llegó de China y se instaló de manera silenciosa como lo hizo el crespón.
Sus flores son fucsias, violetas, lilas, rosas y blancas parecen de lejos racimos,
y de cerca, flores de papel crepé: arrugadas y con bordes ondulados. Necesitan sol pleno para aparecer y lo hacen sólo ahora, en enero, mientras la mayoría de los árboles están estancados en un verde monocromo.
El crespón casi no se ve en avenidas, aparecen en las veredas .
¿Cómo llegó a la Argentina? Su origen está en China, Japón y la península de Indochina. Hacia 1747 fue introducido en Europa. Desde ese continente saltó a nuestro país. En el Jardín Botánico hay crespones centenarios, del temprano 1900.
No es un árbol histórico, sino moderno. De las décadas del 40 ó 50. Tal vez empezó a introducirse de la mano de viveristas alemanes,
holandeses e italianos que lo trajeron.
El crespón suele ser más alto cuando está en parques. Ahí puede alcanzar un máximo de nueve metros. Llegar a esa altura le demanda decenas de años.
La belleza del árbol excede a sus flores: Su corteza es muy hermosa. Parecida a la del arrayán, con tonalidades amarillas y naranjas, y escamas. Sus hojas también son bonitas. En invierno, antes de caer, adquieren tonos otoñales, incluso rojos.










