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  • Cómo fueron los agitados días previos al 25 de Mayo de 1810

    22/5/2021

    El 23 de mayo cayó miércoles en el año 1810. La noche anterior el Cabildo había votado por amplia mayoría la destitución del virrey y la conformación de una junta de gobierno.
    La contrarrevolución se puso en marcha y los hombres de Cisneros intentaron desvirtuar lo votado y volcaron en un acta lo siguiente:
    “En el acto procedieron a regular los votos: y hecha la regulación con el más prolijo examen, resulta de ella, a pluralidad con exceso, que el Exmo. Señor Virrey debe cesar en el mando, y recaer este provisionalmente en el Exmo. Cabildo, con voto decisivo el caballero Síndico Procurador general, hasta la elección de una Junta que ha de formar el mismo Exmo. Cabildo en la manera que estime conveniente;
    […] sin embargo de haber a pluralidad de votos cesado en el mando el Exmo. Sr. Virrey, no sea separado absolutamente, sino que se le nombren acompañados, con quienes haya de gobernar hasta la congregación de los diputados del virreinato: lo cual sea, y se entienda, por una Junta compuesta de aquellos, que deberá presidir, en clase de vocal, dicho Señor Exmo”.
    Los “empleados del mes” firmantes, corresponsables de la trampa, eran: Juan José Lezica, Martín Gregorio Yañiz, Manuel Mancilla, Manuel José de Ocampo, Juan de Llano, Jaime Nadal y Guarda, Andrés Domínguez, Tomás Manuel de Anchorena, Santiago Gutiérrez y el síndico –el autor de la maniobra– Julián de Leiva.
    La Junta contrarrevolucionaria estaba presidida por el virrey –burlando absolutamente la voluntad popular– e integrada por cuatro vocales: los españoles Juan Nepomuceno Solá, cura rector de la parroquia de Nuestra Señora de Monserrat, y José de los Santos Inchaurregui, comerciante, y los criollos Juan José Castelli y Cornelio Saavedra.
    Estos dos últimos no podían salir de su asombro y su indignación parecía no tener límites.
    ¡Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas!
    Cuenta Tomás Guido en sus memorias: “La situación cada vez presentaba un aspecto más siniestro. En estas circunstancias el Sr. D. Manuel Belgrano, mayor del Regimiento de Patricios, vestido de uniforme escuchaba la discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus amigos.”
    “Belgrano púsose de pie y súbitamente y a paso acelerado y con el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa, entró en la sala del club (el comedor de la casa del Sr. Peña) y lanzando una mirada altiva en rededor de sí, y poniendo la mano derecha sobre la cruz de su espada: ‘¡Juro, dijo, a la patria, y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo le derribaré con mis armas!’.”
    Eran las doce de la noche de aquel 24 de mayo del año 1810 cuando el peón de Cisneros en el Cabildo, el principal operador de la contrarrevolución, fue despertado a los gritos por una delegación encabezada por Castelli que exigía verlo para entregarle la renuncia que acababan de obtener de Cisneros y el petitorio dirigido al Cabildo.
    En un primer momento, Leiva se quiso hacer el guapo y se negó a aceptar los papeles, pero cuando con su candil pudo alumbrar las caras de sus visitantes, se calmó y prometió convocar al Cabildo para el día que comenzaba y que se trataría el petitorio.
    Las acciones de agitación se prolongaron hasta la madrugada e incluyeron la recorrida de French, Beruti, Melián, Martínez y Chiclana por los suburbios, convocando a la gente a la plaza para la mañana del 25.
    Las consignas eran mueras al virrey y a los traidores regidores del Cabildo.

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