“No puedo encontrar un remis por ningún lado”, es la típica frase que reproducen muchos vecinos y vecinas zarateñas después de las 22 horas, cuando necesitan movilizarse durante la semana. Y muchas veces agregan “nadie quiere trabajar”.
Pero no se trata de que nadie quiera trabajar sino que todos quieren trabajar pero en condiciones dignas de trabajo, y más cuando se trata de una profesión cuentapropista como la de un taxista o un remisero.
En principio, el sector estuvo atravesado por la pandemia, afectado y sin poder trabajar durante las primeras semanas del año pasado, cuando se decretó la cuarentena. Luego se fue normalizando el servicio pero de forma muy lenta y empujado por choferes que debieron salir a trabajar obligados para subsistir cuando las calles estaban vacías. Y a diferencia de otros sectores comerciales, no tuvieron ayuda estatal concreta de ninguno de los tres niveles de gobierno.
Luego, los pocos choferes que decidieron trabajar debieron pagar de su bolsillo elementos de limpieza y nylons para separar al pasaje en el asiento de atrás y tuvieron que reducir la cantidad de pasajeros. En este sentido, tampoco hubo acompañamiento de parte del Estado en cuanto a reglamentaciones y facilidades para que este servicio esencial de transporte siga funcionando, porque más allá de que sea privado es lo único que circula de noche ya que el SIT no cumple servicio las 24 horas.
Y en cuanto a los choferes que salieron a trabajar en medio de la pandemia, éstos no lograban recuperar sus costos mediante su trabajo, ya que a la par las autopartes aumentaron el triple de un año a otro.
AUMENTOS
El Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (Indec) no tiene un relevamiento exclusivo para el sector automotor, pero si eso existiera seguramente demuestre movimientos exorbitantes. Algunos, tal vez la mayoría, inexplicables para el común de la gente pero se trata del implacable aumento de los precios de los repuestos, las autopartes y, por lo tanto, de los services de los autos usados. Incrementos que superan la suba del dólar y también al encarecimiento de los productos de otros rubros de la economía. Hay una verdadera disparada. Para tener una aproximación: hay precios que se triplicaron en el último año; así sucedió con los precios de las baterías. Para un auto pequeño, en promedio, pasó de $5.000 a $15.000 de un año para otro. La misma suba mostraron las lámparas comunes: en promedio, las comunes, saltaron de $400 a $1.100 cada una.
Y esto lo padecieron, y lo padecen en la actualidad, los choferes y propietarios de taxis y remises que deben trabajar, prácticamente, a pérdida; o ganar lo mínimo para subsistir rezando para que el coche no se rompa o no sufrir un accidente que implique gastos extras.
Entonces, con una inflación tan descontrolada, con aumentos tarifarios que no pueden subir lo que aumentan los repuestos y los seguros, con el miedo que había en gran parte de la población en hasta marzo de este año respecto a los contagios de Covid y las restricciones de la pandemia; muchos choferes abandonaron las agencias y se dedicaron a otros rubros de transporte, como el traslado de personas con patologías a diferentes lugares de la provincia y la ciudad de Buenos Aires o se arriesgaron a cambiar el coche por uno más nuevo, e ingresar a brindar servicio empresarial para empleados de fábrica.
En diálogo con este medio, un remisero de Villa Fox explicó que “la ciudad tiene las calles destruidas, prefiero viajar mil veces en la ruta a La Plata o a Buenos Aires que por Zárate. Y los días de lluvia, que son las jornadas donde ganamos un poco más de dinero porque la gente debe trasladarse en remis, no se puede andar porque caen dos gotas y se inunda todo. Y algunos barrios quedan aislados. Así no hay quien quiera trabajar cuando lo mínimo no está”.
Otro trabajador, en cambio, reconoció que tiene tres automóviles; uno de 15 y otro de 16 años de antigüedad para trabajar en Zárate y por agencia, dado que las calles son “intransitables”, y otro más nuevo para viajes empresariales.











