
Camina las calles y salen al paso perros, ex alumnos, y vecinas a saludarla. Angélica es conocida por todos allí, en Escalada. Maestra rural de alma y profesión. Es parte de una familia pionera allí en el pueblo. “Perrera”, como ella se define y apasionada por compartir su vocación.
“De chica quería ser docente. Me gustaba. Creo que era mi vocación. Hice toda la primaria en la 13 de Escalada y luego viajé toda la secundaria a Zárate. Me acuerdo que deseaba ser igual que ellas; y todas me marcaron un poco”, recordó Angélica.
Vivió varios años de sacrificio viajando al Nacional, ya que su papá, o algún vecino, la llevaba hasta la Panamericana, y luego tomaba el colectivo que venía de Lima hacia la escuela que, por aquel entonces, aún quedaba frente a la plaza. Y al regreso, realizaba el mismo camino.
“Estudié magisterio a la noche, en el mismo Colegio Nacional. Empecé a ejercer la docencia en Lima, con suplencias. También estuve un año en El Tatú y precisamente en Lima me llegó la titularidad, en la Primaria 9. Y al tercer año, que ya pude elegir destino, se produjo una vacante en la 13 y no dudé en regresar a Escalada”, contó Angélica.
Así fue su regreso al pueblo del que es parte indeleble como vecina y como docente. “Dicté clase en la primaria, ya que soy maestra de primaria, y con la reforma de la secundaria de seis años, pasé a dar clases en ese nivel; ya que tenía séptimo en la primaria y cuando se modificó el sistema pasé a dar clases en primer año de secundaria”.
MAESTRA RURAL
Ser docente implica cruzarse con personas ya adultas, que presentan a su hijo y a su familia y luego comentan; “hola seño; ¿Se acuerda de mí?”. Y más aún en zonas rurales donde “se conocen todos”; “dar clases en el campo es diferente a la ciudad, los chicos llegan con una carga distinta. Se puede dar clases muy bien y pareciera que hay tiempo para hacer más cosas. Gente de campo y no tan de campo, ya que Escalada se fue renovando y se fue mezclando muchas generaciones y familias. La verdad es que nunca tuve problemas, más allá de los habituales de la profesión. Teníamos ocho horas de trabajo pero siempre había tiempo para hacer quinta, talleres de cestería, manualidades. Al ser jornada completa, podíamos en una o dos horas de la tarde hacer algo diferente. Y siempre resultó muy disfrutable para los docentes y para los alumnos. Porque compartimos todo el día, venimos a la mañana, comemos juntos y luego seguimos estudiando todo el día”, destacó Angélica.
Otro de los aspectos de su vida cotidiana, y por el cual la conocen, es su amor por los perros. “Yo soy perrera, entonces pude tener el privilegio de desarrollar un programa en la escuela llamado ‘Corazones con cola’; porque acá en el campo viene gente desalmada a abandonar a sus animales. Y vimos cómo crecía la población de perros callejeros y es por ello que decidimos aplicar un programa de concientización mediante campañas de castración, tenencia responsable y vacunación. Y toda la comunidad educativa lo apoyó y pudimos llevarlo a cabo. Ese fue un programa muy lindo que pudimos desarrollar ante una temática que nos preocupaba”, comentó Angélica.
Finalmente, y de vuelta al rol del docente, consideró; “ser docente se siente, o por lo menos se debe sentir. No es por el sueldo, ya que siempre los docentes vivimos con magros sueldos. Sino que son ganas de enseñar, de compartir. Cuando me preguntan, digo que para ser docente hay que hacerlo con ganas pero también con alegría. Si las cosas uno las hace con ganas y alegría, salen”, concluyó Angélica Accornero.










