Llega a nuestro consultorio de Homeopatía con el rostro plagado de presagios. Arrastra su incertidumbre. Siéntese, por favor. Dentro de la bolsa que acarrea se revuelcan la osteoporosis y el omnipresente hipotiroidismo, entre otros achaques.
La acomoda como puede sobre el escritorio. Meditamos. Curioso Ekeko que, lejos de repartir fertilidad, destila infortunio. Es una bolsa congestionada que informa que ha llegado un o una pa (de) ciente. Enrique, Marta, Cecilia, Efraín… El desorden de “los estudios” que comienza a revolver espeja su mente, su cuerpo, su alma abrumada.
Póngase cómoda, Marta. Tenemos tiempo.
Es una bolsa inconfundible. Los análisis, las placas, los electros pugnan por asomarse. Y ocupar la primera plana. Conocen su antiguo prestigio, quieren revalidarlo toda vez que se les permite. Han prestado un servicio inigualable. También hoy.
Aun así, Marta declara con lánguida voz que no me encuentran nada , que no sé adonde ir, que de tantas pastillas me agarró gastritis, que…
Desplazamos la bolsa momentáneamente hacia la periferia y proponemos conocer sus avatares, sus desencantos, sus sueños, sus fortalezas, sus adioses… Su vida, lo que vaya surgiendo.
Y mientras el profesional escucha y toma algunas notas va percibiendo aquello que desató casi seguramente el cansino andar de la enfermedad: una decepción de amor, que no impactó en la tomo. Las malasangres en la oficina, que se le escaparon al hepatograma. Un resentimiento, cuya espesura no registró la densitometría. Y la tristeza en el atardecer del domingo , que no corrobora el aparato de última generación.
Después de una hora y pico, el (o la) homeópata dispone una medicación para ella, para la persona, para Marta, para Efraín, para Enrique, para Cecilia… Intentará colaborar a fin de que se equilibre nuevamente esa energía vigorosa que ha perdido su brújula, bloqueada por el agobio de algunas vicisitudes de la vida.
No tienen contraindicaciones, Marta. Sólo le pueden hacer bien.
Si le parece conveniente, la espero en dos meses.









