Inicio Actualidad San Martín, la intolerancia entre los argentinos lo llevó al exilio

San Martín, la intolerancia entre los argentinos lo llevó al exilio

Hace doscientos años, un 10 de febrero de 1824, el Libertador junto a su hija Mercedes embarcó hacia Europa, un ostracismo que duraría hasta su muerte, a pesar de sus diversos intentos de volver al país.
Los feroces enfrentamientos fratricidas del país, la certeza de que el gobierno de Buenos Aires, cuyo principal ministro, Bernardino Rivadavia, era su declarado enemigo, lo sometería a un tratamiento injusto, y los confiables informes acerca de que su vida corría peligro, hicieron que luego de su regreso a Mendoza, tras cederle a Simón Bolívar en Guayaquil, la gloria de poner fin a la guerra de la Independencia, se alejó de su país.
Sumido por la tristeza de la reciente pérdida, visitó la tumba de su esposa Remedios, en la Recoleta donde dedicó una austera placa a quien dio el título de “esposa y amiga del general San Martín”. Luego, recibió a algunos de sus antiguos camaradas y aceleró los preparativos para la partida con su “Infanta mendocina” pese a la hostilidad de la suegra, Tomasa de la Quintana de Escalada, quien quería retener a su nieta.
San Martín rechazó las insinuaciones de los que querían volcarlo hacia cada una de las facciones en pugna, que no desechaban la posibilidad de un enfrentamiento armado para resolver sus conflictos, y volvió a repetir la frase categórica que había acuñado en carta a Estanislao López casi cinco años antes: “Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor […]. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”.
San Martín rechazó las insinuaciones de los que querían volcarlo hacia cada una de las facciones en pugna, que no desechaban la posibilidad de un enfrentamiento armado para resolver sus conflictos, y volvió a repetir la frase categórica que había acuñado en carta a Estanislao López casi cinco años antes: “Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor […]. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”.
El 10 de febrero de 1824 el Libertador y Mercedes, de siete años de edad, se embarcaron en el navío francés Le Bayonnais rumbo al puerto de El Havre. Tras dos meses de navegación, el buque llegó a destino. Posiblemente hayan precedido el arribo de San Martín informes confidenciales acerca de su viaje, pues sus papeles fueron incautados y prolijamente revisados para serles devueltos días más tarde. Reinaba Luis XVIII de Borbón, quien veía transcurrir sus últimos días en un país agitado por los enfrentamientos entre ultramonárquicos y liberales, que se proyectaban en todos los aspectos de la vida de la nación.
Pero luego de pensar en establecerse en Francia fijó su destino final en Bruselas, donde se ocupó de obtener la mejor educación posible para su hija. Al conducirla al internado de monjas que había elegido, el general le entregó a la religiosa que recibió los efectos personales de la niña, unas máximas para que reglasen su permanencia en el internado. Deseaba que Mercedes adquiriera saberes, pero sobre todo requería que se le enseñara a “humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que nos perjudican […], inspirarla amor a la verdad y odio a la mentira, estimular la caridad con los pobres, respeto a la propiedad ajena, acostumbrarla a guardar un secreto, inspirarla sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones, dulzura con los criados, pobres y viejos, que hable poco y lo preciso, acostumbrarla a estar formal en la mesa, amor al aseo y desprecio al lujo, inspirarla amor por la patria y por la libertad”.
Su idea de regresar a su país, se frustró por los duros enfrentamientos civiles
En octubre de 1827, San Martín se embarcó hacia Buenos Aires, donde sin desembarcar le escribió a José Miguel Díaz Vélez: “Después de cinco años de alejamiento de la patria, regresaba con el firme plan de concluir mis días en el retiro de una vida privada [pero] no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión, he resuelto para conseguir este objeto pasar a Montevideo, desde cuyo punto dirigiré mis votos por el pronto restablecimiento de la concordia”.
San Martín retornó a Bruselas, a fines de abril de 1829. Después de desembarcar, el vehículo que lo conducía, volcó. El general sufrió una profunda herida en el brazo izquierdo que le provocó una hemorragia con peligro de vida. Pero lo aquejaba una herida aún más profunda: la convicción de que ya no regresaría a su tierra…
Ha corrido mucha agua bajo el puente y los argentinos, en vez de agredirnos de palabra o de hecho, deberíamos ser fieles a la convicción sanmartiniana de que solo la concordia y la paz nos permitirán volver hacer de nuestro país un faro de prosperidad, tolerancia y educación para otros pueblos de la tierra.
Prof.Virginia De Paolo
Asociación Cultural Sanmartiniana de Zárate