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Espirilio Bute, de Zárate al Movimiento Espartaco

Por Pablo Gallardo

Mucho se ha escrito en torno al Movimiento Espartaco, fundado en primera instancia como grupo de artistas plásticos por Ricardo Carpani, Espirilio Bute, Mario Mollari y Juan Manuel Sánchez hacia finales de la década del 50 en la ciudad de Buenos Aires.
Su irrupción pública en el campo de las artes se da a través de la estética del muralismo político latinoamericano y de sus claves trotskistas, incluida la afinidad con las narrativas de la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos. La historia les ha deparado un no despreciable lugar, ya sea por el manifiesto Por un Arte Revolucionario (1959) o por la entronización de Ricardo Carpani y su fulgurante recorrido desde las galerías hacia los sindicatos, como canon del muralismo político y vector fundamental de la iconografía del peronismo de base.
Poco se ha dicho, menos escrito, sobre Espirilio Bute, y particularmente, de “su estancia en Zárate, que lo arroja a la pintura” (frase de José Luis Goyena)
La nota biográfica impone decir que Esperilio Bute o “Chiche” Rodríguez (con este último nombre lo reconocían sus familiares y amigos) nace el 18 de diciembre de 1931 en la localidad de Ibicuy, y su apellido originario es Butta. Hijo de Elvecio Butta y Julia Marcelina Delgado de Arancet, tuvo una infancia difícil, nómade y pobrísima producto de la separación de sus padres y la huida a Gualeguaychú con su madre. Su arribo a Zárate durante la década del 50 constituirá un pívot fundamental en su recorrido y aspiraciones.
“A Bute lo conocí en el río” recordaba el pintor Enrique Crossatto, describiendo así no solo una ocasión fortuita sino un paisaje de encuentros. Concurría, como tantos otros, a distintos ámbitos de socialidad juvenil: el Club Náutico Zárate y los cafés y bares del centro, particularmente la confitería Mimo y Bar el Tokio. Mimo, para el caso, era propiedad de Manuel Expósito, pastelero de oficio, letrado autodidacta afín al ideario ácrata, militante del teatro popular (junto al pintor anarquista Eduardo Buscaglia) y padre de dos de los máximos exponentes de la música popular argentina: el poeta Homero Expósito y el pianista y compositor Virgilio Expósito.
Además, a finales de los 50´ comenzaba a recuperar dinamismo entre una nueva generación de jóvenes, el Circulo Popular de Cultura. Animado por Juan Carlos Deghi y Elisa Falchi, Vicente Primavera, José María Iglesias, Alfredo Fox, Oscar Vallejos, entre otros, allí confluían la vocación culturalista y las izquierdas políticas del posperonismo: la prosapia de la juventud radical levensoniana, la experiencia del Partido de los Trabajadores, y la creciente influencia del espartaquista alemán Enrique Giesch. También, para esa época, emergían en la escena local y por intermedio de un grupo de jóvenes de la José Ingenieros, Silvio Frondizi y Marcos Kaplan, quienes consolidarán una sección local de Praxis. En ese microclima zarateño, Bute forjó su destino de arte, revuelta y excentricidad.
Hacia finales de 1957, comienza a estudiar con el pintor cubista Emilio Petorutti y sella amistad con Ricardo Carpani. Comienza a frecuentar la Universidad de Periodismo de Abelardo Ramos, el Bar Chambery y la librería “Del mar dulce”, todo a escasos metros de Córdoba y Callao.
Junto con Carpani forman el grupo Espartaco y en 1958 publican el manifiesto Por un arte revolucionario, cuya primera versión aparece con el título Por un arte Nacional en una pequeña y efímera publicación zarateña llamada El machete, el 20 de octubre del 58. Del grupo editor poco sabemos, salvo que la publicación, que duró un solo número, fue impulsada por José Luis Goyena, joven zarateño que estudiaba sociología y que era amigo de Bute. Dos meses después, el manifiesto será publicado en la revista Política de Jorge Abelardo Ramos y pasará a la posteridad como lo que efectivamente es: el manifiesto estético-político argentino mas importante del siglo XX.
El recorrido de la década del 60 de Bute es maratónico. Participó de los hitos más importantes de la vanguardia estético-política argentina de la década del 60 y principios de los 70, pero ni el encuadramiento político intelectual de la izquierda nacional de Jorge Abelardo Ramos ni el modelo estético del muralismo obrerista de Carpani, lograron enraizarlo en una posición final. Buscaba desprenderse del arte social para ir hacia la figuración libre.
En 1969, sembraba discordia con compañeros de ruta del underground setentista, con sendos mensajes hacia Oscar Massotta, Marta Minujin y sus compañeros de Espartaco:
“Desde el pop al Happening. Lo que podría haber sido rechazado por revolucionario y con esto poder abrir un nuevo caminó de búsqueda es totalmente aceptado por la burguesía y pasa a ser U.O.E. (Uso Oficial Exclusivo). Quizás por esto a los “jóvenes creadores” no les quedó más que un solo camino, despotricar contra el Instituto que los apadrinó y tirarle un tomate al Embajador de Francia con motivo del premio Braque. Entonces llega el momento de descubrir (siempre tarde) lo que todos saben. “No debe existir divorcio entre arte y sociedad” y comienza la etapa “obrerista” de nuestros artistas. Proclaman muestras en sindicatos y en la C.G.T. en momentos en que los cuadros más revolucionarios del movimiento obrero abandonan a los mismos y piensan procrear nuevas formas de lucha.” Bute, Esperilio.: La traición de los pintores. Revista Artiempo, v. 1, n. 4, enero-febrero 1969, p. 18.
Los que lo conocieron, nunca ocultaron que se trataba de un personaje extraño. “Anarquista irredento”, “existencia etérea”, “individualista en un buen sentido”, cultivador de una filosofía de “la vida fluyente del ser-siendo”-así lo califican Pony Micharvegas, José Luis Goyena, Enrique Crossatto y Elisa Deghi quienes lo conocieron en diferentes períodos.
Recorrió un sinuoso y dispar camino entre los ámbitos de consagración del mercado del arte y las corrientes culturales de protesta del 68 argentino. A partir de la década del 70, se exilió de las galerías de arte, así como de la acción cultural.
Durante décadas habitó el nomadismo. Vivió en París, se asentó en Marbella, retornó fugazmente a Argentina, y particularmente a Zárate, con su compañera española y su hijo Eduardo. Volvió a Europa. Poco se supo de él hasta las noticias de su fallecimiento.
Murió en Marbella, a la edad de 71 años, el 16 de mayo de 2003. Sus cenizas fueron esparcidas por sus familiares, a modo ritual, en el río Paraná.