Inicio Actualidad Nüremberg: cuando la justicia se anima a mirar al poder

Nüremberg: cuando la justicia se anima a mirar al poder

Nüremberg, una película que no se termina cuando aparecen los créditos.
Queda vibrando. Incómoda. Obliga a pensar.
No es una película sobre nazis. O, mejor dicho: no es solo sobre nazis. Es una película sobre algo más perturbador: la obediencia, la complicidad y la banalidad del mal que supo describir. Es, en definitiva, una película sobre nosotros.
El juicio a los jerarcas del régimen nazi no se limita a condenar individuos.
Interroga a toda una sociedad. ¿Dónde empieza la responsabilidad? ¿En el líder? ¿En los funcionarios? ¿En los jueces que aplicaron leyes injustas? ¿En el ciudadano común que eligió no ver?
La película pone el foco en un punto incómodo: el derecho puede ser usado como herramienta de justicia… o como maquinaria de legitimación del horror.
Los jerarcas nazis no eran monstruos evidentes. Eran hombres convencidos de estar haciendo lo correcto. Ahí reside el verdadero espanto.
Entonces la pregunta deja de ser histórica para volverse contemporánea: ¿cuántas veces el poder logra domesticar conciencias bajo la excusa del orden, la seguridad, la patria o la libertad
En un mundo donde los discursos de odio resurgen con nuevas máscaras,
Nüremberg no envejece. Nos recuerda que el autoritarismo no irrumpe de golpe: se construye paso a paso, con pequeñas concesiones, con silencios cómplices, con instituciones que dejan de cumplir su rol.
Para nosotros, en Argentina, la resonancia es inevitable. El eco de los juicios por delitos de lesa humanidad, el “Nunca Más”, la construcción —siempre incompleta— de memoria, verdad y justicia. A diferencia de otros países, aquí hubo un momento en que la sociedad decidió mirarse al espejo.
Pero acaso el momento más inquietante de la película no está en la sentencia, sino en la mirada del psiquiatra, quién estudia la conducta de los prisioneros- interpretado magistralmente por Rami Malek- . Allí aparece una advertencia que atraviesa el tiempo: el mal no se agota con los culpables juzgados. No
termina en ese tribunal. Puede mutar, adaptarse, reaparecer.
La maldad del futuro —sugiere— probablemente no ve ga con uniforme, ni con símbolos evidentes. No será necesariamente estridente. Puede presentarse como sentido común, como hartazgo social, como promesa de orden frente al
caos.
Ahí es donde la película deja de ser pasado y se vuelve presente. Porque cuando el odio se disfraza de discurso político, cuando el otro vuelve a ser señalado como enemigo, cuando la verdad se relativiza y la justicia se cuestiona según conveniencia, la historia empieza a rimar peligrosamente.
Figuras como Göring—pero no solo él— encarnan esa mutación: liderazgos que no necesitan uniformes ni marchas marciales p ra erosionar valores democráticos, que operan sobre el miedo, la desinformación y la fragmentación
social.
Nüremberg no nos habla de monstruos lejanos. Nos habla de sociedades que, poco a poco, naturalizan lo inaceptable.