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Universo Piazzolla para mandolín y piano

Por Armando Borgeaud

Presentación de Marcelo y Francisco Ferraris, mandolín y piano, interpretando obras de Astor Piazzolla, el sábado 4 de julio, a las 19 horas, en el ciclo de conciertos de Amigos de la Música, en el marco de su 57.º aniversario.
La voluntad secreta de todos nosotros teje, con su energía, los momentos de encuentro alrededor del fuego de la música, como el del pasado 4 de julio en la casa de Amigos de la Música. Ese fuego de las cocinas, cuyo sacerdocio matriarcal consiste en custodiarlo porque representa el origen de todas las cosas, según Abelardo Castillo. Aunque sabemos que, mucho antes de nuestros refugios familiares —donde cocinamos y comemos, estudiamos o escuchábamos la radio cuando todavía no había televisión, acompañados por el ronroneo de las heladeras—, el fuego reunía a nuestros ancestros alrededor de su calor, embrujados por el resplandor de las llamas en la intemperie de los comienzos del mundo, donde el deseo de la música se hizo carne en la soledad.
Una voluntad común y secreta, como la que hace posible la continuidad de los ritos, nos volvió a reunir en un sábado helado, ya entrada la noche, en lo que alguna vez fue —o quizás siga siendo, en espíritu— el espacioso comedor de la antigua casa del centro de Zárate. Allí asistimos a la delicada y cuidadosamente bella interpretación de Universo Piazzolla, el programa que Marcelo y Francisco Ferraris vienen presentando desde hace tiempo en distintas salas de CABA y de la provincia de Buenos Aires.
Padre e hijo construyen, con esa austera y precisa sencillez que distingue a quienes saben cuánta más hondura existe en la expresión contenida —en cualquier arte de que se trate—, un universo cálido y especialmente original, casi un milagro a esta altura de la historia de la música, a partir de algunas obras de Piazzolla, quizás el músico argentino más trascendente del siglo XX, reconocido en el mundo entero con una admiración que no deja de crecer por la calidad y la amplitud de su creación.
Como una belleza nueva se revela el sonido del mandolín, instrumento casi olvidado que llega desde el Renacimiento italiano. Recrea, según quien esto escribe —apenas un”;escuchador de discos”; como se definía Miguel Ángel Merellano—, el imprescindible diálogo entre violín y guitarra de las distintas formaciones, quintetos y nonetos del “Tano”, como Horacio Malvicino llamaba al autor de Adiós Nonino.
Una dulzura melancólica brota del instrumento de alma latina, del que Marcelo Ferraris arranca atrevidos pizzicati y mínimas percusiones sobre la caja del mandolín, parafraseando las manos sobre el teclado del fuelle. El piano de Francisco luce juvenil, respetuoso del espíritu piazzolliano; concentrado en las melodías, deja imaginar un cierto perfume a Bill Evans en la intención y en la cadencia.
Van surgiendo así un esbozo de Los pájaros perdidos, que en el bis, pedido por aclamación, se desplegará luego en toda su nostalgia apasionada; Adiós Nonino, Otoño porteño, la belleza sublime de Oblivion, Milonga, verdadero hallazgo del programa, Invierno porteño, Vuelvo al Sur y el siempre apasionante Libertango. Todo transcurre en tiempos tan breves como intensos, mientras una estela de belleza se desvanece en ese imperceptible silencio que los aplausos convierten en la emocionada gratitud compartida por músicos y público.
Hay un interregno dedicado a dos valses, perfectas gotas sonoras compuestas para cada instrumento solista: Vals for Flor, de Francisco, donde resulta imposible evitar la asociación con Vals for Debby ¿??, aunque éste nazca como homenaje a su madre y conserve la preciosura de aquel; y Vals de la luna, de Marcelo, donde el mandolín envuelve, entre sus manos, una dulzura mediterránea con armonías profundamente locales.
Astor Piazzolla significó, para algunos de nosotros que atravesamos la adolescencia en los años setenta admirando una música maravillosamente rebelde, creativamente rica y abarcadora, aunque entonces mayoritariamente ignorada y menospreciada, una esperanza para vivir en tiempos oscuros. Tal vez porque ese sea, finalmente, el primer deber de la belleza. Marcelo y Francisco Ferraris, gracias también a la perseverancia de Carlos, Iris y Jorge, que desde hace tantos años sostienen el espacio de Amigos de la Música a pesar de todo, nos devolvieron a la calle para emprender el regreso a casa con el alma reconfortada.
La mágica interpretación del universo de Piazzolla para mandolín y piano consiguió, al menos por un rato, imponerse incluso sobre el frío de la realidad.