¿Por qué esperamos a enfermarnos para revisar cómo estamos viviendo?
Para hablar de prevención, primero necesitamos revisar qué entendemos por salud. Todavía es habitual pensar en la salud física por un lado y en la salud mental por otro, como si fueran dos asuntos independientes. Sin embargo, hace décadas que sabemos que esta separación no alcanza para comprender cómo funcionamos. La salud es una sola, aunque tenga distintas dimensiones. No somos un cuerpo por un lado y una mente por el otro; somos un sistema integrado, en permanente interacción.
Una preocupación puede acelerar el corazón, alterar el apetito o dificultar el sueño. A la inversa, el dolor, una enfermedad o varias noches sin descansar pueden afectar el ánimo, la concentración y la manera en que nos vinculamos. No significa que todos los síntomas tengan una causa emocional, sino que nuestro organismo y nuestras experiencias están en comunicación permanente.
Si partimos de esta idea, aparece una pregunta diferente: ¿cuánto hacemos cada día para cuidar nuestra salud y cuánto contribuimos, sin advertirlo, a desgastarla?
“Cuando termine esta semana, descanso”,”Cuando tenga menos trabajo, voy a ocuparme de mí”, “Cuando todo esté más tranquilo, empiezo”.
¿Cuántas veces repetimos esas frases? Nos acostumbramos a posponer el cuidado como si la salud fuera un recurso inagotable y el tiempo siempre estuviera disponible. Pero mientras postergamos, seguimos viviendo de una determinada manera. Y esa manera de vivir también cuenta.
Pensemos en algo que muchas personas conocen bien, pasar de una obligación a otra sin encontrar espacio para recuperarse. Nuestro organismo tiene mecanismos extraordinarios para adaptarse a los desafíos. Cuando percibimos una exigencia, se activan respuestas nerviosas y hormonales que nos ayudan a afrontarla. Entre ellas participa el cortisol, una hormona imprescindible para el funcionamiento normal del cuerpo. El problema no es activarnos frente a las dificultades, sino sostener las demandas sin oportunidades suficientes de descanso y recuperación.
La investigación ha mostrado que el estrés persistente puede afectar el sueño, la presión arterial y la regulación del sistema inmunitario, entre otros procesos. Un concepto científico, la carga alostática, describe el desgaste que puede acumularse cuando los sistemas que nos ayudan a adaptarnos deben trabajar de manera sostenida. En palabras simples: poder seguir funcionando no siempre significa estar bien.
Pero reducir la prevención a “bajar el estrés” sería quedarse a mitad de camino. También importa cómo dormimos, qué vínculos cultivamos, cómo nos alimentamos, cuánto nos movemos, qué oportunidades tenemos de descansar y si accedemos a controles de salud. Y, por supuesto, importan las condiciones materiales en las que vivimos, no todo depende de la voluntad individual.
Entonces surge otra pregunta: si sabemos que ciertas conductas nos benefician, ¿por qué nos cuesta tanto sostenerlas?
Porque nuestra manera de vivir también está atravesada por aprendizajes. Tal vez crecimos escuchando que descansar era perder el tiempo, que había que poder con todo o que pedir ayuda era una señal de debilidad. Con los años, esas ideas pueden transformarse en patrones automáticos. Ya no hace falta que alguien nos diga que sigamos: sentimos culpa cuando paramos.
Desde la psicopedagogía sabemos que aprender no es solo incorporar información. También aprendemos formas de interpretar lo que nos pasa, de responder a las exigencias y de relacionarnos con nosotros mismos. Por eso, conocer qué nos hace bien no garantiza que podamos hacerlo. A veces el primer cambio es reconocer lo que repetimos sin preguntarnos si todavía tiene sentido.
Y alguien podría decir, con razón: “¿Cómo querés que baje un cambio si vivo a mil?”. No hay respuestas fáciles para quien sostiene un hogar, trabaja muchas horas o atraviesa dificultades económicas. La prevención no puede transformarse en otra exigencia ni en una manera de culpar a las personas por enfermarse. Sin embargo, aun dentro de nuestras posibilidades reales, quizá podamos empezar a distinguir qué demandas son inevitables y cuáles aprendimos a imponernos.
¿Tenemos que estar siempre disponibles? ¿Por qué sentimos que descansar hay que merecerlo? ¿Cuántos momentos importantes dejamos para “cuando haya tiempo” ¿Cuánto de nuestra rutina elegimos y cuánto simplemente seguimos repitiendo?
No se trata de vivir menos intensamente ni de renunciar a nuestras responsabilidades. Se trata de dejar de pensar que cuidarnos es algo que haremos recién cuando el cuerpo nos obligue a detenernos. La prevención también empieza cuando revisamos nuestras prioridades, buscamos apoyo y hacemos lugar, en lo posible, a aquello que nos hace bien.
Planificamos como si el mañana estuviera asegurado, aunque nadie sabe cuánto tiempo tiene. Tal vez por eso valga la pena cambiar la pregunta: en lugar de pensar únicamente qué podemos hacer para vivir más años, preguntarnos también cómo queremos vivir los años que tenemos.
Porque la salud no empieza cuando aparece el síntoma. También se construye en lo que aprendemos, en lo que repetimos y en aquello que, todavía hoy, podemos elegir cambiar.
Lic. Natalia Perugini
Psicopedagoga | Formación en Neurociencias, Psiconeuroinmunología y Fitoterapia
MP 159029
Instagram: @lic.nataliaperugini










