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Las ganas de enseñar y aprender a pesar de la crítica situación por las inundaciones

Docentes y alumnos en la entrada al templo de la calle Hipólito Yrigoyen.

Los días se hicieron eternos en la isla, el frío apareció tempranamente y luego el hambre, recordándoles que no podían pescar porque la correntada arrastraba las boyas y los anzuelos. Sus ropas estaban húmedas y un colchón de barro era el único sustento que pisaban. Además, miraran por dónde miraran era todo color marrón del Paraná, teñido por el verde camalote. “Era una verdadera zona de desastre”, reflexionó la directora de la Escuela 25 de isla, Diana Olmos, sin ocultar en sus ojos la angustia todavía reprimida. Desde el mes de marzo que la Escuela 25 se encuentra dando clases de forma interrumpida por la gran crecida del río Paraná y las reiteradas sudestadas que impedían el acceso de los alumnos al establecimiento educativo.
“Terminamos el año pasado con serios problemas, con agua debajo de las casas de las familias de nuestros alumnos. El 21 de febrero, cuando tuvimos la lancha, vimos que la situación estaba agravándose y que podía ocurrir algo mucho peor, que lamentablemente luego terminó sucediendo. En aquel entonces acudimos al municipio para advertirles esto y le volcamos toda la información que teníamos, dado que somos los referentes de la isla. Les marcamos las ubicaciones geográficas de cada uno de los isleños y la composición familiar de cada grupo. Si bien en marzo los chicos todavía podían llegar a la escuela, pudimos asistirlos con agua y mercadería pero lamentablemente estas tareas no se continuaron de parte de la municipalidad. Ya con la situación mucho peor, y dado que los propios chicos no podían acceder a la escuela; comenzamos a desesperarnos porque directamente las familias no podían salir de sus viviendas. Necesitaban ropa y comida, ya que no solamente el nivel del agua había subido sino que era mucha la corriente; por lo tanto les impedía pescar y así obtener su principal fuente de alimento”, relató dramáticamente Diana Olmos, directora de la escuela. “Nuestra impotencia era muy grande porque tenían sus muelles destruidos y algunas viviendas con un metro de agua adentro y el interior lleno de barro y camalotes. Como fruto de la desesperación de todas las docentes, acordamos publicar en Facebook una nota para pedir ayuda y comenzamos con la campaña de acopio de comida y ropa en el sindicato Papelero”, agregó la directora.
Fue así que comenzaron a recibir donaciones de vecinos, de instituciones como el Jardín Lucerito, el Jardín 902, el Colegio Sagrada Familia, la Escuela 4, el Club Independiente, el Sindicato de maquinistas “La Fraternidad” y la empresa Ultramar. “Y fueron mediante esas donaciones que asistimos diariamente a las familias; en vez de ir a la escuela, donde no se podía ingresar, lo hacíamos nosotros llevándole las donaciones a cada familia con la lancha. Los propios isleños comentaron que gracias a estas donaciones que les acercamos, los chicos pudieron tener comida y ropa”, destacó. “No lo hicimos por nada en especial, lo que pasa es que para ellos la escuela es todo, es el lugar donde aprenden, comen y donde tienen un lugar calentito. Además toda la ayuda decidimos centralizarla y repartirla nosotros porque sabíamos y conocíamos a cada familia. Nos hubiese querido tener más ayuda del municipio y de la propia provincia pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados o cumpliendo horarios en una escuela de la ciudad”, reconoció la directora de la escuela.
Cuando la comunidad educativa se hizo cargo de la ayuda, el gobierno provincial les puso un nuevo obstáculo; por razones que aún desconocen las docentes, se le ordenó a la lancha salir únicamente dos días a la semana; limitando así las asistencias diarias. Fue por eso que debieron reorganizar toda la ayuda en función de cubrir las demandas de los isleños en dos días, en vez de las salidas diarias. A la par de esto, el agua comenzó a estabilizarse, el río dejó de crecer y fue a raíz de esto que la comunidad educativa decidió acompañar estas tareas con el regreso a clases. Si bien no podían ingresar todavía a la escuela, porque el agua estaba aún alta, el padre Lucas Martínez les ofreció dos salones parroquiales de Fátima para dar clases. “Nuestra rutina ahora es dar clases a los nenes que se pueden acercar tres días por semana, en horario de la mañana, y lo más emotivo es que vienen todos. Y los otros dos días de la semana estamos yendo a la escuela para comenzar con la limpieza. Igual todavía tenemos el agua por las rodillas, comenzando a abrir las ventanas y ver la situación”, comentó Diana Olmos. “Y la gente tiene que ver con qué alegría vienen los chicos, porque además de lo pedagógico querían estar con sus compañeritos, con sus maestras y volver a su rutina”, reflexionó. “Actualmente no hay proyectos, ni municipales ni provinciales, que los estimule, que les haga pensar en un futuro mejor en su propio terreno. Ellos están asentados en terrenos que, en muchos casos, no les pertenece, viven de la pesca y se trata de chicos de condiciones muy humildes, y la única forma que ellos pueden pensar en un futuro mejor es viendo el trabajo de otros, y sabiendo que hay mucha gente que los ayudó y que tiene ganas de seguir acompañándolos en estos meses en los cuales la pasaron muy mal con sus familias”, concluyó la directora de la escuela, Diana Olmos.
Todos los que quieran ayudar en el proceso de vuelta a la escuela, conocer a los chicos y a los docentes de la Escuela 25, pueden visitar la parroquia Nuestra Señora de Fátima, donde ellos dan clases los días lunes, miércoles y jueves de 8:30 a 12 horas.
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Docentes y alumnos en la entrada al templo de la calle Hipólito Yrigoyen.
Docentes y alumnos en la entrada al templo de la calle Hipólito Yrigoyen.