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  • El streaming no es teatro

    6/11/2020

    Entre las muchas palabras nuevas que incorporó el vocabulario de la pandemia a nuestra vida cotidiana figura, en un lugar destacado, el vocablo de origen inglés “streaming”. El mismo refiere a la transmisión de contenidos, artísticos o no, que se pueden consumir en vivo o grabados, a través de la computadora o aparatos móviles por internet y en tiempo real.
    Ni el término ni el servicio son nuevos. Es el sistema que usan desde hace tiempo plataformas como Netflix, Amazon o Teatrix para transmitir contenidos en línea sin necesidad de descargarlos previamente en el dispositivo. Vivimos la era del streaming, no hay ninguna duda, pero porque esto nos permite hoy la única posibilidad de acercamiento al público, tanto de los productores de cine, como de tv o de música en vivo. Es decir, vivimos on line y conectados vía streaming porque éste se ha convertido en el gran negocio de la pandemia y la cuarentena. Muchas empresas ya se dieron cuenta de esto, por eso Disney creó Disney Plus y Universal Pictures estrenó “on demand” su último tanque “Trolls 2” cuando aún se daba en los cines.
    Es obvio que para muchos artistas en esta crítica situación es una salida, y por lo tanto el streaming es una alternativa que llegó para quedarse. Para ellos, en medio de la desazón y la incertidumbre, hoy, es la única alternativa posible de llegar al pùblico y de ganarse la vida, aunque tengan que ir adaptándose y aprendiendo sobre la marcha. Así y todo, el streaming es poco, es nada, es lo que hay; pero no es teatro.
    ¿QUE ES EL TEATRO?
    Llegamos entonces al momento de decidir qué es teatro. Por definición, es la interpretación en vivo de una ficción dramática: comedia, tragedia, ballet, ópera, musical, etc. , en un espacio adecuado para tal fin (usualmente cerrado) que se desarrolla sobre un escenario o no, pero siempre delante de un público presente, que sería lo que usualmente se llama la cuarta pared, el lugar de la platea, donde se ubica el actor privilegiado de toda esa representación que es el público. En definitiva, el destinatario y constituyente fundamental del hecho teatral. Es simple, sin público no hay teatro.
    Hay artes que se desarrollan o pueden desarrollarse en soledad, como la literatura, la pintura, incluso la música; pero no hay teatro sin público. Ese rito milenario que viene desde la antigua Grecia y que se ha perpetuado como tradición desde entonces, sobre todo entre nosotros, sólo tiene sentido si alguien lo percibe en vivo.
    El cine, la televisión son también artes dramáticas, pero pueden ser reproducidos por medios electrónicos, sobreviven al vivo, lo exceden, tienen otras formas de expresión, de actuación, no dependen del público para constituirse como tal. Una película se puede repetir una y mil veces en una pantalla y siempre será la misma; una canción grabada también. Pero una obra de teatro es en sí una pieza artesanal única e irrepetible, puede ser la misma, pero nunca es igual en cada representación; cambia, se modifica, crece o disminuye por la potencia del actor y la fuerza del público que está ahí y es su sustrato vital.
    No es la misma emoción la que se respira en el cine por maravillosa que sea la película y no se puede comparar con la comunión que se da en el teatro, entre los actores y su público. Como diría mi gran amiga Virginia Castro “ir al teatro para el público significa respirar el mismo aire que los artistas” y reírse o emocionarse con ellos al mismo tiempo, compartiendo sus sensaciones en tiempo real.
    Para concluir mi punto de vista, el streaming es hoy una salida de emergencia en la emergencia; pero nunca será teatro. Si uno le presta atención, puede llegar a ser en el mejor de los casos, cine mal grabado, pero nunca buen teatro.