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  • La vigencia de las costumbres tradicionales en tiempo de pandemia

    29/11/2020

    La pandemia 2020 ha cambiado el mundo, a cada uno de nosotros y todavía no sabemos hasta qué punto lo ha hecho, pero todos tenemos la experiencia de que ha dado la vuelta a lo que los filósofos, a lo largo de la historia, han considerado nuestra “segunda naturaleza”: los hábitos.
    En toda nuestra vida, tanto laboral, social, deportiva y educativas, las conductas habituales están profundamente incorporadas en nosotros, y de repente, nuestra segunda naturaleza ha visto sus cimientos sacudidos.
    ¿Qué es un hábito? Es una disposición a actuar de cierta manera, que normalmente adquirimos repitiendo acciones que nos resultan gratificantes.
    Según nuestra aplicación de la noción aristotélica de hábito a la psicología y la neurociencia de hoy día, hay hábitos buenos que nos ayudan a hacer ciertas conductas cada vez mejor, y que de hecho las disfrutemos más, mientras que hay hábitos malos que hacen nuestra conducta más rígida, incluso incontrolable, y alejada del disfrute. Según C. S. Lewis, el hábito malo es el ansia creciente de un placer decreciente.
    Afortunadamente, la mayoría de nuestros hábitos no son incontrolables, y nuestra segunda naturaleza es plástica, aunque duela cuando empieza a cambiar. ¿Cómo cambiamos nuestros hábitos de manera efectiva? Por un lado, resulta mucho más fácil sustituir un hábito por otro que tratar de adquirir un hábito de cero –o de eliminar un hábito indeseable–.
    Por otro, para que un hábito sea bueno, es decir, flexible y mejore nuestra conducta, tiene que estar dirigido a un fin; más aún, un hábito bueno nos ayudará a alcanzar fines cada vez más complejos, que al principio parecían inalcanzables.
    Por ello, si queremos adquirir un hábito bueno, es importante apuntar a los fines más cercanos para, una vez alcanzados, que estos se conviertan en medios para conseguir fines más complejos.
    Tener un fi n lejano en mente está bien, pero no debemos obsesionarnos con conseguirlo, pues al no hacerlo caeremos en el desánimo.
    Si queremos hacer ejercicio físico durante el confinamiento, porque el gimnasio está cerrado y detestamos el running, va a servir de poco marcarnos como objetivo la pérdida de peso.
    Vamos a apuntar mejor a realizar diez minutos de actividad física hoy: no “al día”, sino hoy. Vamos a disponer un entorno que nos ayude, que reduzca el rozamiento: una hora fi ja, con música, teniendo preparados la ropa de deporte y el plan que hemos encontrado en Internet.
    Lo haremos y nos resultará gratificante solo por haberlo hecho, y eso hará que mañana nos resulte más fácil repetirlo; pero el objetivo de mañana será el mismo: diez minutos de actividad física hoy. Cuando esto esté consolidado, podremos plantearnos fines más complejos: aumentar el tiempo, el esfuerzo, o, ahora así, perder peso.
    ¿Y a nivel cerebral, cómo es esto posible? Cualquier cambio en nuestra conducta lleva asociado un cambio en nuestros cerebros. Antiguamente existía un neuromito* en el que todavía hay gente que cree, y es que nuestros cerebros no cambian.
    Esto es totalmente falso, y estudios de todo tipo demuestran que el cerebro, no importa la edad, cambia con cada una de nuestras acciones. Bien es cierto que la capacidad de cambio es mayor en la infancia o adolescencia, pero parte se conserva durante toda nuestra vida.
    Las neuronas, las células que generan y transmiten el impulso nervioso, pueden establecer nuevos contactos con otras neuronas, fortalecer sus conexiones, o estirar y encoger sus ramificaciones.
    Estos eventos celulares son la base biológica de la formación de nuevos hábitos. Ambos aspectos, el biológico y el mental –en el caso de los hábitos, la disposición a realizar cierto tipo de acciones–, son igual de importantes, y forman un conjunto inseparable: el sistema mente-cerebro.
    Pero los efectos de la pandemia han podido ir más allá, atravesando nuestra segunda naturaleza para alcanzar el “continente de nuestra vida”, en palabras de Ortega y Gasset: las creencias, quien afirma que estas no son ideas que tenemos, sino ideas que somos: “Son creencias radicalísimas que se confunden para nosotros con la realidad misma –son nuestro mundo y nuestro ser–”.
    Una creencia es aquella afirmación que estaríamos dispuestos a tomar por verdadera, incluso aunque nos presentaran pruebas extremadamente sólidas en su contra.
    Hábitos y creencias van de la mano, pues predisponen nuestro modo de actuar y de entender el mundo, que son inseparables.
    Con la llegada de la pandemia, esperamos comprobar si la crisis del COVID-19 ha afectado a creencias sociales, científicas o trascendentales que parecían intocables unos meses atrás.
    En conclusión, la pandemia nos está cambiando. Por una parte, nos ha obligado a cambiar conscientemente hábitos que teníamos bien asentados, con el impacto cerebral que eso conlleva; por otra, puede que haya cambiado nuestras creencias acerca del mundo, alterando nuestra forma de abordar la realidad. Lejos de alarmarnos, debemos ser optimistas ante estos cambios: no hay nada imposible para nuestro sistema mente-cerebro.
    La pandemia es una oportunidad para encontrar fines a los que dirigirnos, deben ser fáciles de conseguir, y que pronto se convertirán en medios para alcanzar fines más complejos.
    Así, casi sin darnos cuenta, habremos adquirido hábitos buenos que nos ayudarán a crecer como seres humanos.
    De la misma manera, las experiencias vividas pueden convencernos de que, por encima de ideologías enfrentadas, hay creencias que deberían salir reforzadas de esta crisis: el respeto a los demás y el cuidado de los más débiles e indefensos.
    Neuromito:«Algunas personas usan más el hemisferio derecho y otras usan más el hemisferio cerebral izquierdo .»
    La creencia de que algunas personas usan más un hemisferio cerebral –derecho o izquierdo- que el otro, no tiene ninguna base científica. Esto es un mito, ya que todas las personas utilizamos ambos hemisferios por igual y, de hecho, los hemisferios no están aislados sino están conectados por una ancha banda de axones. Es un neuromito pensar que los individuos pueden ser categorizados como cerebro izquierdo o cerebro derecho en términos de su personalidad y su forma de procesar la información. Los hemisferios se conectan entre sí y funcionan siempre como un todo unificado.

    Raimundo Gabriel Lic. en Psicología (MP 20680)
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