
Conocimos a Chela un impreciso día, de un mes de marzo, a principios de la década del 70. En esa época cursábamos la primaria en la Escuela Nro. 23, de Urquiza y Pueyrredón, de Zárate. Los que íbamos a los primeros cursos, estábamos en la planta baja. La escuela 23, construida en un barrio de casas bajas, era una de las pocas construcciones que tenía planta alta, y una escalera de mosaicos graníticos que llevaba al primer piso, donde daba clases la señorita Chela, María Graciela Acuña.
Los recreos los pasábamos en el patio de la planta baja. Los más grandes, en el de arriba, pero siempre se inflitraba alguien: algún hermano o primo bajaba. Y nos preocupaba diciendo que ya íbamos a saber lo difícil que eran los años por venir. Que había tres maestras por curso, mientras que ahora nosotros sólo teníamos una. Pero que lo mejor que nos podía pasar era que una de esas tres fuera “Chela”.
El tiempo pasó, y después de tener en cuarto a Amparo Gómez, en quinto a Marta Luzardi, llegó tener que ir al piso de arriba, y por suerte a nosotros nos “tocaba” Chela. Chela no tenía fama de ser maestra buena. Chela era famosa por ser una buena maestra. Nunca retaba y sin embargo tenía autoridad. Nunca elevaba la voz y sin embargo siempre se la escuchaba. No reprobaba y todos aprendíamos. Ni en los recreos podía descansar: la rodeaban chicas y chicos, revolucionados y alborotados alrededor de esa maestra que repartía palmadas en las cabezas y hombros de sus circunstanciales alumnos. Apoyando, calmando, apaciguando, aplacando, bajando cambios a tanta potencia estudiantil. De sexto pasamos a séptimo. Y llegó el día que quedarían atrás para siempre sus clases, sus pizarrones; porque ahora, pasaríamos de tres maestras, a 10 a 12 profesores. La alegría del cambio de etapa no era plena. Quedaba la melancolía de no tener más a Chela. Y así fue.
Chela pudo ser ministra, intendenta, secretaria de estado, y muchísimas tantas otras cosas. Pero fue lo que eligió y eligió esto. Ser docente. Formar alumnos y docentes. Formar personas. Dejar estos recuerdos, vivencias inolvidables, de cómo enseñar, de cómo expresarse, de lo que era la historia, la geografía, los mapas de la Provincia con tapitas, en los que poníamos vaquitas y gallinas en el agrícola, autitos en el de industria, etc. Lo que se enseña bien, y que sale de las entrañas no requiere otra cosa. Eso y un poco del Manual del Alumno Bonaerense y ya está. Recibimos una educación de excelencia a pocas cuadras de nuestras casas. Una educación igualitaria en una escuela de barrio, como la que también había en la 10 y en la 1, escuelas del centro. Todos formados igual. Todos igualados con guardapolvos, carteras de cuero, medias ciudadela y zapatos con suela Febo, todo accesible. Marcas sencillas, al alcance de cualquier chico. Para que más? Una cartuchera y un cuaderno Rivadavia o Gloria. Era necesario muy poco para recibir tanto, de Chela, de Marta Perrota, de Nelly Kerelenko, de Elena Froman como directora, de Miriam Guerci en el piano, del salón de actos.
Pero la vida pasó. Y llegó la secundaria y siguió pasando hasta hoy. Chela siguió presente en todos nosotros, en grupos de alumnos, en hermanos, amigos. Siempre supimos de ella y ella de nosotros. No es común. Pero de ella no se podía esperar otra cosa, porque así nos formó. Nos transmitió conocimientos y sentimientos. De ninguno nos pudimos olvidar. Nos dejó huellas, como las que debe haber en la escalera de mosaicos que usábamos para subir al primer piso. Chela era la maestra que mas queríamos.
Chela fuiste la maestra
que más quise!
JLN

Chela era famosa por ser una buena maestra.
Nunca retaba y sin embargo tenía autoridad.

en un barrio de casas bajas, en la década del 70 era una de las pocas construcciones que tenía planta alta, y una escalera de mosaicos graníticos que llevaba al primer piso









