La historia argentina escribió esta semana una página sin precedentes: por primera vez, una expresidenta fue condenada con sentencia firme por corrupción. Cristina Fernández de Kirchner no fue condenada por su ideología ni por sus enemigos políticos. Fue condenada por robarle al Estado, es decir, a cada uno de los argentinos.
La Justicia determinó que durante su gobierno se desviaron más de 84.000 millones de pesos en contratos direccionados a un empresario cercano. Actualizado al valor de 2025, ese monto equivale a 33,6 billones de pesos. Para ponerlo en perspectiva: cada argentino perdió $736.636, o USD 587. Esa es la verdadera grieta: entre los que pagamos y los que se enriquecen.
No fue Milei. No fue la prensa. Fue la Corte Suprema de Justicia quien, tras años de pruebas, testimonios y apelaciones, falló. Esto no reivindica al sistema judicial, que sigue siendo lento, desigual y muchas veces funcional al poder. Pero tampoco puede relativizarse. Esto no fue persecución: fue justicia. Y aunque llegó tarde, llegó.
Desde mi banca como concejal he denunciado decenas de irregularidades, he exigido transparencia, y he argumentado técnicamente en cada sesión no para ganar protagonismo, sino porque creo en la ley. Creo, profundamente, que todos somos iguales ante dos cosas: Dios y la ley. Y si eso no se cumple, el sistema se quiebra.
La condena a Cristina no puede ser sólo una noticia. Tiene que ser un punto de quiebre. Un límite. Un “nunca más” a la impunidad. No podemos permitir que los responsables de vaciar el Estado con discursos de justicia social se reciclen bajo nuevas formas.
La dignidad no está en ir presa. La dignidad está en no haber robado nunca.
Quiero que los jóvenes admiren al que trabaja, no al que roba con carisma. Que los cargos públicos dejen de ser el premio al vivo de turno. Que los que no roban, los que no se callan, los que no se venden, se animen a dar un paso al frente.
Cristina se va por la puerta de atrás. Nosotros vamos a entrar por la puerta grande. Con valores. Con preparación. Sin bolsos. Con propuestas. El miedo se terminó. Ahora empieza el tiempo de los que no se callan.











