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Raúl Sciarretta: Filosofía, técnica y sujeto

Por Pablo Gallardo

Raúl Sciarretta, filosofo zarateño (1922-1999) aparece como una figura singular dentro del pensamiento argentino. No separó la filosofía de la experiencia histórica concreta, ni la reflexión especulativa de los dilemas de su época. Su interés, durante sus últimos años de vida, por la reflexión en torno a la tecnología y la técnica no responde a una curiosidad instrumental o una simple crítica cultural, sino a una pregunta más radical: ¿qué ocurre con el sujeto humano cuando el mundo entero se organiza bajo formas técnico-científicas que ya no parecen obedecerlo?
Sciarretta pensó desde una zona de cruce entre Marx, Heidegger, la epistemología y la filosofía política.
En ese cruce, la técnica -y aquí está parte del “escamoteo ideológico”– se presenta como un simple medio o instrumento neutral de un sujeto, cuando en realidad se ha convertido en una configuración epocal de fuerzas modeladoras de la vida , que en palabras de Sciarreta “no son sometibles a una hegemonía de sujeto”.
La figura del sujeto se borra frente a la figura del intelecto- maquina, “sustituyendo la actividad mental directa del pensamiento como producción: la máquina produce, la intervención del agente está descolocada. La nueva tecnología no tiene sujeto. Entonces… ¿Quién controla? ¿Quién es el sujeto del saber informatizado? El capitalismo se vuelve anárquico e inorgánico y la computadora es la clave de esa posibilidad”.” (Sciarretta, Hacia un nuevo empirismo, 1999).
Dicho de otro modo: no se trata solo de aparatos, máquinas o dispositivos, sino de una forma histórica de organizar la vida, el trabajo, el saber y la experiencia. La técnica, así entendida, no está fuera del hombre; es una de las maneras en que lo humano se constituye.
Pero justamente por eso también puede volverse- como vislumbró otro gran filosofo argentino, Oscar del Barco-el lugar de su pérdida.
Sciarretta lee este proceso como parte de una hiper-modernidad que ha llevado la relación entre sujeto humano y mundo sociotécnico a un punto crítico. El trabajo vivo pierde espesor frente a las estructuras objetivadas del capital tecnificado. El sujeto no desaparece simplemente, pero deja de ocupar el lugar central que la tradición humanista le había asignado. En su lugar aparece una trama técnicoeconómica que parece funcionar sola, o casi sola, y que transforma a las personas en piezas de un engranaje cada vez más impersonal.
Esto no significa que Sciarretta caiga en un fatalismo simplista. Su pensamiento no dice que la técnica condena automáticamente a la humanidad, sino que obliga a repensar el modo en que entendemos autonomía, acción y responsabilidad. La crítica no apunta a las máquinas, sino a la forma histórica en que una civilización organiza su relación con ellas. Por eso el problema es filosófico y político al mismo tiempo.
Leído hoy, Sciarretta resulta especialmente actual. Su reflexión anticipa cuestiones que hoy se vuelven centrales con la inteligencia artificial, la automatización de decisiones y la expansión de sistemas que procesan datos, clasifican comportamientos y producen decisiones y respuestas aparentemente autónomas. La Inteligencia Artificial Generativa no es simplemente un nuevo artefacto; puede pensarse como una intensificación de esa misma mutación histórica que Sciarretta entrevió: el pasaje hacia sistemas capaces de condensar saber, cálculo y decisión en una escala que desafía el control humano ordinario. Sciarretta ofrece, entonces, una advertencia y una exigencia. La advertencia es que la técnica puede devenir una fuerza de deshumanización si se la naturaliza como destino instrumental.
La exigencia es que el pensamiento filosófico no renuncia a interrogar ese proceso. Pensar la técnica no es un lujo teórico: es una forma de no entregar el sujeto por completo a la opacidad de los sistemas que lo rodean. También es una exhortación a repensar los vínculos entre la filosofía de Heiddeger y la de Marx, ya que según Scarretsa, “el dialogo propiciado con Marx en la Carta sobre el Humanismo de Heidegger, nunca se produjo y la tecnología se quedó para siempre sin sujeto” En síntesis, ni la utopía ilustrada de Marx de una futura sociedad donde la tecnología nos hace más libres ni el “poetizar-pensante” como custodia del Ser en Heidegger, son respuestas filosóficas satisfactorias para el mundo actual.
Algunas de sus breves reflexiones sobre el problema de la técnica, se actualizan en estos debates del presente:
¿La IAG profundiza la bancarrota ética y cognitiva del sujeto moderno o inaugura nuevas formas de subjetividad mediada algorítmicamente?
¿Qué nociones de libertad, identidad y autonomía presupone el “sujeto de datos” en el capitalismo de plataformas y en qué sentido esas nociones resultan suficientes para propiciar regulaciones del mundo digital promover de la soberanía de datos de los países?
¿Qué parte de nuestra vida cognitiva y experiencial individual y colectiva estamos dispuestos a delegar sin perder capacidad crítica?