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  • Encuentro y autogestión en el Delta del Paraná

    7/12/2019

    La lancha isleña va surcando las aguas marrones del Río Paraná y enfila hacia el canal Alem. La densa vegetación, cada tanto devorada por las aguas, se extiende con espesura en ambos márgenes de la centenaria obra ingenieril.
    El paisaje homogéneo sólo se interrumpe cuando la cortina de árboles se abre para dar espacio a un claro donde se alza una edificación. Desesperados, los perros corren hasta el último centímetro de los muelles para lanzar su ladrido al motor de la canoa que ronronea y quiebra la quietud.
    Tan solo quince minutos separan la costa campanense de nuestro destino; un territorio isleño, que algunos con cariño llaman “Baru Guazú”, habitado por el investigador y fotógrafo Matías Barutta, que en esta oportunidad abrió sus puertas para el acontecer del decimosexto volumen de Cable Tierra – Edición Paraná.
    Roberto Arlt dice que pensar en el Delta supone en el lector no informado la triple asociación de isleño-fruta-canoa. Un límite semántico para aquello que en esta ocasión trasciende la lingüística con una apuesta discursiva, estética y autogestiva.
    Todo lo que se pueda decir sobre este acontecimiento será una aproximación misteriosa, tan misteriosa como el monte que bajo la superficie de la tierra, conecta desde el primer hasta el último árbol. La Naturaleza es colaborativa.
    Cable Tierra no fue un cuerpo de partes ensambladas, sino una encarnación colectiva que partió del deseo de Facundo Salgado (Rumbo Tumba), Matías Barutta (Proyecto Delta) y la banda de San Pedro, que conforman Julián Borrell, Nina y Luisina Pedicini (Casa Raiz), y Marcelo Cominetti, con el foco en generar una pieza artística única, desde y para la Isla, con un desarrollo estético ligado a la texturas del monte y del río.
    En tiempos donde la acumulación del capital es simbólica, más que económica o financiera, durante dos días, lo que se celebró fue el encuentro de casi 150 personas que abandonaron el vértigo de las ciudades, para sumergirse en el barro insular. El Delta habla para quienes quieren escucharlo. Habla a través de su gente, de los hacheros, los cazadores, del pescador. Habla y lanza verdades; lo que allí abunda, es todo lo contrario a la soledad.
    “Baru Guazú” es una porción de tierra acondicionada para la ocasión. A destajo trabajaron durante semanas los organizadores del festival para proveer todo lo necesario en la ceremonia. Y decimos ceremonia, porque la apuesta política fue imbricar a su gente y nutrir la resistencia discursiva ante el acecho de la especulación que siempre vuela rasante, a veces, imperceptible.
    Con meticulosa precisión, la grilla artística fue el primer desafío: en eso, la apuesta fue apelar al eclecticismo, para que todos podamos mirarnos a los ojos, y reconocernos en la diferencia, en la sensibilidad. No es casual ni caprichosa esta característica, porque la sensibilidad, tan poco estudiada por la comunicación, es la capacidad que tienen los seres humanos de comunicar aquello que no se puede decir con palabras. Es una percepción compartida de los cuerpos, de los organismos colectivos que experimentan el afecto, la solidaridad social, la empatía. Una facultad que nos permite entrar en relación con entes que no están hechos de nuestra misma materia pero que nos conforman en un todo.
    La estética latinoamericanista propuso durante la tarde del sábado un eje poético litoraleño, deltiano, con expresiones folclóricas como Cauce (Rocío García y Hugo Correa), las texturas mesopotámicas y el chamamé de Priscila Colom “La Gurisita de la Costa”, las artes performáticas de Lxs Aparecidxs y los mantras en loop de Lauphan. También fue el turno de la poeta Fátima Álvarez, que con sus versos da suaves pinceladas como caricias, que pintan el paisaje isleño con la pureza que le dieron los años de vivir en el Delta.
    Si algo es llamativo de la isla, es la presencia imponente del cauce del río, que aunque no se lo esté atendiendo, resignifica todo el acontecer.
    Un ensamble de voces y tambores, con bailes cantados del folclore afro-colombiano fueron la candela que encendieron las Chanas cuando promediaba la tarde, mientras el sol lanzaba sus últimos rayos sobre las cálidas aguas doradas. La incorporación del baile desterró cualquier halo de individualidad, dando espacio a seres que concatenaban para crear algo nuevo, que no existía, en una conjunción que deviene otro. Sincronizaban sus corazones al ritmo tamboril.
    En la construcción de sentido de la autogestión, el cuerpo colectivo y colaborativo pone de relieve la creación de nuevas estructuras estéticas, productivas, existenciales.
    La noche en la isla es otro cantar. La luz natural se retira y un nuevo mundo, con sus propias reglas, entra en el juego. Los sentidos se agudizan, y ese fue el golpe de efecto del festival. El espacio que durante el día había funcionado como escenario fue desmantelado y se convirtió en un portal, un umbral, un sendero iluminado por velas, que parecían estrellas caídas del cielo por goteo y guiaban hacia un claro rodeado de vegetación. Desde una estructura de troncos y cañas, las primeras atmósferas electrónicas de Pol Nada, hicieron crujir el silencio montaraz. Como en estado hipnótico, nos fuimos acercando hacia el origen de esos sonidos experimentales, dudando si se trataba de una picardía onírica o de la mismísima realidad.
    Llegó el momento de Rumbo Tumba, que junto a Matías Barutta interpretaron “La línea del Río”, para luego continuar con su repertorio de texturas andinas, trazando un diálogo en clave instrumental con la noche, el río y el monte. La velada, cerró con el set list de San Ignacio y un encuentro percusivo alrededor del fuego, de la mano de los Tambores del Paraná.
    En la tarde del domingo, completaron el line up las presentaciones de Cyma, Fundy Pedernera y el despliegue psicodélico de cumbia amazónica de Rolando Bruno.
    Al iniciarse el atardecer, todos embarcaríamos en distintas naves de nuevo hacia el continente, superpoblado de recursos y fastuosidades, pudiendo valorar absortos la magnitud de lo creado en esos dos días con los tantos límites propios que se barajan del otro lado del río. “Fue épico”, concluye Barutta luego de unos días de digerido tremendo acontecimiento. “Ni los mosquitos se atrevieron a romper el clima y la sudestada nos dejó el agua al pie del escenario como queriéndose asomar a escudriñar tanta belleza”.
    Mucho o poco, algo nos llevaríamos de aquel festival que interpeló nuestros privilegios; y que nos dijo que como en el monte, bajo la superficie, todo camina un poco más lento, pero allí habita la naturaleza profunda de los acontecimientos. Cuando un sonido nace, queda rebotando entre las cosas durante años como un murmullo, a veces enigmático, subrepticio y rizomático. ¿Qué textura darán las maderas, cuando este canto colectivo, se abra paso monte adentro?.

    Los organizadores: Julián Borrell, Luisina Pedicini, Facundo Salgado, Marcelo Cominetti, Matías Barutta y Nina Pedicini.