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  • De La Quiaca a Ushuaia: una travesía de superación en dos ruedas

    22/12/2019

    Cuando los médicos le diagnosticaron una insuficiencia renal a Alejandro Paz (42) en 2009, también le dijeron que durante los años siguientes debería continuar su vida normal, con algunos cuidados y controles. Fue una detección temprana, por lo cual no sintió cambios en su organismo en lo inmediato.
    Un diagnóstico clínico desfavorable, sea la patología que fuere, puede derivar en múltiples aristas emocionales o psicológicas. Para algunos, el temor, la incertidumbre, lo desconocido del cambio repentino del modo de vida puede ser un condicionamiento en la vida diaria, pero para otros, la adversidad es solo un momento, un instante desde la perspectiva no lineal de la vida. Así lo entendió Alejandro, quien en el último año conectó el extremo norte y el extremo sur de nuestro país en su motocicleta.
    Encarar una travesía en un vehículo como ése es mucho más que recorrer rutas y parar, cada tanto, en algún pueblito perdido del interior del país. Es un encuentro personal, un diálogo permanente de autoconocimiento e introspección. Un viaje al interior de uno mismo.
    En noviembre del año pasado, Alejandro se despidió de sus hijas, encendió su motocicleta Honda Falcon y tomó la ruta hacia la provincia de Córdoba. Comenzaba así, la primera etapa de su desafío. El destino era La Quiaca, el pueblo jujeño de paisaje montañoso ubicado en el norte argentino, a 5121 kilómetros del segundo destino: Ushuaia.
    Por aquellos días, Alejandro realizaba un tratamiento de diálisis peritoneal, con un sistema que le permitía realizarse el procedimiento él mismo y que cumplió al pie de la letra, recorriendo los remotos poblados de Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy.
    Aunque ya había realizado viajes largos en su motocicleta con destinos como la costa atlántica o Punta del Este, aquella meta no sería una más. Vagos recuerdos tenía de esos paisajes, recuerdos de su niñez cuando junto a su madre desandaban las vías del ferrocarril camino a Santa Cruz de las Sierras, en Bolivia.
    Aquel pequeño Alejandro, con 14 años, tenía una mirada parcial esos pueblitos, pues solo accedía a la postal que encontraba al mirar por la ventana desde el tren. Veía los techos de algunas casas, la tierra reseca, la sombra de las nubes en las laderas de la montaña. Por eso, regresar tantos años después en un viaje que duró cuatro días, tuvo un color especial. Sería ir un poco más allá de los destellos que ofrecía el recuerdo, tomando contacto con su gente, con el territorio.
    Durante el último invierno, los médicos le plantearon a Alejando otro tratamiento: de ahí en más debería someterse a hemodiálisis tres veces por semana. Un procedimiento que dura cerca de tres o cuatro horas y que deja algunos malestares en el cuerpo. Las picardías del destino a veces aparecen solo para que uno reafirme su voluntad, tenacidad y arrojo.
    Fue así entonces, que el pasado 24 de noviembre, el viajero volvió a montar su compañera de dos ruedas y salió rumbo a la ciudad más austral del país, donde se llevaría a cabo el Encuentro del Fin del Mundo, un encuentro de motoviajeros que recibe a cientos de personas que llegan de distintas partes del globo.
    Tras dejar atrás la provincia de Buenos Aires, Alejandro cruzó La Pampa y a la altura de la ciudad rionegrina de Las Grutas, tomó la Ruta 3 que costea el mar argentino y el océano Atlántico. Si algo caracteriza al espíritu de los viajeros es la solidaridad y la hermandad por sus pares que ponen el cuerpo en los caminos. Entre sus anécdotas, cuenta que cuando salía de Caleta Olivia, divisó un motociclista al costado de la ruta, que presentaba algunos problemas en su vehículo. Sin dudarlo, se detuvo y prestó su ayuda para reparar el desperfecto. Allí, intercambiaron presentaciones, y luego de algunos minutos, ambos se despidieron y cada uno continuó su viaje, sin saber que coincidirían nuevamente en el mismo hospedaje en Ushuaia.
    Tras cinco días en las rutas, Alejandro finalmente llegó a la capital fueguina donde permaneció otros cinco días, y participó de las distintas actividades del encuentro. Previamente, había coordinado su hemodiálisis con su obra social, por lo que a pesar de algunos atrasos, pudo darle continuidad a su tratamiento.
    “Este viaje fue por la superación de uno mismo, para saber que lo podía hacer. También, para que aquella persona que esté en la misma situación no se sienta atada a que no va a poder hacer nada; de una u otra manera, si se lo propone va a poder lograrlo”, cuenta Alejandro a LA VOZ y envía un mensaje de superación y esperanza.
    “Lo que quería hacer era esto, quisiera seguir haciéndolo pero este viaje me costó mucho”, señala, y a la vez remarca la importancia de llamar a la reflexión acerca de la donación de órganos, un gesto fundamental que permite prolongar y mejorar la calidad de vida de muchas personas, como en su caso, que le ofrecerá mejores condiciones para continuar con su pasión y buscar nuevos destinos en el camino.

    Alejandro al pasar por el Parque Nacional de Tierra del Fuego.