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  • Los incendios del Delta: un antiguo problema que requiere solución

    31/8/2020

    Los incendios que vienen sufriendo las islas de nuestro Delta lejos de constituir un problema actual, tiene una larga tradición que no ha podido ser erradicada por los gobiernos desde los tiempos coloniales. En el libro El Delta del Paraná de Sergio D. Robles, recientemente editado por Prohistoria, el autor recoge una actividad económica predatoria del valioso ecosistema de humedales, señalando:
    “Los aspectos económicos aparecen en numerosas referencias desde el siglo XVIII, siendo Azara uno de los más atentos en identificar recursos estratégicos autóctonos, como el guenbé y el ibirá, utilizados para las construcciones navales. Los relatos refieren, básicamente, al aprovechamiento económico de dos recursos: la leña, para venderla como tal o para su transformación en carbón, y los frutales durazno y naranja. Concolorcorvo, en el último tercio del siglo XVIII, afirmaba al respecto que los primeros montes de duraznos situados en cercanías de Buenos Aires fueron los del Delta utilizados para la comercialización de su madera como leña, la cual se conduce a la ciudad, siendo mucha leña en rajas que traen las Lanchas de la parte occidental del Paraná, y muchas carretas que entran en los montezuelos de las Conchas. (actual Tigre)
    Hacia las primeras décadas del siglo XIX, los hermanos Juan y Guillermo Parish Robertson ratificaron la importancia de estas actividades dentro del circuito de las pequeñas economías de los pueblos ribereños y aún de las familias pobres de la ciudad de Buenos Aires: estas islas están cubiertas de naranjos, duraznos y otros árboles. Las frutas se llevan a Buenos Aires en gran cantidad, y las ramas sirven para hacer carbón que, lo mismo que los frutos, se derivan al mercado de la ciudad.
    En el mismo sentido se pronunció D’Orbigny quien apuntaba que en las épocas de cosecha de los duraznos, muchas familias se trasladaban diariamente a las islas con infinidad de canoas con el propósito de cargarse de fruta que luego van a vender en Buenos Aires.
    Por su parte, las naranjas silvestres, de sabor amargo, eran recolectadas por familias enteras, y luego cortadas en trozos para exprimirle su jugo, que se conservaba en barriles para procurarse… una bebida refrescante muy estimada en el país. Según el naturalista francés, algunos europeos intentaron llevar adelante también un negocio provechoso recolectando las flores en su estación, para destilarlas y extraer agua de azahar pero esta actividad no prosperó entre los criollos.
    Otros autores, observaron que muchas familias pobres de Buenos Aires solían recolectar duraznos para disecarlos, enteros (pelones) o en lonjas (orejones), para ser consumidos en invierno o bien prepararlos como mermelada. Por su parte, Sastre señaló que algunos extranjeros trataron de aprovechar la inmensa cantidad de duraznos que se pierde cada año en las islas, extrayéndoles aguardiente por fermentación, y aunque lograron obtener un producto de excelente calidad, no pudieron proseguir con la empresa por falta de previsión o medios, o por efecto de las trabas que opone a todas las explotaciones industriales que se emprenden en el país, la carestía de mano de obra y la pereza de los obreros.
    Otro de los recursos que tuvo una gran demanda en el mercado local fue el carbón vegetal, fabricado en las islas, al menos desde el siglo XVIII. D´Orbigny resaltó los problemas que generaba su producción debido a que gran número de carboneros acude todos los años a hacer su provisión de carbón, llegando a ahumar el país a veinte leguas a la redonda. Asimismo advertía que esta manera de fabricación era sumamente viciosa porque se pierde mucha cantidad de madera…sin que los torpes explotadores se preocupen mayormente por el daño, adjudicando el origen de esta desafortunada explotación a la circunstancia de que las islas fueran de dominio público, de manera que cada cual puede disponer de la madera como le plazca”.