• Hoy 9 - Zárate - 10.9° / 15°
    • Nublado
    • Presión 1023 hpa
    • Humedad 64%
  • El arte también existe

    5/12/2020

    *Por Julio Belando

    A lo largo de este año en pandemia, hemos descubierto que podemos vivir sin auto, sin viajes, sin vacaciones, sin ropa nueva, sin salir a cenar o de shopping, sin comprarnos ropa ni cosas superfluas. Pero al mismo tiempo, entendimos que no podemos vivir sin libros, sin música, sin cine, sin teatro. En definitiva, sin los goces que nos proporciona el arte. Y, sin embargo, estas cosas simples, intangibles y leves, tan importantes para nuestra felicidad cotidiana, no son “esenciales” según lo entienden los gobiernos y la política.
    Si algo nos ha quedado claro en estos tiempos de pandemia y cuarentenas que jamás imaginamos vivir, es la poca certeza que tenemos en relación a nuestras vidas individuales y nuestro futuro como sociedad. Hemos vivido temerosos mucho tiempo ante la posibilidad eventual de una tercera guerra mundial, la amenaza atómica, el terrorismo internacional, la degradación del medio ambiente y la irracionalidad de los gobiernos, pero – más allá de la ciencia ficción- creo que nunca tuvimos en cuenta nuestra total impotencia y debilidad ante un microorganismo, un huésped invisible, que pudiera significar el final de la vida en el planeta. Es la primera vez que la humanidad, en nuestra era, siente la verdadera sensación de finitud, y de la pérdida de todas las certezas.
    De golpe, una pandemia se desata y aquello que Sigmund Bauman definiera como la vida líquida de la posmodernidad, se torna absolutamente palpable en el derrumbe de todas nuestras más firmes creencia, convicciones y proyectos de vida. Ni científicos, ni médicos, ni Gobiernos de todo el mundo tienen aún la respuesta ni la solución definitivas. Estamos, literalmente, a merced de nuestro destino, enfrentando miedos y temores impensados en épocas en que, pese a nuestro ancestral individualismo, hacíamos planes colectivos para el futuro.
    Todos padecemos de incertezas, de miedo al futuro. Por algo, crecen las consultas a psicólogos y psiquiatras. Millones de personas en el mundo han perdido sus trabajos y lo que es peor aún, profesiones enteras tal vez no puedan sobrevivir y muchas se tendrán que adaptar al teletrabajo, el home office, las nuevas formas de socializar y de relacionarnos vía protocolos.
    LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL ARTE
    Pero dentro de ese universo de personas aterradas y amenazadas por el desempleo, sin lugar a dudas, son los artistas quienes, con más dureza, han sufrido esta sensación de vacío, de creciente “levedad”, como diría Milan Kundera, que se apodera de su quehacer.
    Habitualmente, los gobiernos y a veces incluso la gente común tiende a pensar que el trabajo artístico no es un trabajo, y que los artistas sobreviven de alguna otra cosa; hay quienes directamente piensan que son vagos delirantes u ociosos y cómodos o inadaptados sociales quienes se dedican a la poesía, la música, la pintura, la danza o el teatro. Yo que los conozco de cerca, sé que algo de locura hay en todos ellos, y en buena hora que así sea. Algo de esa locura que nos ayuda a vivir en un mundo que no sólo se mida en números, proporciones, estadísticas o ganancias.
    ¿Cómo habríamos sobrevivido a meses de aislamiento sin el soporte del arte? Imaginemos un mundo sin música, sin cine, sin pintores, sin poetas. ¿Cómo sería hoy estar en casa sin escuchar las canciones que más nos gustan, sin ver en tv aquellas películas que por repetidas que sean nos alimentan el corazón; sin libros en la biblioteca o, en los soportes más nuevos, sin Netflix, sin Spotify o sin Teatrix? Podrán cambiar las tecnologías, los formatos, pero siempre necesitamos del arte en nuestras vidas. Y si no nos dimos cuenta antes, seguro lo hicimos en este 2020, cada vez que añoramos un recital o una salida al teatro o al cine. La tecnología, a través del arte, quizá haya sido nuestro reaseguro contra la locura.
    Ahora, pensemos que todos esos locos tan poco valorados, que nos llenan la vida de esperanzas, y que comúnmente llamamos actores, cantantes, músicos, poetas, pintores, bailarines son también personas como nosotros que necesitan de su trabajo para sobrevivir y hacernos la vida mejor, porque también el arte nos sana. Un artista es esencial, tal vez más que muchos otros trabajadores, porque no hay ninguna persona en el mundo que no necesite de ellos, aunque no lo haya analizado conscientemente.
    Así y todo, estas personas, que en nuestro país solamente son miles, han estado casi todo el año sin trabajo sobreviviendo como pudieron, con el apoyo de algunas asociaciones de ayuda, fundaciones, solidaridad de sus compañeros, la comunidad y algún que otro subsidio del Estado, son seguramente los trabajadores más golpeados de la pandemia.
    Sobrevivir para nosotros es fácil porque, afortunadamente, ellos nos dejaron mucho arte forjado desde hace siglos y aún lo podemos disfrutar. Para ellos, el tema de la supervivencia es hoy, es urgente, porque la pandemia los ha dejado diezmados, la solidaridad se agota, la plata de los subsidios también y la idea de volver a producir, volver a grabar, escribir, filmar o subir a los escenarios es apenas una posibilidad sujeta a la esperanza de la vacuna. Y mientras tanto, la vida transcurre sin soluciones a corto plazo.
    Es imperativo comprender esta realidad del arte como una emergencia, y afrontarla como tal. Miles de artistas, escuelas de arte, centros culturales, bibliotecas, productoras de cine, estudios de grabación, institutos de danzas y teatros están en peligro de extinción. Nuestro ecosistema cultural pide ayuda a gritos. Hay que ver si los presupuestos del año próximo alcanzan para declarar la “emergencia cultural” y apoyar más fuertemente al sector en todo el país. Sino todos los funcionarios involucrados y los artistas tendremos que buscar soluciones más imaginativas, eficientes y rápidas.

    A %d blogueros les gusta esto: