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  • Amelia Baldivares cumple 100 años en Navidad

    24/12/2022

    Para muchas familias los festejos de Navidad tienen una atmósfera especial, son ocasiones de reunión y encuentro, donde se celebra el tiempo compartido. Pero este año, la fecha será una jornada singular para la vecina Amelia Baldivares, ya que recibirá sus 100 años rodeada del afecto y el cariño de su entorno.
    Amelia nació el 25 de diciembre de 1922, en el Rincón de Zárate; su historia, repleta de vaivenes, es la historia de una persona que encontró en la belleza de la vida, la fuente de valor para sobreponerse a las adversidades. Hija de María Dalila Vascón y Bonifacio Irineo Balvidares, Amelia es la segunda de cuatro hermanos. Su padre era pastero en el Zárate de principios del siglo XX; su madre, hija de inmigrantes italianos, había venido a la Argentina desde Brasil cuando tenía aproximadamente tres años.
    La crisis del ‘30 significó un gran golpe a las economías mundiales y Argentina no fue la excepción. Las dificultades sociales de aquellos años signaron para Amelia una infancia con sinsabores, tal es así que su seno familiar se vio desmembrado y la pequeña Amelia terminó viviendo con su abuela Francisca Solano Zárate.
    Con un siglo de vida transitado, Amelia goza de algunos privilegios: uno de ellos, es su intachable memoria, su locuacidad al repasar uno a uno sus recuerdos, su lucidez y un irrefrenable deseo de vivir. Por eso, al repasar el camino recorrido, no duda en decir que la celebración por sus 100 años, es también un homenaje a su abuela, quien falleció días antes de poder cumplirlos.
    Como si repasara un álbum de fotos, Amelia selecciona en la charla con LA VOZ sus recuerdos más distintivos. Describe con sus palabras sencillas, pero profundas, la casa de Francisca, llena de flores de distintas especies y diversos animales que fueron parte del paisaje de su infancia y adolescencia, y que llamarían “El Viejo Rincón”. “A mi abuela la recuerdo hermosa. Cuando estaba mal, perdida, solo recibía comida de mis manos. Era mi consejera, mi madre, mi ayuda, mi amparo. Por eso le escribí un verso” (ver recuadro aparte), cuenta Amelia sobre la persona que dio a luz a 13 hijos en un rancho con techo de paja.
    A sus 16 años, un 18 de marzo de 1939, se casó con Diego Cirilo Ibarra y vino a vivir a Zárate donde formó su familia. Tuvo cuatro hijas: Amelia, a quien todos conocen como “Beba”, Olga, Silvana y Maria Esther. Es el fallecimiento de esta última a causa de una enfermedad, uno de los recuerdos más tristes que evoca la memoria de Amelia. Pero ese dolor supo convertirlo en paz. Allí, la fe que encontró en la Nueva Iglesia Apostólica, le brindó la fuerza espiritual que necesitó para sobreponerse.
    A lo largo de su vida Amelia realizó trabajos en el campo donde le tocó ordeñar, juntar maíz, cortar pasto, cebada, cosechar camote, verduras; también trabajó en una escuela y en el frigorífico Smithfield.
    Amelia ama su ciudad, no solo porque la vio crecer y desarrollarse (todavía recuerda que la calle Hipólito Yrigoyen se llamaba Mazzini y describe con claridad, como si por su mente cruzara una nítida imágen, el zanjón de lo que hoy es la Plaza Italia y que muchos solo vimos por fotos antiguas), sino porque también es la tataranieta de Gonzalo de Zárate, dueño de las tierras sobre las que se fundó esta ciudad.
    “Zárate es lo más grande que tengo, estuve viviendo un tiempo en Buenos Aires y la pasé muy mal, con muy poco lugar para estar”, sostiene.
    Entre sus anécdotas preferidas y que narra a la perfección, tiene como protagonista a una persona que hoy es símbolo de nuestra identidad nacional: Atahualpa Yupanqui. Era el año 1937 cuando el artista visitó Zárate y, por una persona en común, estuvo de paso en la casa de la abuela de Amelia. “Yupanqui me dio una serenata cuando vino a Zárate. Había una concertista de guitarra que era prima y lo invitó a ir al campo”. Atahualpa fue agasajado con pollo frito y cordero. Cuenta Amelia que esa vez ella le llevó mates y una silla para que el músico descansara, pero él prefirió sentarse en el ombú. A su lado, su tía cocinaba el asado y Atahualpa le pidió a Amelia -que estaba cortando leña- que le alcanzara una treve donde apoyar la pava, atizó el fuego y bajo la sombra del gran arbusto exclamó: “Ah! esto es vivir”.
    “Yupanqui se quedó cantando después del cordero, hasta el último tren que era a las 22 horas”, cuenta.
    Amante de la lectura y la escritura, Amelia pasa sus días junto a libros de historia porque dice que “le gusta saber cosas”. También se define como buena jugadora de truco y lanza una carcajada cuando se le pregunta si es buena mentirosa. Mira televisión junto a su familia, ordena su casa, toma mates y cocina. “Me gusta cocinar de todo, antes hacía ravioles y los repartía, ahora ya no”, detalla.
    Tiempo atrás debió pasar meses en su cama, sin poder moverse. Pero ese modo de vida era demasiado estático para su espíritu inquieto: “Un día me solté, vi que podía caminar y caminé sola. Y ahí ya empecé a andar”. En distintos viajes recorrió las Cataratas del Iguazú, San Luis, Mendoza, entre otros lugares. Dice que no sabe cual es el secreto para llegar a su edad con tanta lucidez, energía y claridad mental. Uno podría decir que los ojos con los que Amelia mira el mundo, la sorpresa ante la belleza de las cosas simples y el amor que le ofrece su entorno que componen cuatro hijas, siete nietos y 14 bisnietos, son una parte de ese secreto.

    «Zárate es lo más grande que tengo», nos contó Amelia durante la entrevista.
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