
La Central Nuclear Atucha I, “Presidente Juan Domingo Perón”, inició su construcción en junio del año 1968 en Lima y se convirtió en la primera central nuclear de potencia de Argentina y de América Latina. Fue conectada al Sistema Eléctrico Nacional el 19 de marzo de 1974 y comenzó su producción comercial el 24 de junio de ese mismo año.
Si bien es la primera central argentina, todos sus sistemas de seguridad fueron actualizados y cumplen con las exigencias locales e internacionales.
Desde 2008 a la fecha, Nucleoeléctrica se encuentra ejecutando el Proyecto de Extensión de Vida de Atucha I, cuya finalización permitirá extender su operación por 24 años adicionales a plena potencia. El proyecto de extensión de vida de Atucha I le permitirá a la central operar por un nuevo ciclo de vida útil de 20 años.
La parada de reacondicionamiento tendrá una duración de 30 meses a desarrollarse entre 2024 y 2026 e implicará la creación de 2.000 puestos de trabajo, así como la generación de oportunidades para proveedores nacionales calificados para las tareas de construcción y fabricación de componentes.
Esta obra permitirá mantener la potencia nuclear instalada, proporcionando energía segura, confiable y limpia para más de un millón de habitantes.


El desarrollo de Tecnología Nuclear en Argentina
La investigación nuclear en Argentina nace en la posguerra, cuando el gobierno de Juan D. Perón crea la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) en 1950, con el objetivo de promover el estudio, desarrollo y aplicaciones en todos los aspectos vinculados a la utilización pacífica de la energía nuclear. Esta institución fue concebida con base en los conceptos de autarquía y autonomía defendidos por el núcleo militar desarrollista que consideraba al dominio de la tecnología nuclear como un factor fundamental de prestigio y liderazgo regional e internacional.
El desarrollo nuclear estuvo sustentando en una corriente de pensamiento conocida como pensamiento latinoamericano en ciencia, tecnología y desarrollo que, desde los años sesenta, destacó la necesidad de que los Estados generaran, a partir de políticas activas de financiamiento e infraestructura, una fuerte estructura científica y tecnológica que responda a intereses y objetivos propios de los países de la región, como forma de superar el subdesarrollo.
En este marco favorable se fue conformando el complejo industrial nuclear, con el establecimiento de instituciones científicas y tecnológicas, como los centros atómicos Bariloche (1955), Constituyentes (1958) y Ezeiza (1967), y la creación de carreras universitarias e institutos afines para formar especialistas en el área. Se comenzó con la extracción, refinación, purificación y conversión del uranio; se inició el proceso de producción de radioisótopos para distintas aplicaciones, y se alentó la creación de empresas de alta tecnología, con el propósito principal de concurrir al desarrollo de procesos y de producción de bienes y servicios de interés para el cumplimiento del plan nuclear de la CNEA, además de ayudar a transformar el esquema productivo argentino.10
En 1968, el Poder Ejecutivo impulsó la construcción de la primera central nuclear de Argentina y de América Latina, Atucha I, destinada a abastecer de electricidad a los polos productivos del gran Buenos Aires en un contexto de gran crecimiento industrial que tornaba insuficientes las fuentes tradicionales de energía. En 1973 y 1980 se anunció la construcción de otras dos centrales nucleares, Embalse, en la provincia de Córdoba y Atucha II en la provincia de Buenos Aires. Se resolvió que estas centrales, inauguradas en 1974, 1984 y 2014, respectivamente, utilizaran uranio natural de producción nacional como combustible, debido a que las restricciones internacionales existentes dificultaban desarrollar la tecnología de enriquecimiento.
A mediados de la década de 1980 con la consolidación del modelo neoliberal y la implementación de políticas de ajuste fiscal, los gobiernos democráticos sometieron a la industria nuclear a recortes presupuestarios que provocaron el envejecimiento de su equipamiento, la minimización de gastos operativos, y la pérdida de personal científico y técnico. A pesar de esta situación crítica, la acumulación histórica de capacidades propias, el reconocimiento público y la dimensión alcanzada, le permitieron evitar el desmantelamiento total y sortear esta etapa manteniendo un grado importante de autonomía en tecnología, recursos humanos y abastecimientos, y una proyección no solo interna sino también externa (CNEA, 2001). Probablemente hayan sido estos factores los que explican los logros alcanzados en este periodo, como la inauguración del laboratorio de celdas calientes en Ezeiza y la Fundación Escuela de Medicina Nuclear en Mendoza, en 1991; el Instituto de Tecnología en el Centro Atómico Constituyentes y la Planta Industrial de Agua Pesada de Arroyito, en 1993; y el Polo Tecnológico Constituyentes, en 1997.
La crisis del modelo neoliberal y la llegada a la presidencia de Argentina de Néstor Kirchner, en 2003, favorecieron el renacimiento de la industria nuclear. El rol privilegiado que adquirió la ciencia y la tecnología como soporte necesario de la nueva estrategia de desarrollo que buscaba la reindustrialización del país, junto a la necesidad de diversificar la matriz energética ante un contexto de escasez en 2004, propiciaron que la industria nuclear volviera a adquirir una importancia estratégica.
En 2006, el gobierno nacional presentó el Plan de Reactivación de la Actividad Nuclear Argentina con la finalidad de generar energía eléctrica y aplicar la energía nuclear en la salud pública y en la industria. Entre los aspectos más importantes se destacaban la decisión de finalizar Atucha II, la extensión de la vida útil de las centrales Embalse y Atucha I, la continuidad del proyecto Carem, la construcción de dos nuevas centrales de potencia y la reactivación de la planta de enriquecimiento de uranio de Pilcaniyeu, abandonada en la década de 1990 por exigencias externas.









